Entre enero y junio de 2026, se iniciaron en Chile 411 procedimientos de liquidación de activos de empresas, 28% más que en igual período de 2025. De ellos, 359 correspondieron a micro y pequeñas empresas. Las cifras no explican qué ocurrió en cada caso, pero sí abre una pregunta para quienes trabajamos con información contable: ¿Cuántas dificultades podrían advertirse antes si aprendiéramos a leer oportunamente las señales que entregan los propios números de una organización?
Durante mucho tiempo, la contabilidad ha sido asociada con el registro de aquello que ya ocurrió: cuánto vendimos, cuánto gastamos, cuánto debemos o cuál fue el resultado de un determinado período. Una suerte de espejo retrovisor que nos permite comprender el camino recorrido. Esa función sigue siendo fundamental, pero hoy, en un entorno marcado por la transformación tecnológica y la incorporación acelerada de la inteligencia artificial, ya no es suficiente. Los mismos datos que sirven para mirar hacia atrás pueden, al ser bien interpretados, pueden convertirse en un radar, para comprender el presente y anticipar escenarios futuros.
La inteligencia artificial amplía esa capacidad. Hoy existen herramientas capaces de relacionar grandes volúmenes de información, reconocer patrones y detectar comportamientos inusuales con una velocidad hasta hace poco impensada. Pueden ayudarnos a transformar registros históricos en señales útiles para la toma de decisiones. Pero disponer de un radar más potente no significa necesariamente saber interpretar lo que muestra.
Una herramienta puede advertir, por ejemplo, que los costos de una empresa están creciendo más rápido que sus ingresos. Sin embargo, comprender si aquello responde a una inversión estratégica que podría rendir frutos en el mediano plazo o a un problema estructural que exige corregir el rumbo requiere mucho más que datos. Exige conocimiento del negocio, comprensión de las decisiones adoptadas, diálogo con quienes forman parte de la organización, lectura del contexto y, por supuesto, criterio, ética y rigurosidad profesional.
Porque detrás de las cifras existen personas. Una decisión sobre costos puede afectar a trabajadores; una dificultad de liquidez puede comprometer a proveedores; una inversión puede impactar a una comunidad, y una estrategia financiera puede determinar la continuidad de un emprendimiento o de una empresa. El contador no solo debe conocer los números de una organización, sino que también debe comprender la realidad que existe detrás de ellos.
Por eso, la incorporación de inteligencia artificial no disminuye la importancia de nuestra profesión; transforma el lugar desde el cual podemos aportar. Si algunas tareas pueden automatizarse, nuestro trabajo debe avanzar desde el registro hacia el análisis, y desde el análisis hacia la anticipación y el acompañamiento criterioso y ético de las decisiones. La tecnología puede encender una alarma en el radar. A nosotros como contadores, nos corresponde interpretar esa señal, evaluar sus implicancias y contribuir a decidir qué hacer con ella para que las organizaciones se desarrollen de manera sostenible y equilibrada.
Este cambio también representa un desafío para quienes formamos a los futuros contadores. Junto con enseñar normas, procedimientos y herramientas, necesitamos prepararlos para utilizar la información contable como una verdadera herramienta de gestión y toma de decisiones: reconocer señales, construir escenarios, comprender el negocio y acompañar decisiones relevantes para las organizaciones y para los usuarios de la información. El contador que requerirán las organizaciones no será únicamente quien explique correctamente lo que ocurrió, sino también quien, con criterio profesional, evalúe la veracidad, oportunidad, materialidad y relevancia de la información, advierta hacia dónde estamos avanzando y reconozca cuándo puede ser necesario cambiar el rumbo.
En el Día del Contador, esta reflexión también me interpela personalmente. Como contadora y como académica, que desde hace años forma a quienes ejercerán esta profesión, veo con entusiasmo, pero también con responsabilidad, la transformación que estamos viviendo. Nuestros estudiantes probablemente ejercerán una contabilidad muy distinta de aquella que aprendimos quienes nos formamos hace algunas décadas. Tendrán más datos, mejores herramientas y una inteligencia artificial capaz de realizar en segundos tareas que antes demandaban horas.
Pese a ello, seguirán necesitando algo esencial: criterio profesional para distinguir una señal relevante de una que no lo es, rigurosidad para evaluar la información, conocimiento para comprender sus implicancias y ética para decidir cómo utilizarla.
Porque un radar, por sofisticado que sea, solo entrega señales. Su verdadero valor aparece cuando alguien sabe interpretarlas y convertirlas en buenas decisiones. Y quizás allí esté el gran desafío, y también la gran oportunidad de nuestra profesión: que la tecnología nos permita dedicar menos tiempo a registrar lo que ya ocurrió y mucho más a comprender el presente, anticipar el futuro y ayudar a las organizaciones y a las personas a tomar mejores decisiones.
En este Día del Contador, más que celebrar lo que nuestra profesión ha sido, tenemos una buena oportunidad para preguntarnos qué contador ser para el futuro.