El lenguaje de la salud

Las diferencias entre la atención que brinda la salud pública y la salud privada son tan abismales, si bien se ha hablado tanto de ellas –en la prensa escrita, en la radio, en la televisión- que, a estas alturas, repetirlas viene a ser una cuestión retórica. Y las frases trilladas acerca de los desastres en tal o cual hospital terminan equivaliendo al aforismo chiste repetido, chiste podrido.

Francamente, el tema no tiene nada de gracioso, pero como sin humor no podemos vivir, hay un aspecto en el que pocos se han fijado, quizá porque en la medicina chilena prime la tragedia sobre la comedia.

Si mañana acudo a la clínica Las Condes, a la Alemana, a la Tabancura o a un centro de primer nivel, por ejemplo, el Instituto Oftalmológico Puerta del Sol, lo primero que salta a la vista es el lenguaje que usan sus funcionarios, desde los subalternos hasta los médicos, por lo general catedráticos.

Al llegar, para obtener el respectivo bono, a uno le piden que ponga el dedito en la registradora de huellas dactilares; acto seguido, hay que sacarse la ropita o los zapatitos –sin fijarse en la inconsecuencia mayúscula de que el beneficiario calce número 44-; después es preciso levantar las manitos, los bracitos, los piececitos, estirar el cogotito –esto último no es exageración-; en fin, es tal el cúmulo de itos e itas que estos encantadores profesionales emplean, que por tal vía fácilmente podemos llegar a una enciclopedia de los diminutivos.

En Chile siempre los hemos usado y es una de las características de nuestro dialecto que más perplejidad producen en las personas que también tienen al español como lengua materna. De hecho, a los argentinos todavía les choca y es frecuente que, irritados ante tanto chiquitito, despacito, suavecito, nos suelten, ¡Ay, ustedes, los shilenitos, con su cantito! En el sur del país, esta tendencia llega al extremo de despedirse exclamando ¡chaíto!

Como sea, achicar las cosas y en especial las enfermedades, puede ser hasta una virtud, siempre que no se llegue a extremos tales como déjeme mirarle la guatita a ver si tiene un tumorcito. Como fuere, es preferible que nos traten en forma cariñosa a que nos ladren.

De alguna manera, también queremos que nos mimen como a hijos, a padres, a hermanos, a amantes, en el idioma familiar y secreto en el que nos entendemos con ellos. Inermes, con nuestro cuerpo presentado frente a un facultativo como si fuera suyo y no nuestro, dependemos hasta tal punto de él, que si nos desilusiona con un terrible: ¡ya, pues, quítese la camisa! o un perentorio: ¡bájese los pantalones!, es muy probable que, tras ser auscultados por un internista, vayamos a parar directamente donde un psiquíatra.

Todo esto vale, por supuesto, para los institutos terapéuticos particulares que además son terriblemente competitivos: a como de lugar, deben dejar contentos a sus pacientes.

En los hospitales estatales el panorama es muy distinto, tan, pero tan distinto, que se diría que pertenecen a países diferentes. En rigor de verdad, es así y hay varios Chiles en lo que respecta a la salubridad.

El primero y más masivo es el servicio oficial: si voy a atenderme a la Posta Central, en lugar de tener los recursos para hacerlo en la clínica Las Lilas, es seguro que comenzaré a vivir una pesadilla de dolor, privación, terror, angustia y descuidos de tal magnitud que, si no quedo traumatizado para siempre, tampoco saldré mínimamente contento del infierno que hoy son los establecimientos sanitarios fiscales chilenos.

De partida, nadie me va a solicitar que me tienda en la camillita, que estire las piernitas o que me quede tranquilito. Ni por nada del mundo, ya que todo son berridos y, además, si soy pobre y se nota, puede haber hasta empujones y diversos maltratos.

Por desgracia, la hipótesis evidente, vale decir, auxilio inmediato, es muy venturosa, ya que antes de llegar a la etapa de examen y diagnóstico, tengo que esperar horas de horas, a veces días completos, meses, hasta años para lograr que alguien competente me observe y me exprese, de manera comprensible, qué es lo que me pasa.

Para entonces, da lo mismo la forma en que eso se diga y debemos dar las gracias cuando nos insultan, nos vejan y nos reducen a seres inanimados, aguardando algún tipo de alivio.

Porque bien podemos estar a punto de morir por causa de una septicemia, una peritonitis, cálculos renales, fracturas expuestas o un accidente vascular severo.Entonces, da lo mismo que nos saquen la madre, que califiquen a nuestra progenitora como miembro de la profesión más antigua del mundo, que nosotros mismos seamos una suerte de parias o que, si el galeno estuviera ese día de buen ánimo, se digne darnos unas palmaditas de consuelo.

Tal vez en este caso, nos indique afablemente: ¡váyase calmadito a la casita y tiéndase en su camita! Por cierto, antes hay que pagar y aquí si que no hay alternativa: Fonasa, Isapre o bien dinero en efectivo, si es que no se pertenece al selecto club que tiene cuenta corriente bancaria (si así fuese, se puede dejar un cheque en garantía y aun cuando esta inmoral práctica se prohibió, hoy sigue tan extendida como ayer).

Las salas de parto de instituciones como el Hospital Sótero del Río, el Barros Luco, el San Borja, el Paula Jaraquemada, por nombrar unas pocas, eran, hace un par de generaciones, espectáculos dantescos. Los términos con los que las enfermeras, las matronas, los obstetras se dirigían a las afectadas son irreproducibles.

Para hacerse una idea, lo menos que les gritaban era que si les gustó haber tenido relaciones sexuales, ahora no tenían derecho a quejarse, si lo pasaron bien, bueno, ya les llegó el turno de pagarlo, si, empleando un eufemismo, se entregaron a un enamorado, pues les tocaba saber lo que eso significaba. Los calificativos con los que llamaban a las parturientas eran imposibles de verter en esta columna.

Cuando finalizaba el proceso, las flamantes mamás muchas veces compartían un catre con otras puérperas, quienes, a duras penas, amamantaban a los bebés que trajeron al mundo.

Gracias a los avances científicos, en la actualidad el posparto dura poco y las mujeres, ricas o proletarias, pueden regresar a sus hogares al día siguiente del nacimiento de sus hijos. No obstante, si surgen complicaciones, tienen que quedarse más de la cuenta en la pieza particular o en la sala común, dependiendo de la clase social a la que pertenezcan. Y si son menesterosas, nadie les va a requerir que estén calmaditas, que se traguen la comidita, que se tomen sus remeditos o que se duerman lueguito.

Por suerte, las cosas han mejorado, no en la salud, aunque sí en el trato a los pacientes. Pero no nos equivoquemos: la Clínica Santa María está y estará siempre a años luz del Hospital San José.

No hay que despreciar nunca el lugar común, en especial aquel que se relaciona con el lenguaje, el mejor instrumento de comunicación que se nos ha dado.

Con todo, también exhibe el perverso y arraigado sistema de clases que prevalece en Chile. Y, en lo referente al lenguaje de la salud, los diminutivos cariñosos solo sirven a quienes tienen medios, mientras los aumentativos groseros se arrojan encima de ya sabemos quienes.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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