La extravagancia de ser escritor en Chile

El concepto de “reciprocidad social” atraviesa todas las disciplinas de las ciencias sociales. Por ello, tiene muchas acepciones. Una de ellas, adecuada para estas páginas, es que se espera que el colectivo responda de un modo razonable, ecuánime, a lo que entrega un individuo a su grupo.Naturalmente esto, en literatura, no se da.

La sociedad chilena no tiene respuestas satisfactorias a los bienes simbólicos que los escritores ofrecen. La inversión de tiempo, esfuerzo, recursos económicos y emocionales, apremios de todo tipo que se deben pasar para producir un texto de narrativa o poesía, no son recompensados. No solo por ausencia total de gratificaciones monetarias, tampoco existe ninguna valoración por parte de la sociedad, en las múltiples maneras que esta se podría expresarse. El grueso de la producción libresca, por regla general, está condenado de forma inexorable a la invisibilidad y el silencio.

De este modo, la producción de una novela, un poemario, un ensayo o una selección de crónicas, es un desafío mayúsculo y prácticamente carente de réditos, como no sea la satisfacción personal del autor por un objetivo artístico cumplido.

De inicio a fin, el trabajo de escritura, publicación, distribución y recepción ofrece numerosas dificultades. Veamos el proceso.

La escritura

En Chile no existe fomento a la creación literaria. El único incentivo relevante es el del Fondo del Libro y la Lectura, del CNCA. Pero no es nada sencillo adjudicarse esta especie de beca para la elaboración de una obra. La categoría inédito puede ser accesible, pero la de escritor profesional resulta una proeza conseguirla: a ella postulan todos los escritores, incluidos aquellos que tienen una obra que atraviese varias décadas de manera exitosa. Es decir, la competencia es demencial.

Quedan, en ocasiones, en lista de espera novelistas, poetas o dramaturgos consagrados. Solo con haber publicado un libro, aunque sea autoedición, se pasa a esta categoría, donde concurren nombres de escritores de importancia. A ello debemos sumar que es bajo el número de becas que se entrega, y que el monto tampoco es muy significativo.

En este escenario, los autores se ven forzados a trabajar en lo que sea para ganarse la vida, y robarle tiempo al descanso o la familia para ocuparse de sus textos. Algunos recurren a oficios no calificados; otros, los más afortunados, se desempeñan jornada completa en aquello que estudiaron. Esto ha llevado a que muchos hagan carrera académica. Ser profesor de literatura es una salida que permite tener ingresos aceptables sin alejarse de su foco de interés. La otra alternativa es hacer talleres de cuento, novela, poesía, etc. Desde luego, los aprietos por los que pasa quien escoge esta opción son predecibles.

Como sea, la redacción de una obra literaria se da, en un 99% de los casos, en el tiempo libre que deja la actividad principal del creador, lo que hace que el mote de “escritor profesional” sea una broma de mal gusto o una cándida fantasía en nuestras tierras.

Buscar editorial

Si bien crear un libro es una faena complicada, ahí no acaban los problemas. La misión de conseguir una editorial que publique la obra es, la mayor de las veces, titánica.

Los sellos transnacionales operan, en demasiadas ocasiones, con criterios extraliterarios. Su decisión es no correr riesgos. Las novelas experimentales, de este modo, están vetadas; lo propio con autores desconocidos o principiantes. La exigencia de que los títulos tengan buena acogida de público conlleva un inevitable privilegio del valor comercial antes que la calidad literaria que presente el texto, habida cuenta que, por cierto, la calidad literaria nunca ha garantizado la venta de un solo libro, pudiendo actuar, incluso, al contrario, desincentivando la lectura si la obra llega a adjudicarse la “mala fama” de ser densa u oscura.

