Cuestión de clases

La educación laica, gratuita y obligatoria surgida a fines del siglo XIX, supuso un progreso mundial en materia de igualdad, al posibilitar al estudiantado, mismos valores, culturas y lenguas, al mismo tiempo que permitió a la ciudadanía, una preparación para un puesto laboral o profesional, asignado según el orden social de procedencia (rurales o burgueses), donde hombres y mujeres, aprendían por separado conocimientos distintos.

Los movimientos obreros no la cuestionaron, por considerarla un valor en si misma, dado que la asistencia a la escuela, otorgó dignidad y derecho humano igualitario.

Así, en el tiempo, se fue haciendo centralizada, uniforme y pública, no obstante ello, es preciso señalar que jamás atendió la igualdad de oportunidades. Solo “los talentosos” de las clases favorecidas, podían acceder a las humanidades clásicas y tener buen éxito; esta escuela tenía como fin, proporcionar un pedestal de cultura común, sin trastocar el orden social.

Conforme va instalándose, también se la va asociando al trabajo y a la utilidad funcional, donde solo las clases medias y ricas pueden darse el lujo de que sus hijos e hijas puedan beneficiarse de estudios más largos y de la gratuidad del sistema escolar.

Así la concepción de la estratificación por clases se naturaliza, asegurada por un Estado de bienestar que cuando no tiene crecimiento económico, tampoco puede asegurar el mantenimiento de la protección y jerarquía social, y es entonces cuando se visibiliza que las desigualdades se van haciendo despreciables, extendiendo el sentimiento de amenaza de la clase media, hacia una clase pobre, con trabajos precarios y de extranjeros, generando un miedo hacia la caída social y la marginalización, mientras las clases ricas, se les alejan.

A dos siglos de cambios, las mujeres han sabido mover las posiciones sociales en términos de derechos y de acceso, al tiempo que los movimientos obreros y estudiantiles reclaman menos igualdad y más oportunidades, comprendiendo que el modelo de clases sociales es conservador y débil cuando existe desempleo y precariedad, asegurando igualdad solo a los que tienen trabajo y posición establecida, y obligando a las clases pobres a mantenerse en el lugar de subordinados sin cambiar de posición social.

La evidencia más palpable de estas desigualdades, se pueden ver por estos días en los procesos de formación de escolares.

Escuelas concentradas de estudiantes pobres (mismas clases), con sostenedores y docentes menos optimistas de su desarrollo, y padres, desescolarizados y desinformados que acentúan las desigualdades.

Otras escuelas con familias muchas veces al borde del desclasamiento que optan por una escuela semiprivada, para diferenciarse socialmente respecto de las escuelas ricas, cuyos títulos y diplomas son más valorados, que los alcanzados por la clases medias y pobres, que creyeron que con el acceso a la universidad, las diferencias se habían borrado y por tanto valía la pena endeudarse a 20 años.

En países como el nuestro, donde la economía tiene techo de cristal y no puede protegernos del desempleo y de la precariedad, tener “escuelas para la meritocracia o para Los Machuca”, solo nos permite visibilizar otros dos nuevos tipos de apartheid sociales colonizadores, propuesto por las élites republicanas chilenas y la clase política, instalando en los imaginarios sociales chances subjetivas que no resuelven ni las desigualdades, ni los privilegios.

Al contrario, se sustentan en ayudar a quienes quieren ayudarse a si mismos, pasando del contrato social al contrato individual, donde luego, la desigualdad será culpa de cada quien y sus circunstancias.

Estas propuestas se alejan sideralmente de proponer un modelo educacional democrático y representativo que equilibre la solidaridad social con las oportunidades individuales.

Por este motivo, la Iniciativa que ha presentado el Ejecutivo sobre el Proyecto de Ley al Sistema de Admisión Escolar que incorpora los criterios de mérito y justicia, y las diferentes respuestas que da la élite política, es solo una cuestión de clases.

Ninguno busca equidad, ni borrar las desigualdades sociales a través de la educación, sino por el contrario, buscan crear guetos educativos, sin importar si es en una escuela o dentro de un aula escolar.

La pregunta es ¿por qué la escuela chilena no logra entregar una educación de calidad sin importar el nivel sociocultural del estudiante?

¿Por qué se atreve, en este siglo, a dejar fuera de las oportunidades a estudiantes no meritantes?

Claramente estas iniciativas no buscan la justicia social tal cual pretenden hacernos creer.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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