¿Reconciliación?

Por los mismos días en que los tribunales de Detmold, Alemania, condenaban a presidio por 5 años a Reinhold Hannig, de 94 años de edad, hoy en silla de ruedas y arrepentido de su complicidad por haber sido uno de los guardias del campo de concentración nazi de Auschwitz en la Polonia ocupada entre los años 1943 y 1944, en Chile un grupo de 19 senadores presentaba una iniciativa de ley para poner en inmediata y total libertad a los autores de crímenes de lesa humanidad cometidos en nuestro país durante la dictadura cívico militar que encabezó Pinochet, mayores de 75 años y que sufran de enfermedades graves.

En el caso de Europa son los criterios alcanzados por la comunidad mundial en materia de delitos de lesa humanidad, es el respeto al Derecho Internacional, los Tratados, los Acuerdos y Convenios. Los principios justos. En el caso nacional se trata de tender una mano amiga a los victimarios cuando no se actuó así con las víctimas a las que el Estado chileno no sólo desprotegió sino que sus agentes les agredieron.

Lamentablemente, una alta autoridad del país reaccionó positivamente ante la propuesta de los senadores argumentando que “la sociedad no puede vivir estancada sólo en los dolores, y es bueno y sano avanzar positivamente buscando la reconciliación”. Es decir, queda abierta la posibilidad de que los poderes fácticos – de los que habló alguna vez Andrés Allamand -  ahora con el concurso de poderes legales, echen por tierra los resultados de la larga lucha de más de 40 años por verdad, memoria y justicia.

Sin duda detrás de todo está la mano de los partidarios del perdón y del olvido, de los que están por echarle tierra a los brutales crímenes y poner en libertad a los genocidas. No es la única señal. Siguen sin cerrarse las prisiones de privilegio para los agentes de la dictadura y se ha otorgado la libertad a varios de ellos, entre otros a uno de los degolladores de tres luchadores por la de democracia como fueron los inolvidables Guerrero, Parada y Nattino.

Debe sumarse a lo anterior recientes fallos contradictorios en recursos de protección interpuestos por varios de los peores criminales, buscando también salir en libertad sin cumplir sus condenas.Dicho de modo general, esas resoluciones han tendido a favorecer a los condenados por delitos gravísimos. Digamos pues francamente que se vive un momento inquietante en materia de derechos humanos que amenaza con transformarse en un proceso de destrucción de lo alcanzado hasta hoy.

Con todo, no es ni remotamente nuestra intención negar los avances conseguidos hasta hoy y que ubican al país en un sitial de respeto en la materia. Avances que, digámoslo abiertamente, son ante todo el producto de la acción noble y consecuente sostenida durante decenas de años por los familiares de las víctimas mucho más que fruto de iniciativas del poder estatal.

La valentía sin límite de familiares, de dirigentes y  funcionarios de la Vicaría de la Solidaridad y otros organismos de ese tiempo, de los abogados que en los primeros años arriesgaron sus propias vidas en la defensa de la vida de otros seres humanos, que se la jugaron defendiendo la integridad de las personas, la libertad, la dignidad, en fin de los derechos fundamentales del ser humano, evitó que la masacre fuera peor. Sin duda, la solidaridad internacional jugó también un papel significativo.

Pero el poder incontrarrestable de los jerarcas de la dictadura, con o sin uniforme, sumado a la complicidad del Poder Judicial de la época, impidieron iniciar procesos judiciales de verdad que hubieran podido evitar muchos de los miles de crímenes. La Corte Suprema de esos años sí que “estancó a Chile en el dolor”.

No es que antes no se iniciara proceso alguno, no es que no hubiera intensa y valiente actividad de los defensores del Derecho, al contrario su esfuerzo abrió el camino sin duda alguna a lo que vino después. Pero en rigor los juicios en tribunales para sancionar la responsabilidad penal de los agentes del Estado, recién comenzaron de forma normal y transparente en 1998 tras la querella presentada por Gladys  Marín y aquellas otras que se fueron sumando ese mismo año y que cubrían el conjunto de los delitos por casos de desaparecidos, ejecutados y torturados. Todos esos casos fueron asumidos por el juez Juan Guzmán Tapia.

