Economía por un futuro sostenible

Ad portas de acercamos a ser un planeta con un población mundial de 8.000 millones de personas, será muy difícil para un gran número de países satisfacer adecuadamente las demandas sociales.

En este contexto, habrá escasez de alimentos y déficit de recursos para financiar programas de salud, alimentación, educación, de apoyo a la gente mayor y a los jóvenes, entre otros. Se habla de un escenario en el que prevalecerán indicadores con altas tasas de desempleo y bajas tasas de actividad económica, lo que nos hace recordar los peores momentos vividos en crisis económicas anteriores, como la Gran Depresión de los años '30, la crisis del petróleo en los '70 y la ocurrida hace más de una década, la crisis subprime.

Esta crisis que vive el planeta, provocada por el cambio climático, no se trata sólo de cómo nos abastecemos de alimentos, programas de salud, recursos económicos y un sinfín de otras demandas sociales, sino que también de cómo evitamos que, en este esfuerzo de disminuir la producción de bienes y servicios, ante un mayor consumo que existe por esta población en crecimiento, no se aceleren los procesos de contaminación y emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) a tasas mayores de lo que el propio planeta puede resistir, recuperar y controlar. Estamos en un momento de inflexión.

A este escenario debemos añadir otro hecho que ha puesto en jaque a todos los sistemas económicos en el mundo, alcanzando la peor recesión a nivel global, desde la Segunda Guerra Mundial: La pandemia provocada por el Covid-19. La crisis sanitaria tuvo un impacto en la producción, afectó el normal funcionamiento de la cadena de suministro de las empresas y el mercado, teniendo repercusiones financieras en las empresas y el mercado. Desde la vereda medioambiental, tuvo efectos positivos. Para todos los escépticos del calentamiento global, quienes decían que no era del todo cierto que los GEI aumentaban, debido a la acción humana, se han percatado que las emisiones de estos gases han disminuido, y la calidad del aire ha mejorado, a raíz de las medidas de contención de los distintos gobiernos frente a la pandemia.

Por lo tanto, esta también se ha transformado es una oportunidad, para construir una nueva economía, la que preserve la salud del planeta.

Sin embargo, se debe considerar que el impacto de esta crisis es temporal. La necesidad de los países por levantarse e intentar satisfacer la mayor demanda de bienes y servicios de una población en crecimiento activará la actividad industrial y comercial. Con ello, existe el riesgo de seguir produciendo bienes, en grandes volúmenes, en vez de construir nuestro tejido productivo, en base a una economía más sostenible.

Cuando esto termine, y comience la reconstrucción de nuestras economías, tenemos la oportunidad única de construir una economía diferente. Una en que los gobiernos establezcan las bases para fomentar y privilegiar a empresas con producción limpia y las empresas obtengan incentivos y observen el valor de una producción sostenible. Una en que los propios inversionistas evalúen sus proyectos de inversión, no solo con instrumentos financieros de corto plazo, sino también valorando los flujos futuros de proyectos sostenibles. Una que cuide los recursos de nuestro planeta. Y para ello, debemos convencer a los distintos actores de la comunidad involucrados, como los gobiernos, empresas, inversionistas y consumidores que se debe cambiar el rumbo, si es queremos llegar a tener, al menos, un futuro.

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