Visité el mercado mayorista de Kawangware, un punto clave del abastecimiento de alimentos para Nairobi, capital de Kenia. Ubicado al oeste de la ciudad, el espacio se conecta con la periferia urbana a través de múltiples calles que desembocan en una carretera donde la actividad comienza a intensificarse varios kilómetros antes de llegar al destino final. El camino, abarrotado de autos, camiones, motocicletas, bicicletas, tuk-tuk, carros tirados por animales y otros empujados por personas, desaparece entre los miles de individuos que se ubican en los puestos a cada lado.
A las cinco de la mañana, bajo un sol anaranjado que atraviesa el polvo suspendido, el mercado ya está en marcha. El chofer del Uber en el que llegamos al mercado pregunta si alguien nos va a acompañar, porque puede ser peligroso entrar solos. Es evidente que somos un grupo de extranjeros. Voy con una colega de Kenia, otra de Nigeria y tres investigadoras de India. Le decimos al chofer que así es, en un punto acordado nos espera uno de los administradores del mercado, quien nos va a acompañar durante toda la mañana.
Esperando en el punto de encuentro, la dinámica del mercado no es muy distinta a los distintos mercados que he visitado en América Latina. Desde mi llegada al país, una de las cosas que más me ha impresionado es el boom demográfico africano. A diferencia de lo que he podido ver en otras regiones y países, en África hay una gran cantidad de gente joven. Es un país en ebullición, repleto de niños y de una energía de cambio.
Nuestro contacto llega sentado atrás de una moto. Nos presentamos y nos invita a ingresar junto a él. El mercado es un verdadero laberinto a cielo abierto. Se extiende por cuadras y cuadras, con una densidad impresionante de puestos. Hay personas cocinando y destazando animales, que luego cuelgan en estructuras en forma de arco. La venta de ropa, herramientas y alimentos se mezcla en un entorno caótico pero funcional. Entre las calles corren acequias donde se acumulan residuos y plástico, agua estancada después de la lluvia que refleja las limitaciones en la infraestructura del lugar.
Al avanzar, las vías internas se van estrechando y, a veces, apenas permiten el paso en una dirección. Como herencia colonial británica, el tránsito se organiza al revés de lo que estamos acostumbrados: se circula por la izquierda. En ocasiones, un camión que transporta agua potable ocupa todo el espacio, obligando a ralentizar el flujo de personas y mercancías. Detenido, veo que mi teléfono perdió la conexión a internet al salir de Nairobi, y me pregunto rápidamente qué hacer si me pierdo del grupo. Para orientarme y encontrar una salida, fijo la mirada en un puesto que vende camisetas de fútbol, al final de una calle donde hay una suerte de matadero.
El objetivo principal de nuestra visita es observar la cadena del tomate. Hemos seguido su recorrido desde el campo, la siembra, para comprender las múltiples interconexiones que permiten que los pequeños agricultores hagan llegar este producto a la mesa de millones de personas. En este proceso, los intermediarios son un actor central, desde la venta de semillas y fertilizantes, hasta el transporte del producto final a la capital. En el mercado, esta cadena se vuelve aún más compleja.
Los camiones con tomates llegan a un espacio que tiene las dimensiones de una multicancha. Al llegar, un grupo especializado descarga las cajas de aproximadamente 50 kilos. Estas se depositan al lado del camión, donde rápidamente intervienen otros grupos. Primero, diversos grupos de cargadores compuestos por cuatro personas montan cajas en las parrillas de motocicletas. Es un trabajo físico impresionante. A ritmo constante, esos hombres levantan y amarran las cajas en motocicletas que parten de inmediato a distribuir los tomates a otros mercados de la ciudad. En paralelo, grupos de aproximadamente ocho mujeres abren una caja y comienzan un proceso de selección minucioso. Clasifican los tomates uno por uno, distribuyéndolos en nuevas cajas de menor volumen según la calidad del producto. Estas cajas más pequeñas se dirigen a puestos minoristas dentro del mercado o se cargan en otras motocicletas que parten a abastecer a Nairobi. Nada se desperdicia: los tomates dañados son separados y reutilizados por otros grupos de mujeres que pasan al final. La presencia femenina es predominante en estas tareas de selección y venta.
Tras realizar algunas entrevistas y tomar fotografías, percibimos que nuestra presencia comienza a generar incomodidad. Escuchamos silbidos y miradas anónimas se fijan en el grupo, por lo que decidimos avanzar hacia la zona minorista. Llegamos a una estructura amplia de madera y metal, similar a un galpón, aunque se parece más a las galerías de una mina subterránea. En su interior, los pasillos son oscuros, apenas iluminados por rayos de luz que atraviesan el techo de zinc. El ambiente es intenso. El humo del carbón se mezcla con los olores de agua estancada, animales y frutas maduras. En este espacio, la mayoría de los puestos está gestionado por mujeres, quienes venden alimentos, especias y diversos productos fermentados. El flujo de personas es constante: cientos de personas transitan moviendo los alimentos recién descargados.
Al salir del galpón, la luz exterior nos encandila momentáneamente. El mercado continúa en espacios abiertos organizados en patios rodeados de edificios y tiendas. La variedad de verduras es sorprendentemente similar a la de América Latina, salvo por una o dos especies. Miles de personas realizan sus compras a esta hora del día. Finalmente, el administrador del mercado nos invita a su oficina. Allí nos muestra registros detallados de los pagos mensuales de quienes trabajan en el mercado: transportistas, cargadores, comerciantes. Son miles de personas las que participan diariamente en esta red, sosteniendo el final de la cadena de una economía agrícola dinámica que garantiza el abastecimiento alimentario de una ciudad cercana a los 4.5 millones de habitantes.
La visita revela no sólo la complejidad logística de la cadena alimentaria, sino también la enorme cantidad de trabajo humano que la hace posible. Detrás de cada tomate que llega a nuestra mesa, hay cientos de personas, y una serie de decisiones cuidadosamente organizadas. El mercado mayorista de Kawangware, como tantos otros, es una prueba de ello, y ayuda a entender que la agricultura debe estudiarse como una cadena, desde la parcela hasta la última milla.
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