En medio de su delirio imperial, Napoleón Bonaparte construyó uno de los ejércitos más poderosos de su tiempo sobre una frase de extraordinaria eficacia política: "Todo soldado francés lleva en su mochila los galones de un mariscal".
La promesa era magnífica y, hasta cierto punto, lúcida pues, en una Francia aun estremecida por la Revolución, donde libertad, igualdad y fraternidad continuaban resonando como promesas a medio cumplir, Napoleón ofrecía al campesino, al artesano y al soldado algo que la sociedad estamental les había negado durante siglos, es decir, esa posibilidad de ascender por sus propios talentos. La cuna, al menos en principio, dejaba de ser destino; el mérito podía desafiar al apellido. De allí surgiría la célebre "carrière ouverte aux talents", o "la carrera abierta al talento", una de las grandes promesas de la modernidad y, quizás, una de sus más elegantes ficciones.
La razón de esta paradoja es bastante sencilla, pues una carrera puede estar formalmente abierta para todos y, sin embargo, comenzar mucho antes de que todos lleguen a la misma línea de partida. Y es precisamente allí, donde la discusión sobre la meritocracia adquiere en Chile una particular incomodidad, porque nos gusta imaginar que nuestra sociedad funciona como una competencia en la que cada cual termina recibiendo, aproximadamente, aquello que merece. El relato es archiconocido y suena a algo así como "estudie, esfuércese, persevere y llegará". Se trata de una idea sencilla, reconfortante y, para quienes efectivamente llegaron lejos, extraordinariamente conveniente... muy conveniente. Basta escuchar algunas biografías de éxito para encontrar la fórmula: "Llegué porque trabajé duro". Y sí, puede ser verdad. El problema es que de esa verdad no se desprende que alguien haya llegado solamente porque trabajó duro.
La diferencia no es menor. Antes de que un niño chileno pueda demostrar su disciplina, alguien ya decidió (por él) dónde vivirá, qué comerá, cuánto estrés soportará, qué escuela conocerá, qué lenguaje escuchará, qué libros encontrará en casa, cuánto tiempo tendrán sus padres para acompañarlo y cuántas veces podrá equivocarse sin que el error se transforme en una catástrofe.
Mientras algunos niños crecen en hogares donde el estudio puede ocupar un lugar central, con padres que pueden acompañar sus tareas, pagar actividades complementarias, disponer de tiempo, acceder a atención especializada o simplemente absorber las consecuencias económicas de un fracaso, otros crecen en contextos donde la incertidumbre económica, las extensas jornadas laborales de los adultos, la inseguridad o las responsabilidades familiares forman parte cotidiana del paisaje. Ambos podrán escuchar el mismo consejo ("esfuérzate y tendrás éxito"), pero sería intelectualmente ingenuo concluir que ambos recibieron la misma oportunidad.
De hecho, la neurociencia contemporánea ha venido a aguar un poco la fiesta de algunos sectores que profitan de la idea meritocrática. Sobrada evidencia muestra que el cerebro no aparece terminado al nacer para luego limitarse a ejecutar las decisiones del individuo; se desarrolla en permanente interacción con el ambiente. Las experiencias tempranas participan en la configuración de sistemas vinculados con la regulación emocional, la atención, la memoria, el control ejecutivo y la respuesta frente a las amenazas.
La adversidad temprana, particularmente cuando es intensa, crónica o impredecible, puede alterar estas trayectorias de desarrollo y contribuir a cambios persistentes en la regulación de los sistemas de estrés y en la llamada carga alostática. Esto no significa, por supuesto, que una infancia adversa condene a una persona al fracaso. La biología no funciona como una sentencia judicial y la neurobiología, conviene recordarlo, no escribe horóscopos. La plasticidad existe, la resiliencia existe y las trayectorias humanas pueden cambiar. Pero precisamente por eso, la evidencia resulta tan incómoda para la versión más ingenua de la meritocracia ya que nos obliga a abandonar la idea de que las capacidades con las que competimos aparecen enteramente dentro de nosotros, como si el cerebro fuera una propiedad privada que cada individuo hubiera construido por cuenta propia.
Esto no significa que el esfuerzo sea irrelevante; significa que el esfuerzo no puede explicar por sí solo el resultado de una vida. Y claro, solo leerlo resulta bastante incómodo, pues hay talento, hay disciplina, hay perseverancia y hay decisiones individuales. También hay circunstancias. Y cuando esas circunstancias se distribuyen de manera profundamente desigual, convertir el resultado de la competencia en una medida pura del mérito comienza a ser una operación intelectual bastante más dudosa de lo que solemos admitir.
Aquí aparece el punto en que la meritocracia puede dejar de ser una promesa emancipadora y transformarse en una forma particularmente sofisticada de legitimación de la desigualdad. La aristocracia tradicional tenía al menos la franqueza de reconocer su mecanismo: "Estoy arriba porque nací arriba". La meritocracia ofrece una explicación mucho más elegante: "estoy arriba porque lo merezco". La primera afirmación exhibe el privilegio; la segunda puede ocultarlo detrás de un currículum. El hijo de una familia acomodada puede recordar con absoluta sinceridad sus horas de estudio, sus sacrificios y sus madrugadas, y todo ello puede ser cierto. Lo que fácilmente desaparece de esa narración son las condiciones que permitieron que esas horas de estudio fueran posibles y, sobre todo, las condiciones que permitieron que un fracaso no destruyera su trayectoria.
Volvamos a Napoleón. La imagen de las credenciales de mariscal dentro de la mochila era poderosa porque prometía que el nacimiento ya no tendría necesariamente la última palabra. Esa promesa sigue siendo valiosa, porque una sociedad en la que el apellido determina completamente el destino sería una sociedad profundamente injusta. Pero dos siglos después deberíamos atrevernos a formular una pregunta que Napoleón, ocupado en conquistar Europa, probablemente no tuvo tiempo de hacerse: además de promesas de pergamino, ¿qué más contiene cada mochila antes de que comience la marcha?
Nuestra sociedad suele responder a ello, de una manera curiosamente optimista, pues supone que todos poseen una mochila y, puesto que todos tienen una, supone también que todos están en condiciones equivalentes. Es una forma bastante elegante de no mirar dentro de ellas. Algunas contienen estabilidad, alimentación, libros, tiempo, educación, contactos y una familia capaz de amortiguar las caídas. Otras contienen incertidumbre, estrés, privaciones y responsabilidades que nadie escogió. Algunas permiten correr; otras obligan primero a sobrevivir.
Y entonces, ocurre el último acto de esta pequeña comedia meritocrática: después de una carrera desigual, observamos quién llegó primero y atribuimos la diferencia principalmente a la calidad de los corredores. Como se puede observar: toda una ficción.