Cambiemos el lenguaje para hablar de nuestros niños y niñas

Cada vez que se inicia un gobierno, nuevas autoridades y grupos de la sociedad civil hacen diferentes planteamientos públicos en pos de favorecer el desarrollo de la educación parvularia y sensibilizar a la sociedad chilena en las diversas temáticas que abarca.

Sin duda, es un valioso aporte para este nivel educativo, en el que paradojalmente y a pesar de tener en Chile 153 años de existencia en el sector público, aún requiere de estos llamados en un país que pensamos que es de avanzada en muchos campos.

En efecto, parece casi atemporal que aún estemos tratando de convencer que la educación es un derecho del niño y la niña desde que nace, que la ampliación de cobertura de atención de la primera infancia a través de diversas modalidades (formales y no formales) es un tema de derechos y equidad, y que no es sólo para demostrar mejores rentabilidades sociales.  Que la calidad, que en este nivel es difícil de instalarla por su complejidad, es esencial porque si no se favorece no se responde a lo que los párvulos requieren integralmente, por lo que hay que trabajar en ello ahora, y no posponerla. 

Que su propósito central no es ser “preescolar”, sino que esta etapa tiene un fin en sí misma que va a favorecer desarrollo y aprendizajes más aportadores y amplios que los ligados a la escolarización tradicional.

Que los niños y niñas deben ser actores protagónicos de sus aprendizajes y constructores de sus sentidos, los que, por lo general, son más interesantes y pertinentes que las limitadas y estereotipadas visiones que les entregan muchos adultos y el mundo comercial.

Todos estos tópicos y muchos más, tienen en la historia de la educación occidental un extenso desarrollo, que parece que nosotros redescubrimos cada nuevo período gubernamental, sin abordar los nuevos desafíos del nivel.

A la par, todos estos “redescubrimientos” se hacen con lenguajes superados desde la academia y la investigación, los que, en vez de fomentar avances, estancan nuevamente los temas del nivel o lo que es peor aún los hacen retroceder.

Por eso, hay que tener cuidado con los mensajes en forma y fondo, por bien intencionados que sean. Si no, nos quedamos en lo mismo. El lenguaje crea realidades por lo que hay que utilizarlo con conciencia y responsabilidad.

Aún escuchamos que se habla de “guarderías” término que no cabe ni discutir en cuanto a su significado o de las “parvularias” con un tono despectivo, tema al cual dedicamos una columna en especial, pero que constatamos que reiteradamente se emplea.

Sin embargo, la expresión  “estimulación temprana” está en la actualidad en muchos artículos debido a las propuestas de cambio de la Ley de Salas Cunas para una amplitud universal para los hijos de los trabajadores.

La Ley de Salas Cunas que data de 1917 (¡hemos cumplido 101 años!) instaló el tema desde el punto de vista de la protección y cuidado básico, pero las Salas Cunas educativas propiamente tal, nacieron en la década de los 40 cuando se constituyeron en los primeros centros de práctica de las estudiantes de la Escuela de Educadoras de Párvulos de la Universidad de Chile.

Desde ese momento, se practicó y habló de la educación de los bebés, tema que tuvo incluso tesis de grado, dirigidas por grandes educadoras como doña Linda Volosky Cabello.

En los años 70, desde el ámbito de la salud, empezó a utilizarse en toda Latinoamérica, el concepto de “estimulación precoz o temprana”, lo que sin dudas fue un avance ya que se difundió ampliamente llevando el mensaje que los bebes no podían ser dejados de lado y de no ser “estimulados”, porque se limitaba su desarrollo.

Este concepto ha sido revisado tanto semánticamente como a la luz de las investigaciones sobre la autonomía y las enormes posibilidades de los bebés como es el caso de los trabajos de  la Dra. Emy Pikler o de Alison Gopnik que hemos comentado anteriormente.

“Las guaguas no son cosas” titulamos en la columna anterior, y allí explicamos la concepción de ellas como personas, que actúan por su curiosidad, sus potencias, sus intereses, y no sólo, porque son “estimuladas” externamente, como si fueran seres pasivos.

Por eso, se habla de “educación oportuna y pertinente desde el nacimiento”, considerando toda la riqueza de integralidad y de respeto a la humanidad que conlleva cada bebé.

Tratemos en la discusión actual de crear realidades actuales mediante el lenguaje adecuado; demos pasos de mayor avanzada en la forma y fondo. Chile y sus niños y niñas se lo merecen.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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