Chespirito en el país de los muertos

Extraño sino el de México, nación compleja, multicolor, heterodoxa, su origen y destino parecen delineados por un trazo peculiar, cuyos matices no son perceptibles para quien no detenta su nacionalidad única. Un trazo grueso, bello y sangriento determinó su origen y quizás lo haga con su destino.

Un camino sinuoso pero seguro, recorrido desde el redentor filo de obsidiana, en que los hombres dan su corazón para que los dioses no perezcan, hasta las familias congregadas en torno a coloridas y alegres mesas compartiendo pan y calaveras de azúcar junto a sus antepasados.Desde las incontables víctimas de la Revolución a las mujeres de Ciudad Juárez y los estudiantes de Ayotzinapa…

Estas impresiones de un mero observador chileno bien poco pueden valer para quienes han hecho de la muerte una íntima, cotidiana, violenta compañía. Pero creo advertir el mensaje que este país está trasmitiendo, a su tan dramática manera. Como la cohabitación caprichosa con el mar, que puede brindar la delicia de un crepúsculo imborrable, el insustituible alimento o un tsunami apocalíptico, la muerte le ha dado lo mejor y lo peor a México.

No sólo las artes, increíbles, irrepetibles todas, sino su gente misma, de la cual tan poco sabemos y cuán burdamente encerramos en dos o tres estereotipos. Ellos mismos los han fomentado, es cierto, necesidades del turismo y sus generosas entradas, se comprende.  Pero para ojos y almas atentas, si todavía creemos en eso, algo hay. Algo que se llama trascendencia en un mundo obscuramente devenido en banal.

Octavio Paz, Juan Rulfo, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo, con tan disímil lenguaje los cuatro, pero con intenso acento común han escrito páginas de preclara belleza que demuestran este vínculo dulce y letal. La vereda del frente, la popular, la ruidosa, la de la multitud de voces, máscaras, colores y sabores, (a la cual ellos y otros tantos escritores no dudan en cruzar para impregnarse de su magia), lo expresa, lo goza, lo llora, a diario. Tres imágenes aún frescas vienen a confirmar esta presencia, esta complicidad terrible y entrañable.

El libro de la vida, un sencillo y delicioso filme infantil, con un imaginario desbordante, que pese a ciertos clichés para ser aceptada en el mercado hollywoodense, reconcilia al espectador con sus miedos más íntimos, y aleja a la muerte de toda connotación prohibitiva, poniéndola al alcance del imaginario de los niños, haciéndola comprensible para ellos. Es un hecho normal de la vida, ¿por qué persistir en tabús? ¿por qué decorarla mal con espantos de ultratumba?

Como brutal contraste, poco después, nos enteramos que a la muerte le gusta también exhibirse de forma cruda e imperdonable. El horror de Ayotzinapa es una tragedia que fusiona al crimen sin miramientos con la corrupción y el desprecio de clase y de raza, elevándolos a niveles inéditos.

La ¿inepcia? del cuestionado gobierno de Peña Nieto ante la masacre, (en torno a la cual incluso la vociferante oposición chilena guarda un complaciente silencio), recuerda la complicidad del poder ante otros baños de sangre. El lector puede añadir a la tenebrosa lista que incluye a Lídice, Oradour-sur-Glane, nuestra Pisagua o la mismísima Ciudad Juárez, cuyas mujeres degolladas aún clama la justicia que se les niega con rara obstinación.

El pueblo marcha y pide respuestas, el gobierno no se inmuta e incluso declara las manifestaciones fuera de la ley. La democracia también puede adoptar modales del gorila según el caso y la convivencia. Sin embargo, ahí está la muerte que, a cuchillo, desnuda al hipócrita de buenos modales y el abandono de quien juró protegerte y ampararte. Es la muerte y no la justicia la que apunta al culpable.

Tan solo un par de meses después, México sufre la pérdida del extraordinario Chespirito. Despreciado por los lechuguinos de la literatura, Chespirito es un genio que fusionó como nadie, en el inolvidable Chavo del Ocho, la figura clásica española del pícaro con la Commedia dell’Arte, teatro genuinamente popular de los siglos XVII y XVIII, con aderezos de Chaplin, (explícitamente homenajeado por el autor) y el humor y argot callejero mexicanos, ello, al servicio no de una elite, sino de las masas, con una técnica dramática impecable.

Pese al liviano contenido aparente, todos estos personajes bailan en el abismo, todos son precarios. La miseria, el clasismo y la soledad son exorcizados como nunca en una serie que cuarenta y más años después nos sigue haciendo reír, con siglos de cultura verdadera irrigando los sedimentos de la bonita vecindad…

Se contra argumentaría diciendo que el autor del Chapulín Colorado no desdeñó el humor físico ni los prejuicios, claro, pero su Zeitgeist le dictó este hábito estético. Se hablaría, atolondradamente, de que su muerte distrajo a la opinión pública de la muerte verdaderamente importante.

Error de principiante, Chespirito siempre perteneció al país de los muertos, apenas nos deja su presencia física. A través de la risa, sigue resaltando al débil y zahiriendo la soberbia del tonto en su recorrido festivo y genialmente torpe. El Chavo es el rostro inocente que simboliza y redime a los rostros ingenuos y llenos de ilusiones de los cuarenta y tres normalistas.

México parece ser el espejo de este lado del mundo, y su mensaje nos invita a contemplarnos como lo que realmente somos, sin el glamour y aires de importancia que queremos seguirnos dando en base a no sé qué éxito económico.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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