Las editoriales independientes, por su parte, deben jugársela por nutrir un catálogo con esfuerzos desmesurados. Ellas tampoco tienen muchos fondos en los que concursar para financiar sus proyectos. Pese a ello, publican, y mucho. Aunque, de todas formas,la cantidad de manuscritos que llegan a los sellos autogestionadoses demasiado ingente como para que puedan hacerse cargo de todos.A esto debe añadirse el fenómeno –a todas luces comprensible– de que han arribado a la edición independiente la mayoría de los escritores que ya tienen una obra consolidada, los que, por supuesto, tienen prioridad frente a otros menos conocidos.

La otra posibilidad es pagar por la publicación, para lo que existen varias casas editoras dedicadas exclusivamente a eso. Ahora bien, todos conocen las actividades de esos sellos, por lo que sus libros cuentan con un sesgo adicional, el de la autopublicación, lo que entorpece su ingreso a algunas librerías o aparecer reseñados por ciertos críticos, junto a un prejuicio infundado por parte de los lectores.

Comercialización del libro

Un hecho irrefutable es que la masa crítica de lectores en Chile es desalentadora. Conjeturas de por qué en nuestro país no se lee existen tantas como individuos reflexionando sobre el tema. Por eso, baste decir que el mercado es insuficiente.

La categoría de bestseller, sin ir más lejos, es bastante mentirosa en Chile. Los multiventas alcanzan cifras bajas en comparación a otros países de la región. Además, son excepciones que se cuentan con los dedos de una mano. Siendo optimistas, el éxito debe tocar la puerta de dos o tres novelas por año (y digo novela porque, simplemente, esto no ocurre jamás con poesía, dramaturgia o géneros referenciales).

La norma, en todo caso, es una venta que permite recuperar la inversión a la editorial, quizás ayudar a financiar otro proyecto todavía más minoritario, y entregarle al autor regalías simbólicas. La conclusión: nadie sensato puede pensar vivir de su labor literaria, por más seria que ésta sea.

Los concursos

A diferencia de España, por ejemplo, acá tenemos escasos premios literarios. Contamos apenas con los de la Revista de Libros de El Mercurio, los del Consejo del Libro y la Lectura, los municipales de Santiago, y poco más que eso (especialmente de cuento, como el de la Sech o Revista Paula). Desde luego, a estos certámenes –como a los fondos antes mencionados– concurren todos los escritores que aún respiren. De este modo, la competencia es despiadada.Escritores experimentados se miden en estas lides por ser la única fuente de prestigio y recursos económicos.

La difusión y la crítica

Un hecho constatable cada semana: los lanzamientos de libros no aparecen en los noticiarios y, en general, no son cubiertos por la prensa escrita ni radial. Así, la publicación de un libro pasa inadvertida para el gran público.

Por otro lado, la crítica especializada tiende a ocuparse de reseñar libros de autores que ya cuentan con cierto renombre. Para ser justos, esto ha ido cambiando en el último tiempo, y cada vez son más los críticos atentos a las editoriales independientes. Pese a ello–y también a diferencia de otros países–, en Chile son escasas las revistas de literatura. En el último tiempo han aparecido varias, y bastante buenas, en internet, pero su alcance es más limitado que el de los medios masivos tradicionales.

El diagnóstico que acabo de hacer no pretende ensañarse con un pesimismo absurdo ni victimizar a los escritores. Es, creo, una descripción bastante fidedigna de una escenario cultural empobrecido como el que tenemos, y que seguramente se puede extender, con mínimos matices, al cultivo de cualquier otro arte en Chile.

A contrapelo de esta realidad, un gran poeta dijo: “porque escribí estoy vivo”. La pulsión de la escritura es, al parecer, inextinguible, por más hostil que sea el contexto de producción. Solo cabe celebrar ese ahínco todos los días renovado por parte de los creadores, y la espléndida noticia que representa el surgimiento de cada nueva editorial por estas latitudes. Habiendo escritores jugados y editoriales dispuestas a publicar a cualquier precio a esos escritores jugados, los lectores podemos estar tranquilos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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