Los resultados del estudio PISA 2025 conocidos esta semana cayeron como bomba racimo en muchos países, dentro y fuera de la OCDE. En Chile confirman lo que ya se intuía: atravesamos nuestro peor momento desde que rendimos la prueba. En matemáticas caímos a 403 puntos -lo más bajo desde 2006-, con 59% de los estudiantes sin alcanzar el nivel básico. En lectura, caímos de 459 puntos en 2015 a 436 en 2025. Y en ciencias, quedamos en el lugar 32 de 38 países OCDE.
El diagnóstico habitual apunta a la pandemia, a la calidad de la enseñanza o a la desigualdad socioeconómica. Pero esta vez la propia OCDE agregó otro ingrediente: las pantallas.
El organismo vinculó el descenso de 28 puntos en comprensión lectora registrado en la última década al uso de dispositivos móviles. El dato chileno es particularmente inquietante: 48% de nuestros estudiantes reportó distracción frecuente por aparatos digitales durante las clases de ciencia, muy por sobre el 28% promedio OCDE.
Es que Chile tiene una tasa altísima de adopción de smartphones. Todos sabemos, perdón el chilenismo, que "nos fuimos al chancho" pasándole celulares y tablets a niños cada vez más chicos, incluso guaguas, porque los adultos no somos capaces de decir que no a su insistencia o porque nos ayuda a regular sus comportamientos, calmarlos, entretenerlos, desactivarlos, apaciguarlos, etc. Un enorme bumerán, porque también sabemos que generan adicción y deterioran facultades fundamentales, como la auto-regulación, la calma, la contemplación, la concentración, la atención, la creatividad que nace del aburrimiento.
Por lo mismo, una amplia mayoría ciudadana respalda la ley que sacó el celular de las escuelas. La regulación hizo lo que no habíamos podido hacer los padres.
La neurociencia respalda lo que la simple observación debería permitir. Cito al director del Centro Interdisciplinario de Neurociencia UC, Francisco Aboitiz, en un artículo de Noticias UC, donde explica que cuando el uso de pantallas es muy intenso el cerebro se "setea" en un patrón oscilatorio distinto al natural, alterando los ciclos atencionales que sostienen tareas como leer un texto largo o seguir un razonamiento matemático paso a paso. No es solo que los alumnos se distraigan; es que el cerebro adolescente se está entrenando, literalmente, para otro tipo de atención. Yo agrego que con esa atención corta, superficial, que requiere estímulos rápidos uno tras otro, es imposible instalarse a leer. O disfrutar un paisaje natural, un humedal, las nubes del cielo, por más de 30 segundos. Se aburren de inmediato. Es el mismo fenómeno. ¡Por favor, estamos tapados de evidencia!
Esto tiene implicancias directas para la discusión post-PISA. Restringir los celulares en el colegio está funcionando: en Inglaterra, esa medida elevó el desempeño en pruebas estandarizadas en 6,4%. En Chile ya lo hicimos, este año. Pero la brecha no se cierra sólo con eso. Importa igualmente la casa, los hábitos que los adultos permitimos desde la primera infancia.
Aboitiz es tajante respecto a los más pequeños: evitar pantallas hasta los dos años y, entre los cinco y seis, no más de una hora diaria con contenido de calidad y siempre acompañados. La pregunta es si hay necesidad de pasarles pantallas antes de los 6-7 años, cuando comienza su desarrollo lector. He visto, también en la práctica, cómo los niños libres de pantallas tienen un acercamiento mucho más apasionado a la lectura y a muchas otras actividades creativas, lúdicas, motrices y contemplativas.
La prueba PISA es aplicada a adolescentes de 15 años, una generación que viene usando pantallas por 5 y hasta 10 años, desde la masificación de los celulares en Chile. Y el resultado es el fruto de cómo los padres hemos criado la capacidad de atención de toda una generación. Ojalá los expertos, autoridades y pedagogos interpreten esta nueva evidencia con claridad hacia la ciudadanía, para que todos nos vayamos haciendo responsables de lo que nos toca.