En las últimas semanas he visto tres tipos de conversaciones distintas -con empresarios, con autoridades de gobierno, con estudiantes- donde se repite la misma escena. Alguien afirma, con total certeza, que en pocos años la mitad de los empleos actuales habrá desaparecido. Otra persona responde, con la misma certeza, que la inteligencia artificial es una moda tecnológica más y que el trabajo continuará siendo en lo esencial lo mismo. Ambos hablan con la autoridad de quien tiene conocimiento cierto del futuro. Como siempre, la evidencia sugiere que la realidad no es tan simple.
Chile vive este debate con particular urgencia. Esta semana el Instituto Nacional de Estadísticas informó que la desocupación nacional subió a 9,4% en el trimestre marzo-mayo, su nivel más alto en casi cinco años. El Banco Central ha intensificado el análisis del fenómeno: en su Informe de Política Monetaria viene documentando un nuevo equilibrio organizacional de dotaciones más reducidas, y su presidenta, Rosanna Costa, ha puesto sobre la mesa la pregunta que hoy más falta responder: si la inteligencia artificial está actuando como complemento o como sustituto del trabajo humano.
La evidencia disponible no valida ninguno de los dos extremos del debate público. Economistas como Carmen Cifuentes, de Clapes UC, son claras: no existe evidencia concluyente que el mayor desempleo actual responda principalmente a la inteligencia artificial. Sí hay señales de que las empresas están cambiando sus decisiones de contratación, y lo que probablemente estemos viendo no es una destrucción masiva de empleos, sino una menor intensidad en la creación de puestos nuevos. Un estudio de Stanford, Sofofa y el Centro Nacional de Inteligencia Artificial sobre los cien empleos más comunes del país confirma que el impacto no es parejo: la mayor aceleración se concentra en trabajo de oficina -analistas, desarrolladores, abogados, secretarias, ejecutivos de seguros-, mientras que labores manuales y de menor estructuración, como la construcción o el cuidado de personas, muestran una exposición mucho menor. Incluso dentro de las profesiones más expuestas, las tareas que exigen juicio y coordinación de equipos -la esencia de un cargo directivo- siguen resistiendo la automatización.
Esta es, creo, la contradicción del debate actual: discutimos con vehemencia si la inteligencia artificial reemplazará todo el trabajo o ninguno, mientras la evidencia describe algo distinto y más exigente: una reconfiguración desigual, que recompensa a quienes se preparan y castiga a quienes improvisan. La OCDE, en su más reciente reporte sobre empleo, es categórica: hasta ahora hay poca evidencia de un efecto negativo agregado sobre el número de empleos. El riesgo que sí documenta no está en la extinción del trabajo, sino en el acceso desigual a las herramientas y a la capacitación, que golpea con más fuerza a quienes no tienen educación terciaria, a las mujeres y a los trabajadores de mayor edad. Una encuesta del Digital Education Council a empleadores de 29 países apunta en la misma dirección: aunque siete de cada diez anticipan ajustes en sus dotaciones, las principales barreras que enfrentan para adoptar la tecnología no son técnicas, sino de gobernanza y de capacitación interna. El problema no es la herramienta. Es la falta de preparación institucional para usarla bien.
Y esa brecha empieza antes de llegar al trabajo. El estudio más grande realizado hasta ahora sobre el uso de inteligencia artificial en estudiantes universitarios -publicado este año en la revista Science, con respuestas de más de 95 mil alumnos en 20 universidades- encontró que los estudiantes de menores ingresos y de grupos subrepresentados usan menos estas herramientas que sus pares. En un mercado laboral que cada vez valora más la fluidez con inteligencia artificial, esa desigualdad de acceso, si no se corrige a tiempo, se convierte directamente en desigualdad de oportunidades.
Por eso, la pregunta que de verdad importa no es si la inteligencia artificial va a cambiar el trabajo -ya lo está haciendo, de manera desigual y todavía difícil de medir con precisión-. La pregunta es si Chile construirá, a tiempo, la infraestructura de formación continua que permita a un adulto trabajador actualizarse cuantas veces lo necesite a lo largo de su vida laboral. Esa es la empleabilidad adaptativa que este momento exige: no un título que se obtiene una vez, sino una capacidad que se ejercita siempre.
No sabemos todavía cuánto cambiará el trabajo en Chile en los próximos años. Sí sabemos que la velocidad de ese cambio superará, largamente, la velocidad con que estamos preparando a las personas para enfrentarlo. ¿Estamos dispuestos, como país, a cerrar esa distancia antes de que sea demasiado tarde?