La invasión de los opinólogos, los vociferantes, los narcisistas

Veo con cierto espanto la propaganda de la nueva teleserie de Mega donde ocupa un lugar protagónico una niña pequeña. El papel es demasiado protagónico y ella, creo, demasiado pequeña para estar ya dentro de la farándula y el medio televisivo.Me cuesta entender (y advierto que esto es una aprensión personal) los motivos por los que los padres exponen –en todo el sentido de la palabra– a sus hijos o hijas al torbellino del espectáculo a tan corta edad.

Después de todo, esos niños realizan un trabajo en regla: tienen un sueldo, horarios y un contrato que, probablemente, conlleva una serie de actividades laboralesalas que no debieran estar expuestos menores de edad.Y ese trabajo, desde luego, supone buenas dosis deestrés, agotamiento físico, presiones implícitas y explícitas,en fin, intensas tareas ajenas al colegio y el juego, que debieran ser sus únicas obligaciones y deberes.

Les brinda, además, una excepcionalidad peligrosa, ser diferentes al resto, algo en muchas ocasiones fatal, dependiendo de los recursos emocionales del niño y el ambiente en que se encuentre.

Quizás, pienso, aquellos padres llevan a sus hijos a castings porque sintonizan con el deseo, en la actualidad extendido a cada ciudadano de la urbe y el campo, de ser famoso.

Es sabida la necesidad de atención que, sobre todo en el presente, ostentan las personas “de a pie”.Un caso a un tiempo paradigmático y lamentable, es el autodenominado Pastor Soto, un homófobo violento y delirante que hace cualquier cosa por ganar un poco de pantalla.

Otro ejemplo patético son los participantes de los realitys, especies de laboratorios humanos diseñados ex profeso para individuos sin ningún talento. A esta televisión de realidad, convergen una miríada de chicas jóvenes y atractivas que persiguen fama y fortuna a corto plazo, o bien la alucinante posibilidad de ser descubierta por algún futbolista pronto a emigrar al extranjero. O ambas, claro. También chicos desesperados por alcanzar el dudoso prestigio que brinda un programa como ese.

Una muestra más de búsqueda de fama instantánea es el de LeonardoFarkas. El millonario intenta replicar con cada entrega de dinero la infalible lógica de la Teletón: caridad a cambio de publicidad, visibilidad, estatus. No niego el aporte concreto de su solidaridad; sin embargo, resulta evidente que el magnate prefiere sacar sus billetes delante de una cámara encendida, idealmente trasmitiendo en vivo para todo Chile la opulencia inverosímil de sus donaciones.

La literatura, que es el tema que más me compete, tiene siempre como promesa oculta y latente, la posibilidad de ser famoso. Cada libro, por malo que sea, puede transformarse en bestseller por los gustos imprevisibles de los lectores. Basta un poco de suerte, piensan muchos, y la novela se vuelve multiventas, luego se traduce a otras lenguas, finalmente se transforma en película. Esto, desde luego, es estadísticamente absurdo, además de demostrar el peor de los arribismos intelectuales; empero, ese 0,01% de posibilidad parece incentivo suficiente para una buena cantidad de escritores.

Ahora bien, la exageración de estas ansias desmedidas por reconocimiento, se percibe, si bien a una escala minúscula pero no por ello despreciable, en las redes sociales. Un tuit gracioso o agudo puede terminar con miles de seguidores de esa cuenta; una frase afortunada o una acción temeraria o risible, como trending topic del día.

Es penoso ver, en este contexto, la invasión que nos asola de infinitos opinólogos, de usuarios vociferantes y agresivos, de perfiles patológicamente narcisistas.

Los primeros, a saber, los opinólogos, se sienten en la obligación de publicar un comentario sobre cada tema que aparezca en los medios de comunicación. Hablan de política, fútbol, arte, educación, tecnología; hacen evaluaciones técnicas de las reformas de Bachelet y profundas condenas morales a los implicados en Penta o SQM; opinan en tono categórico sobre el cambio climático, la mala alimentación de los chilenos y la necesidad de más ciclovías. Es decir, que no se sustraen a ninguna cuestión que alimente la prensa, hablando de todas con idéntico desparpajo y, la mayor de las veces, diciendo perogrulladas o simples estupideces.

Los vociferantes, por otro lado, son aquellos que desde su perfil en Faceebook o su cuenta de Twitter, disparan iracundos contra todo el mundo. Son categóricos y autoritarios, se creen en posesión de la verdad, despedazan a otros usuarios de las redes sociales menos atrevidos que ellos.

Leyendo sus comentarios políticos –temática favorita de este grupo de enajenados–, me he dado cuenta que en esta materia siempre debemos medir al resto con la siguiente vara: encontrar reaccionarios y amarillos a todos los que son más de derecha que nosotros, y locos, incendiarios y adolescentes a los que son más de izquierda (porque siempre hay alguien más de izquierda que nosotros en las redes sociales).

Los narcisitas, por último, son menos molestos ya que no agreden al resto con sentencias ampulosas e irrefutables, pero de igual manera llaman la atención por su propensión a hablar de sí mismos en todo momento, al autobombo, a la continua selfie en Instagram.

Le narran a sus contactos cada uno de sus logros y objetivos cumplidos, comparten gustosos cualquier anécdota que les sea halagadora, describen cada segundo de su existencia–sus comidas, la música que escuchan, el libro que leen, la caminata por el parque o la compra de ocasión– como si ponernos al corriente de sus actividades cotidianas pudiera servirnos para sobrellevar nuestras poco interesantes vidas.

No digo que las redes sociales no tengan efectos positivos, pero tampoco niego que revisarlas con asiduidad lo convence a uno de la irremediable necesidad de atención de sus contemporáneos.

Al parecer, en el nuevo milenio todos queremos nuestros 15 minutos de fama, y las tecnologías permiten cumplir a carta cabal ese sueño egótico e insustancial.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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