¡La empatía no se manda sola!

Somos el fruto de una madeja creadora de inteligencias que nos sobreviven. Desde la inteligencia cósmica y divina, a la de los procesos históricos, incluida la vibrante inteligencia artificial (IA). No puedo obviar un detalle de nuestra suerte humana, cuando "Dios" expulsó a Adán y Eva, y a toda la humanidad, del paraíso por comer del árbol del conocimiento, perdiendo la inocencia y ganando orgullo por su atrevimiento.

La inteligencia artificial nos genera infinitas opciones de datos, información y saberes, como un cerebro incondicional y esclavo de nuestra falta inmediata de imaginación y de una desmotivación crónica de nuestros tiempos.

La IA me hace reflexionar: ¿Si ponemos en riesgos atributos propios de nuestra cognición, como son la creatividad y el pensamiento complejo o bien, este cerebro esclavo, es la némesis de un rival que crece a costa del deterioro de su creador?

Seamos prácticos

Información instantánea y experiencias acumuladas a nivel global -sin importar idioma ni fronteras- es eficaz, útil y conocer los errores del pasado de nuestra civilización en la construcción del presente-futuro, es una ventaja fina, más si es proporcionada en un párrafo o un esquema en cuestión de segundos o minutos.

Investigaciones recientes de modelación y uso de la IA en estudiantes de educación escolar y de posgrado, afirman que ha promovido la resolución de problemas, incrementando la anticipación y el autoaprendizaje, constituyendo una herramienta novedosa en los procesos educativos. Sin embargo, otros autores, advierten que se podría incrementar la brecha digital entre quienes acceden a este boom y los que no. Reeditando inconvenientes similares en el acceso a la salud (Capraro y colaboradores, 2024).

Los centros de pensamientos y universidades instalan detectores (Zero Gpt o Turnitin copyleaks) de uso de la IA, a fin de evitar artículos científicos plagiados y lo hacen analizando patrones o modelos de lenguaje. Algo así como una IA, supervigilando a otra IA.

Baste decir de las declaraciones de la Premio Nobel de Literatura 2018, la polaca Olga Tokarczuk, quien confidenció -en mayo de2026- emplear la IA en el desarrollo de su próxima novela, con preguntas para enriquecer a sus personajes, como qué música bailarían o en qué zonas residirían sus protagonistas. ¿Usted a quién le otorgaría el premio a la imaginación o los derechos de autor?

El experto en nuevas tecnologías educativas de la Universidad de Nueva York Clay Shirky (2025) nos señala: "...que lo lógico es poner en valor la presencialidad y rendir el cara a cara, cuasi un acto medieval...", que se focalice en el comprender, en la realización de preguntas como actos conscientes, así como en el memorizar, escribir y debatir en tiempo real.

La duda aparece

La independencia y diversidad universal de este cerebro incondicional, es controversial. Más si no es posible tener un acceso efectivo, por ejemplo, al secreto bancario, o conocer la identidad de aquellos que se solazan con sus fortunas criollas, productos de fraudes y robos. O bien conocer la identidad de los cientos de asesinos, que acribillan a hombres, mujeres y niños en Palestina, el Congo o en Croacia. Y la razón para no poder acceder a ellos, es porque nadie sembrará esa necesidad en los algoritmos.

La IA no se manda sola, tiene dueños que le proporcionan instrucciones lógicas y filtros de autocensura digital y cultural, que se concentran en grupos corporativos, con plataformas que restringen la deliberación ciudadana (Rosales et al, 2024).

Discrepo, por lo tanto, de aquellos intelectuales que afirman que la IA no posee ética. La posee, solo que no es la tuya, ni la mía, sino el reflejo de la moral de sus creadores humanos. La transparencia intrínseca de la IA es un proceso similar al acto reflexivo y temporal de un Ejecutivo que se ve tentado por alterar el estado de resultados de su gestión. No hay una jerarquía valórica, que todos juzgaríamos como un acto inmoral.

Entonces, ¿qué sentido ético le podemos otorgar a la IA? Si aquellos humanos que alimentan con nuevos algoritmos, no entienden, ni cuestionan la colisión de intereses. El fast food de la inteligencia artificial podría conllevar a una obesidad intelectual, repleta de efectos secundarios, buscando reemplazar experiencias reales, por experiencias digitales resumidas.

La especie humana camina hacia una simbiosis con la IA y la gobernanza debe hacer su parte, instalar las reglas del first play, fundamental para regular y repartir sus efectos. Las dudas, por ahora, persisten y las "palabras con tono artificial", solo adquieren sentido por la coherencia y el valor que le brinda la inteligencia natural, no solo desde la ética positiva, como bien común, sino porque son los hombres y mujeres los únicos capaces de emocionarse y empatizar con el acto creativo.

Nota: el texto fue escrito íntegramente por su autor humano.