La otra salida del clóset

Casi como fantasmas que pugnan por dejar sus oscuros laberintos, la mayoría de los países de América Latina, y el nuestro no es una excepción, están viendo como los velos que ocultaban tantas cosas se van cayendo uno a uno. Como en una trama enrevesada donde el poder se combina con la ambición y la falta de escrúpulos, los personajes que hasta ayer no más se movían en las sombras, deben salir a la luz.

Sus rostros, blancos de tanto ocultamiento, negros de alma en muchos casos, no pueden ocultar lo inevitable: los paradigmas se van rompiendo, como si fuese “su” propio Muro de Berlín. Y a su paso, lento pero inquebrantable, van quedando los trozos de historia corrompida, que busca liberarse y salir a la conquista de su más valioso tesoro: la verdad.

Las sociedades de muchos países latinoamericanos son machistas en esencia. Esto tiene múltiples manifestaciones que podemos corroborar todos los días: desde la desigualdad de género, la falta de inclusión de personas con capacidades diferentes; las dificultades para quienes eligen su objeto de amor en personas del mismo sexo, y hasta la dificultad de legisladores y gobiernos de ponerse de acuerdo en temas básicos como el uso del preservativo, o traer al presente leyes vigentes que en muchos casos tienen casi un siglo.

Por eso, hay una salida del clóset de la vida, de los individuos, del ser en esencia que busca expresarse más libremente. ¿Son acaso los nuevos medios digitales, como las redes sociales, esa barricada que facilita la expresión sin más censura que el límite de 140 caracteres?

¿Es la irrupción de lo que podríamos llamar un periodismo ciudadano, que mucho más rápidamente, multiplica sus reclamos y conflictos?

¿Existe una validación del nuevo ser humano que está emergiendo? Muchas preguntas para un puñado de respuestas.

En muchos casos, la salida es desde lo individual hacia lo comunitario. Así, el auge de las juntas de vecinos, y de todo tipo de organizaciones del tercer sector, haciendo tareas que en muchos casos corresponden a las políticas que se esperan del Estado, cubren esa brecha para hacer menos angustiante la situación de miles de conciudadanos.

En otros, las mismas fuerzas se van reconvirtiendo en proyectos más fuertes, poderosos, (“empoderados” parece ser la palabra de moda) y contundentes a la hora de fijar posiciones… lo que no gusta demasiado a los fantasmas, (perdón) a los círculos de poder tradicionales a los que no les apetecen los cambios demasiado rápidos.

Pero lo bueno de la historia, es que pese a que precipitan desenlaces no todos felices –como la muerte de seres inocentes, la caída de la reputación de muchos otrora intocables, y hasta el arrancar de raíz los viejos preceptos llenos de vicios desactualizados-, hay un sentimiento común de esperanza. Y de fe.

A diferencia de los conocidos de siempre, que existen en todo el mundo y forman parte de lo que ellos autodenominan ‘la elite del poder’, al ciudadano común le vienen bien los cambios. Por eso, no tiene mucha paciencia. Y así, no se hace esperar. Marcha, protesta, pública una carta de lectores, lleva su caso a la radio y la televisión; escribe en sus redes sociales; articula campañas de bien común, y lucha por lo que considera más justo y equilibrado, con el impulso de esa fe y esa esperanza que, a veces, son los únicos faros que iluminan el lúgubre pasado que se resiste a salir de escena.

Así las cosas, las cartas están echadas. El mundo está saliendo de su propio clóset. Y si todo resultara como la mayoría anhela, los cambios serán tan inevitables como positivos. Y para siempre. Hay un renacer del mundo globalizado que se manifiesta cada día con mayor contundencia (incluyendo las múltiples formas de la crueldad humana que tanto nos horrorizan). Hay un renacer espiritual, que va más lejos y más rápido que los dogmas.

Y entonces, llegará el día en que como sociedades, los países de esta parte del mundo, veremos un nuevo horizonte, con mayor optimismo para los niños y jóvenes  y para transitar los últimos años de los adultos y ancianos con mayor tranquilidad y equilibrio. Para, recién en aquel momento, volver a creer en que cambiar valió la pena.

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