La última semana de marzo, el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación confirmó la suspensión de las Becas Chile de magíster y postdoctorado en el extranjero para 2026. La medida se enmarca en el recorte parejo del 3% que el nuevo gobierno instruyó a todos los ministerios del Estado a través de Hacienda. El problema de un recorte de estas características es que ignora las diferencias de partida: no es lo mismo rebajar un 3% a una cartera que recibe miles de millones, que aplicar el mismo porcentaje al Ministerio de Ciencia, que ya opera con uno de los presupuestos más acotados del Estado y que destina recursos a un sector que en Chile alcanza apenas el 0.4% del PIB, muy por debajo del promedio de los países OCDE.
Los números de las becas son contundentes. Según datos de ANID, las becas de magíster en el extranjero descendieron de 178 adjudicaciones en 2022 a solo 53 en el año 2024. En postdoctorado internacional, la tendencia es similar: de 64 becas en 2022 a 33 en los años siguientes. Esto ocurre mientras la matrícula de posgrado en Chile crece sostenidamente, pero el financiamiento no ha crecido al mismo ritmo.
Es cierto que el financiamiento para doctorados en el extranjero se mantiene por ahora, y que desde esa perspectiva el recorte podría parecer acotado, pero las señales importan. Un sistema de formación que reduce los instrumentos para el nivel de magíster y postdoctorado -etapa donde muchos investigadores construyen y consolidan sus redes internacionales y acceden a conocimientos que, sencillamente, aún no están disponibles en los programas nacionales- no está enviando un mensaje de prioridad a la ciencia aplicada. Lo que se necesita es apoyo transversal en todas las etapas de la formación, especialmente en las áreas que el propio Estado ya ha declarado como estratégicas.
Una de esas áreas es la tecnología espacial aplicada al territorio. Desarrollar una capacidad satelital propia no se reduce a poner un satélite en órbita, implica dominar una cadena de valor completa que va desde el diseño y fabricación de plataformas, pasando por el procesamiento de imágenes y datos geoespaciales, hasta la interpretación científica de esa valiosa información para usos concretos -monitoreo sísmico y volcánico, seguimiento de glaciares y recursos hídricos, gestión de emergencias, planificación territorial, adaptación al cambio climático- y la regulación del espacio como bien común. Cada eslabón de esa cadena requiere perfiles distintos y altamente especializados, muchos de los cuales Chile aún está construyendo. Interrumpir los instrumentos que permiten formarlos en centros donde estas disciplinas llevan décadas de desarrollo no es una decisión que nos beneficie.
Chile ha dado pasos concretos en esta dirección. El Sistema Nacional Satelital, a cargo de la Fuerza Aérea, opera actualmente los satélites FASat-Charlie y FASat-Delta (lanzado este último en 2023) y contempla una constelación de diez satélites de observación terrestre. Es un avance que hay que reconocer, aunque también hay que ponerlo en contexto. Argentina cuenta desde 1991 con la CONAE, una agencia espacial civil con décadas de desarrollo propio de satélites en colaboración con NASA, ESA, CAST, etc.; Brasil lidera la región en capacidades de lanzamiento e infraestructura espacial. Chile está haciendo esfuerzos reales por ponerse al día, pero la brecha regional, y aún más internacional, existe y cerrarla requiere no sólo de infraestructura, sino capital humano especializado capaz de usarla y hacerla avanzar.
Ese capital humano se forma con tiempo, con redes internacionales y con acceso a centros donde estas metodologías llevan décadas de desarrollo: desde la NASA y la ESA hasta la JAXA japonesa y el DLR alemán, pasando por universidades especializadas en Europa, Estados Unidos, Japón y China, donde se concentra buena parte de la investigación mundial en observación de la Tierra y tecnología satelital. Hoy existe en Chile capacidad en este ámbito, ya sea en universidades, centros de investigación, sector empresarial, etc., pero su formación ha dependido en parte de la posibilidad de especializarse en el extranjero y traer ese conocimiento de vuelta.
No se trata de elegir entre mirar afuera o desarrollar lo propio, sino de reconocer que ambas cosas se necesitan al mismo tiempo. Un investigador que accede a metodologías de frontera en un centro internacional y regresa a aplicarlas en el contexto académico chileno no está compitiendo con las universidades nacionales, las está fortaleciendo.
"Con o sin recorte era un programa que íbamos a evaluar", declaró la ministra Lincolao al ser consultada por la suspensión de las becas. El programa lleva casi dos décadas funcionando y la evaluación es una conversación que vale la pena dar, pero una política de formación científica coherente con las apuestas que el Estado ya ha hecho en infraestructura satelital no puede construirse solo mirando hacia adentro, hay que hacerlo con altura de miras. Para ver el territorio completo, a veces hay que alejarse de él.