Atraer profesores no alcanza

Hay una cifra del último informe de la OCDE que debería hacernos mirar más allá de la falta de profesores. En Chile, casi uno de cada cinco docentes de establecimientos públicos -el 23,4%- no estaba plenamente cualificado en 2024. Es más del doble que el promedio de los países de la OCDE, donde la proporción fue de 9,1%.

El promedio nacional, además, esconde diferencias que importan. En Chañaral, en la Región de Atacama, y en Última Esperanza, en Magallanes, cuatro de cada 10 docentes -40,2% y 37,5%, respectivamente- no cumplían con esta condición.

Pero hay una precisión necesaria. No estar "plenamente cualificado" no significa ser un mal profesor. La categoría utilizada por la OCDE reúne distintas situaciones en las que un docente todavía no cumple todos los requisitos de cualificación definidos en cada país. La cifra, sin embargo, sí abre una pregunta que va más allá de cómo cubrir una vacante: ¿Qué condiciones estamos ofreciendo para que quienes llegan a las aulas puedan desarrollarse y quieran quedarse?

Porque enseñar no es una profesión que se aprende una vez y para siempre. Las generaciones cambian. También las herramientas, las expectativas y los desafíos. La inteligencia artificial ya está abriendo nuevas preguntas sobre qué enseñamos, cómo lo hacemos y, sobre todo, para qué.

Pretender que cada docente encuentre por sí solo las respuestas a todos esos cambios es trasladar a sus hombros una tarea que también corresponde a las escuelas y al sistema educativo.

Aprender a enseñar, entonces, no debería terminar cuando comienza la vida profesional. Una parte importante de ese aprendizaje ocurre precisamente mientras se ejerce la profesión: observando a otros, recibiendo retroalimentación, compartiendo experiencias, probando nuevas estrategias y teniendo espacios para preguntarse qué está funcionando y qué podría hacerse de otra manera. Esto importa especialmente cuando hablamos de permanencia.

En Chile, el 8,4% de los docentes plenamente cualificados dejó la profesión durante 2024/25, frente al 6,4% promedio de la OCDE. La propia organización advierte que enfrentar la escasez no consiste únicamente en reclutar nuevos docentes. También implica desarrollarlos y retenerlos, considerando las condiciones laborales, el liderazgo y las oportunidades de desarrollo profesional. Ahí está, quizás, una parte menos visible de la discusión.

Si queremos una carrera docente más atractiva, la pregunta no puede terminar en quién entra a la sala de clases. También tenemos que preguntarnos qué encuentra cuando llega.

¿Quién lo acompaña? ¿Con quién puede aprender? ¿Cómo recibe retroalimentación? ¿Qué espacios tiene para compartir lo que le resulta y lo que no? ¿Qué oportunidades encuentra para asumir nuevos desafíos y seguir creciendo? El desafío, por tanto, no es solo conseguir profesores para llenar las salas. Es construir una profesión en la que quieran quedarse.

La vocación puede ser un punto de partida poderoso. Pero ninguna trayectoria profesional se sostiene únicamente sobre ella. Para permanecer también hacen falta oportunidades para aprender, reconocimiento, acompañamiento y posibilidades reales de desarrollo. Si queremos atraer y retener docentes, esas condiciones no pueden ser un complemento de la profesión. Son parte de la profesión misma.