El precio del silencio, una democracia que no defiende su memoria

Imaginen el patio de una escuela. Una estudiante juega sola. No tiene a su mamá esperándola en la puerta. Ella murió hace mucho, en una época en que en este patio se golpeaba a quienes pensaban distinto. Creció con esa ausencia. Aprendió a no llamar la atención, a soñar despierta imaginando la voz de su madre que ya no se escucha. De pronto, entra al patio un estudiante de otra escuela. No viene solo. Trae una pandilla. Todos saben que practican el miedo. Se reúnen en patios escolares ajenos, se ríen cuando alguien cae. Ese día eligieron nuestro patio.

Antes de agredir, el niño le dice a la niña: "Reconoceré que este espacio es tuyo, si apoyas mi pelea por el patio del fondo". Ella asiente. Entonces la empuja. Ella cae al suelo. Se le ensucia el uniforme. Las rodillas le arden. Pero el dolor más grande no es de la caída: es la soledad de saber que nadie correrá a levantarla. Se queda sentada en el suelo, con lágrimas en los ojos. No grita. No se atreve. Y murmura: "Si mamá estuviese aquí... tú no harías esto". Esa niña, en la historia que nos toca vivir, es Chile.

El niño que agrede es el presidente argentino, Javier Milei. Antes del empujón, hizo un trato: reconoció la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes para que el Presidente Kast reafirmara el apoyo a la demanda argentina por las Malvinas. Un intercambio de patios. Y su pandilla es el Foro Madrid: una red de extrema derecha que se reúne para reivindicar el autoritarismo. No es un foro de debate, es un gimnasio de empujones. Llegaron a Santiago, ocuparon nuestra tarima y golpearon. Milei reivindicó la dictadura de Pinochet como "estabilidad y crecimiento". Arremetió contra la izquierda llamándola "zurdos mugrosos, negadores de la realidad". No hubo diálogo. Hubo insulto. Hubo empujones.

Y lo más triste: la niña no supo cómo responder. Nadie levantó la voz. La oposición exigió una condena, pero desde La Moneda no llegó la respuesta que debió decir: "Aquí no se habla así. Aquí no se insulta a nuestros compatriotas. Aquí no se borra nuestra memoria". Chile quedó en el suelo, mientras la pandilla se reía en la esquina. La niña miró hacia la puerta. Nadie venía.

¿Por qué llora pensando en su mamá muerta? Porque mamá es la memoria. Es la verdad de lo que pasó. Es el recuerdo de quienes fueron torturados, exiliados, asesinados. Es la voz que ya no puede gritar "basta". Cuando el presidente argentino dijo que la dictadura fue buena, fue como decirle a esa niña: "Tu mamá no importa". Y ella sabe que, si la memoria estuviera viva, nadie se atrevería a empujarla así. "Si mamá estuviese aquí... tú no harías esto". Pero mamá ya no está. Y el niño que empuja lo sabe.

Eso nos dice algo sobre nuestra soberanía. No se mide solo en fronteras. Se mide en la capacidad de decir "no" cuando alguien entra a tu casa, ocupa tu patio y te golpea. Es la fuerza de levantarse y decir: "Aquí no se hace eso". Cuando un país permite que un presidente extranjero use su territorio para legitimar un golpe de Estado e insultar a sus ciudadanos, dice sin palabras que nuestra casa no tiene dueño. Que estamos solos y que nos pueden hacer llorar en el suelo.

Y nos dice algo sobre nuestra convivencia democrática. Decirle "mugroso" a alguien no es una opinión política: es una agresión. Es hacer sentir que no vale. Cuando un líder usa ese lenguaje, está diciendo que está bien despreciar al que piensa distinto. Y eso, en una democracia, es veneno.

Entonces, ¿qué hacemos? No podemos dejar a la niña en el suelo. Necesitamos que quienes cuidan el patio: nuestras instituciones, nuestro gobierno, cada uno de nosotros, corran a levantarla. Necesitamos recordar que mamá, aunque no esté, sigue viva en nuestra memoria. Y que mientras recordemos con dignidad lo que pasó, nadie podrá empujarnos sin que alguien diga basta.

Una democracia no es un patio sin ley donde los abusivos acorralan al indefenso. Es la casa común donde nos cuidamos para que nadie caiga. Y si alguien cae, la ciudadanía siempre estará allí para levantar al caído. ¡A mantenerse lúcidos!