El cerebro que celebramos y la ciencia que todavía nos falta

Algo extraordinariamente estimulante fue caminar estos días por los pasillos del Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica de Chile y encontrarse con cientos de personas hablando de cerebro. Neurocientíficos de Chile, Brasil, Argentina, Colombia, México, Uruguay, Perú y tantos otros lugares conversando sobre memoria, conciencia, neurodegeneración, salud mental, neuroinmunología, inteligencia artificial y plasticidad neuronal. Jóvenes investigadores presentando sus primeros resultados; científicos reencontrándose después de años y otros iniciando nuevas colaboraciones. En sí mismo, todo ello es una buena noticia.

El IV Congreso de la Federación Latinoamericana y del Caribe de Neurociencias (Falan) 2026 es probablemente uno de los encuentros más importantes de la neurociencia realizados en nuestro país. Cerca de mil participantes y un programa científico que reúne investigadores latinoamericanos y destacados científicos internacionales muestran una comunidad viva, rigurosa y con voluntad de crecer.

Un mínimo acto de justicia intelectual obliga a reconocer la inmensa labor de la Sociedad Chilena de Neurociencia y su directiva, de la Pontificia Universidad Católica de Chile como anfitriona, de la directiva de Falan y de todos quienes trabajaron durante meses para hacer posible este encuentro.

El ambiente entre los colegas fue, quizás, una de las mejores cosas del congreso: entusiasmo, generosidad, conversaciones largas, almuerzos compartidos y una sensación poco frecuente de pertenecer a una comunidad científica que trasciende las fronteras institucionales.

Por eso Falan no es solamente un congreso. Es una oportunidad para recordar que en América Latina existe talento científico de primer nivel. Precisamente por eso sería un error terminar solamente aplaudiendo.

Un congreso puede mostrar cuántas personas caben en una sala. La ciencia de un país se mide, en cambio, por cuántas preguntas puede permitirse hacer cuando termina esa reunión científica. Y ahí comienza nuestra parte incómoda.

América Latina no carece de talento. Lo que muchas veces faltan son las condiciones para que ese talento pueda desplegarse y responder las preguntas que fórmula.

La paradoja es evidente. Un investigador latinoamericano puede pasar años formándose, realizar un doctorado, aprender técnicas sofisticadas, publicar en revistas internacionales y competir científicamente con investigadores de cualquier parte del mundo. Pero al regresar puede encontrarse con laboratorios de equipamiento limitado, fondos pequeños, convocatorias extremadamente competitivas, dificultades para financiar personal y una permanente incertidumbre respecto del próximo proyecto. Aquí conviene ser claros: no podemos exigir ciencia de clase mundial con presupuestos de segunda categoría.

No podemos pedirle a un investigador que publique en revistas de alto impacto, forme estudiantes, genere innovación, consiga colaboraciones internacionales y compita con centros científicos del mundo desarrollado mientras le entregamos condiciones materiales sustancialmente inferiores. La ciencia tampoco se sostiene solo con vocación. La vocación puede explicar por qué alguien decide convertirse en científico pero no explica por qué debería aceptar indefinidamente condiciones laborales precarias.

Durante Falan 2026 apareció también otra cuestión incómoda: nos gusta pensar que la ciencia es una meritocracia perfecta, donde triunfa quien tiene la mejor idea, el mejor experimento o el mejor currículo. Pero eso es solo parcialmente cierto. También existe una geografía de la ciencia, pues, un investigador que trabaja en Boston, Londres, París, Shanghai o en algunos grandes centros científicos latinoamericanos no necesariamente parte desde el mismo lugar que quien desarrolla su carrera en una institución con recursos considerablemente menores y burocracias muchas veces anacrónicas. Por ello, la calidad de una pregunta científica no depende del presupuesto. La posibilidad de responderla, muchas veces, sí.

Aquí aparece una paradoja especialmente injusta para los investigadores jóvenes. El sistema exige excelencia para acceder a fondos; pero para demostrar excelencia necesitamos fondos. Exige publicaciones internacionales; pero publicar requiere investigación. Exige investigación competitiva internacionalmente; pero competir requiere infraestructura, personal, tiempo y recursos.

Así, el sistema puede terminar premiando no solamente al mejor científico, sino también a quien tuvo la oportunidad de estar en el lugar correcto. Por eso debemos hablar de justicia científica.

Y la solución tampoco consiste simplemente en aumentar el financiamiento. La dificultad latinoamericana es estructural. ¿Cuántos jóvenes investigadores pueden desarrollar una carrera estable? ¿Cuántos pueden realizar un postdoctorado sin emigrar? ¿Cuántos laboratorios pueden mantener una línea de investigación durante 10 o 15 años? ¿Cuántos estudiantes brillantes abandonan la ciencia porque no encuentran condiciones laborales razonables?

Y existe una pregunta todavía más incómoda: ¿Cuánto conocimiento científico latinoamericano nunca llega a producirse porque nunca conseguimos financiar la pregunta? Esa pérdida no aparece en ninguna estadística. No sabemos cuántos descubrimientos no ocurrieron, cuántos investigadores abandonaron ni cuántas ideas quedaron en un cuaderno. Por eso Falan importa. Este congreso demuestra que el problema no es la falta de talento. Tenemos investigadores capaces de formular preguntas extraordinarias, estudiantes que quieren dedicarse a la ciencia, colaboraciones que cruzan países y disciplinas, y científicos latinoamericanos que trabajan en laboratorios de enorme prestigio internacional y regresan a compartir su conocimiento con la región. Las iniciativas de formación, las escuelas y apoyo a investigadores jóvenes vinculadas a Falan son valiosas.

Pero una beca para asistir a un congreso no puede reemplazar una política científica. Un congreso puede abrir una puerta. Un sistema científico sólido debe garantizar que, después de atravesarla, exista un laboratorio, un sueldo competitivo, un proyecto y una carrera posible.

Deberíamos salir de un congreso con una agenda que trascienda al gobierno de turno: aumentar el financiamiento de la ciencia, fortalecer las universidades, crear carreras científicas estables, financiar infraestructura compartida, facilitar la movilidad de investigadores y evitar que nuestros mejores jóvenes tengan que elegir entre hacer ciencia en condiciones precarias o abandonar sus países. Pero también debemos discutir qué tipo de neurociencia queremos construir. América Latina no debería aspirar simplemente a producir una versión más barata de la neurociencia de los países de la OCDE. Tenemos problemas propios que requieren preguntas propias: envejecimiento, demencia, salud mental, desigualdad, pobreza, contaminación, enfermedades infecciosas, educación, violencia, trauma, desarrollo infantil, trabajo, migración y los efectos de las condiciones sociales sobre el cerebro. Nuestra realidad debe convertirse en fuente de preguntas científicas, no solamente en fuente de sujetos para investigaciones diseñadas en otras partes.

Quizás lo más interesante de estos días no estuvo solamente en las grandes conferencias. Estuvo en los pasillos: en el estudiante mostrando su póster; en dos investigadores descubriendo que una técnica puede resolver el problema del otro; en el científico senior escuchando a quien recién comienza. Ese ambiente es extraordinario. Hay que cuidarlo, pero también financiarlo.

Porque detrás de cada conversación científica existen años de formación humana. Sería, por ello, una contradicción celebrar durante cuatro días el talento de nuestros científicos y durante los otros 361 comportarnos como si producir conocimiento fuera un lujo.