Dos imágenes, aparentemente desconectadas, marcaron estos días: edificios derrumbados por los terremotos en Venezuela y ciudades europeas paralizadas por una ola de calor extremo. Una viene desde la profundidad de la Tierra; la otra, desde una atmósfera que hemos calentado obstinadamente. Pero ambas nos enfrentan a la misma pregunta: ¿Qué hacemos con aquello que ya sabemos?
La resiliencia no consiste en soportar golpes con dignidad épica, como si las sociedades fueran boxeadores con casco. Resiliencia es aprender. Es transformar las condiciones que convierten una amenaza en catástrofe. Un terremoto no es evitable; el derrumbe masivo de edificios si lo es. Una ola de calor puede ser inevitable en un planeta más cálido; que mate primero a personas mayores, pobres, enfermas o aisladas socialmente, no lo es.
Chile conoce bien esa diferencia. Hemos aprendido, con dolor, a convivir con los terremotos. La memoria de los grandes sismos se volvió norma constructiva, ingeniería, fiscalización, simulacros, cultura material del riesgo. No porque seamos inmunes, sino porque convertimos experiencia en institución. Sabemos que volverá a temblar, y por eso construimos para que la tierra se mueva sin que todo se venga abajo.
Pero frente al cambio climático, esa inteligencia colectiva parece fallar. Sabemos que tendremos menos precipitaciones, más sequías, más olas de calor, incendios más intensos y cuencas bajo estrés permanente. Sabemos que la zona central vive una crisis hídrica estructural. Sabemos que no basta con esperar la próxima lluvia como quien espera un milagro administrativo. Y, aun así, seguimos postergando transformaciones profundas en la emisión de contaminantes, en la gestión del agua, en el ordenamiento territorial, en los patrones de consumo, en la adaptación urbana y rural.
El problema no es falta de evidencia. Es que la evidencia compite en desventaja contra intereses económicos, calendarios electorales, negacionismos cómodos y discursos que prometen soluciones simples para problemas que son complejos. En distintas partes del mundo, la ciencia es escuchada menos y atacada más. Los populismos y las extremas derechas han convertido el conocimiento experto en sospechoso, las universidades en enemigas culturales, y la educación en un gasto secundario.
La paradoja es brutal. Mientras debilitamos la ciencia, celebramos sin suficiente discusión crítica una nueva promesa tecnológica: la inteligencia artificial. Se nos ofrece como llave maestra para resolverlo todo, pero su infraestructura demanda enormes cantidades de energía, agua, minerales, territorio y capacidad computacional. La nube, tan liviana en la metáfora, pesa bastante sobre los ecosistemas. Y si no se gobierna públicamente, puede terminar profundizando los problemas que ya tenemos: desigualdad, concentración de poder, dependencia tecnológica y nuevas formas de exclusión.
Aquí aparece una lección antigua. Muchas culturas no colapsan porque ignoren sus amenazas, sino porque desarrollan estructuras sociales demasiado ocupadas en reproducirse a sí mismas. Sistemas que responden a sus propias reglas, aunque esas reglas destruyan las condiciones ecológicas que permiten su existencia. Culturas que siguen produciendo prestigio, riqueza, obediencia o crecimiento, incluso cuando el suelo se erosiona, el agua desaparece y el futuro se estrecha. No es falta de inteligencia; es una inteligencia encerrada en una arquitectura autodestructiva, hiper-enfocada y que solo responde a intereses restringidos.
Por eso, la resiliencia no puede ser un adorno en discursos públicos. Debe ser una forma de decidir. Significa preguntarse qué sabemos, a quién protegemos, qué intereses estamos dispuestos a limitar y qué instituciones necesitamos fortalecer. Significa invertir en ciencia, educación, salud pública, infraestructura, adaptación climática y capacidades de gobernanza territoriales. Significa entender que el conocimiento no es un lujo ilustrado, sino una condición para que los daños no recaigan siempre sobre los mismos cuerpos.
Chile aprendió que, frente a los terremotos, improvisar sale demasiado caro. La pregunta es si aprenderemos lo mismo frente al agua, el calor, la energía y la tecnología. Porque no basta con sobrevivir al próximo desastre. Una sociedad verdaderamente resiliente no es la que se levanta una y otra vez entre ruinas, sino la que se atreve a cambiarse así misma antes de reproducir las condiciones de su propio colapso.
Y entonces la pregunta incómoda no es qué amenaza vendrá después. Eso ya lo sabemos. La pregunta es otra: ¿Qué parte de nuestra forma de vivir estamos dispuestos a transformar antes de que nuestras propias estructuras sociales terminen definiendo el colapso de nuestra existencia?