Vivimos tomando decisiones a una velocidad que no elegimos. Un mensaje que hay que responder ya, una oferta laboral que expira en 48 horas, una herramienta de inteligencia artificial que promete resolver en segundos lo que antes tomaba semanas. En medio de esa aceleración, hay una pregunta que casi nadie se hace antes de decidir: ¿Desde dónde estoy decidiendo esto? ¿Desde lo que realmente quiero, o desde el miedo, el cansancio o la presión del momento?
No es una pregunta menor. Es, probablemente, la pregunta más importante que dejamos de hacernos cuando el entorno cambia más rápido de lo que podemos procesar.
El ruido que no nos deja escuchar
La tecnología prometió darnos más tiempo y en muchos sentidos nos ha dado más ruido. Según la nota de investigación que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó en mayo de 2025 junto al instituto polaco NASK, uno de cada cuatro empleos en el mundo está en ocupaciones potencialmente expuestas a la transformación por inteligencia artificial generativa, cifra que sube a 34% en los países de ingresos altos.
El mismo informe advierte algo que debería inquietarnos particularmente en esta columna: la exposición es mayor entre las mujeres. En los países de altos ingresos, los empleos con mayor riesgo de automatización representan 9,6% del empleo femenino, frente a solo 3,5% del masculino. Eso significa que, además de decidir bajo presión, muchas mujeres están decidiendo su futuro laboral sobre un terreno que se mueve más rápido debajo de ellas que debajo de sus pares hombres. No es paranoia tecnológica: es un dato de la OIT.
Lo que la tecnología no ha tocado
Y sin embargo, con toda esta transformación, hay problemas que llevan décadas intactos. La tasa de participación laboral femenina en Chile llegó a 53,4% en el trimestre febrero-abril de 2026, según el INE, todavía muy por debajo de la masculina. El desempleo alcanzó en mayo de 2026 a 9,1% a nivel nacional, el más alto en cinco años, con un preocupante 10,5% entre las mujeres. La brecha no se cerró con más tecnología disponible: se mantiene.
¿Por qué? Porque los problemas que empujan esa brecha no son tecnológicos, son estructurales. La II Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT 2023), destacada por Cepal, mostró que las mujeres dedican 2 horas y 5 minutos más al día que los hombres a trabajo no remunerado, y que en trabajo de cuidados específicamente destinan 3 horas 27 minutos diarias frente a 53 minutos de los hombres. El 56,3% de las mujeres realiza trabajo de cuidado no remunerado, contra el 21,2% de los hombres. Ese desbalance no lo corrige ninguna aplicación ni ningún modelo de lenguaje. Lo corrige un sistema de cuidados que en Chile todavía está en construcción.
A eso se suma la salud mental, que dejó de ser un tema marginal para convertirse en la principal causa de licencias médicas en el país: los trastornos mentales representaron 30,9% de las licencias emitidas en 2025, con una duración promedio de 18,9 días, muy por sobre el resto de las causas. Decidir con lucidez es casi imposible cuando el cuerpo y la mente ya están dando señales de agotamiento y el sistema de salud responde, en el mejor de los casos, con una licencia y, en el peor, con un rechazo. Y está, además, algo que ya he abordado: la dificultad de reincorporarse al mercado laboral después de cierta edad, tanto para mujeres como para hombres. La experiencia, que debería ser un activo, sigue leyéndose como un problema en procesos de selección que privilegian la juventud por sobre la trayectoria. Ningún avance tecnológico ha resuelto ese sesgo; en algunos casos, lo ha profundizado.
Cuando emprender se convierte en la única puerta
Frente a este panorama, muchas personas -y muchas mujeres en particular- encuentran en el emprendimiento una forma de recuperar control sobre sus decisiones: horarios propios, sin jefaturas que cuestionen la edad o la maternidad, sin la exposición directa a un despido. Los números respaldan que no es una tendencia menor: en Chile hay cerca de 2 millones de microemprendedores, según la VIII Encuesta de Microemprendimiento (EME) del INE, de los cuales el 86,8% trabaja por cuenta propia.
Pero esa misma encuesta obliga a matizar el relato del emprendimiento como liberación. El 54,2% de quienes emprenden lo hace de manera informal -cifra que baja de 58,3% en 2022, pero sigue siendo mayoritaria- y la informalidad llega a 59% entre las mujeres que emprenden. Solo el 43,6% cotiza en salud y apenas el 28,4% en AFP, lo que significa que una parte importante de quienes "decidieron emprender para tener más libertad" está, en los hechos, sin cobertura ante una enfermedad, un accidente o la vejez. Y el costo no es solo previsional. Estudios sobre burnout en emprendedores chilenos muestran que 43% trabaja más de 50 horas semanales y que 87% sigue pensando en sus obligaciones profesionales fuera del horario de trabajo; solo 11% se declara libre de síntomas de agotamiento, frente a un 23% en el promedio latinoamericano.
En el caso de las mujeres microemprendedoras, la carga global diaria -sumando emprendimiento y cuidados- llega a 11 horas y 8 minutos, más que la de los hombres en la misma condición.
La pregunta que queda abierta
Ahí aparece la tensión que quiero dejar planteada, sin resolverla con una fórmula fácil: si emprender puede ser una forma legítima de decidir desde una misma, en coherencia con lo que se es y se necesita, ¿qué falta para que esa posibilidad no termine escondiendo una nueva forma de autoexplotación laboral, disfrazada de autonomía? ¿Alcanza con la voluntad individual, o hace falta que existan sistemas de cuidado que sostengan el tiempo, una salud mental acompañada de verdad y una seguridad social que no dependa de tener un contrato tradicional para existir?
Porque decidir bien -ya sea seguir en un trabajo, cambiarlo, emprender o simplemente pausar- no depende solo de tener más información o más herramientas tecnológicas disponibles. Depende de saber desde qué lugar interno se está decidiendo, y de que el entorno -las políticas, las empresas, los sistemas de cuidado y de salud- haga su parte para que esa decisión no se tome, otra vez, únicamente bajo presión.
Esa es, quizás, la pregunta que cada quien debería hacerse antes de la próxima gran decisión: ¿La estoy tomando desde mí, o desde el ruido?