No fue un proceso fácil y las presiones de todo tipo se hicieron sentir con fuerza sobre el magistrado al que, pocos años más tarde, sus propios superiores forzaron la salida de la institución.

Pese a todo, en menos de un año las querellas iniciadas en enero del  98 ya eran cerca de 300 incluyendo episodios emblemáticos como “Calle Conferencia”, “Caravana de la muerte”, “Operación Cóndor”, “Operación Colombo”, “Cuartel Simón Bolívar”, “Colonia Dignidad”, “Londres 38”, “Villa Grimaldi”, etc.. y se había logrado procesar a un buen número de delincuentes. Agreguemos que a su regreso de Inglaterra, se desaforó y sometió a proceso al propio dictador que murió en calidad de reo en libertad bajo fianza, aunque eso no se haya divulgado como correspondía.

Hoy, gracias a la presión de las agrupaciones de familiares y de los cambios positivos operados en el Poder Judicial, un buen número de jueces de dedicación exclusiva sustancia más de 1.300 acciones y se ha dictado una cantidad considerable de condenas lo que hace que estos años marquen la historia del país en esta fundamental materia.

Es en ese escenario de avances indiscutibles y de riesgos claros de retrocesos que ha llegado el momento de reflexionar acerca de cuán real y posible es una supuesta “reconciliación” en Chile. Respetamos por cierto la impronta religiosa de diverso signo que ese planteamiento tiene, pero al mismo tiempo no podemos ignorar las presiones del poder concreto, es decir de quienes manejan la fuerza y la información en el país. Tampoco debemos descartar que se trate de viejos compromisos entre los sectores más conservadoresde la sociedad.

Recuerdo a propósito del “Perdón” lo que sostiene invariablemente un colega abogado profundamente religioso que, cada vez que el tema asoma, nos reitera que según sus creencias el perdón es una facultad que sólo pertenece al ser superior, a Dios. Si ello es así no se logra entender que personas que son también creyentes ahora insten a emplear una facultad que no les compete.

En todo caso si hay quienes podrían ejercer el derecho a perdonar serían las víctimas o sus familiares.Y entonces habría que formular interrogantes muy duras, brutales, como, por ejemplo, preguntar a una madre o a un padre si están dispuestos a perdonar a quienes violaron a su hija, o la hicieron violar por perros, antes de asesinarla. Porque de ese ensañamiento y de ese salvajismo estamos hablando.

No es que los miembros de la Dina, la CNI o en general  los agentes de la dictadura sólo dispararan contra sus víctimas. Solían hacer eso. Pero también, como en “caravana de la muerte”, abrir  a golpe de corvos el vientre de sus prisioneros. Así pues, el duro ejemplo de violaciones que he dado no estuvo ausente de sus prácticas. Ni el degollamiento, ni quemar vivos a sus víctimas o matar a golpe de patadas en el cráneo a seres humanos. De eso se trata e invito a quienes duden a leer los expedientes judiciales en curso.

En estas circunstancias, ¿alguien en su sano juicio estaría dispuesto a reconciliarse con tales individuos? Es más, ¿alguna vez se han reconciliado los diversos sectores antagónicos de nuestra sociedad? Fácil plantearse el perdón, el olvido, para no seguir “hablando de dolores y del pasado” para quienes no sufrieron los duros golpes del fascismo criollo.

Imposible hacerlo para quienes estamos por la defensa de la vida y no de la muerte. Fácil para los que pueden pasar por sobre el sufrimiento de decenas de miles de chilenas y chilenos. Imposible para quien defienda la dignidad humana, cualesquiera sea su posición y su ideología.

Hay que detener esta nueva ofensiva en favor de quienes abusaron de su fuerza incontrarestable. El ejemplo de la justicia alemana, de un país que muy dolorosamente sabe lo que es el fascismo, ha de servirnos de algo. Por nuestra parte reiteramos que no ha de haber ni perdón ni olvido. No a la venganza, sí a la justicia. Sólo así se logrará educar a las generaciones de hoy y de mañana. Sólo así podría ser efectivo el “Nunca más”. Cuidado con lo que sucede hoy mismo en nuestro país. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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