Educadores y educación

Quizá una de las ideas menos recordadas cuando hablamos sobre el tipo de educación que queremos lograr para las actuales y nuevas generaciones, sea la del “potencial humano”, es decir, las capacidades que cada persona posee para desarrollarse en contextos adecuados a su natural crecimiento.

Es una idea olvidada entre tantas que agobian y descentran la discusión sobre el tema educacional. En Chile, este enfoque no es considerado desde hace muchas décadas, salvo en el mundo académico.

Estos potenciales, cuando se les mira desde una perspectiva global, es decir, desde lo macro educativo, se transforman en desafíos: de carácter estructural del propio sistema, su financiamiento y su vínculo con otros sectores de la economía, sus formas de gestión, sus lineamientos organizacionales, etc.

En otras palabras, existe una preocupación legítima sobre estos elementos macros que a la larga juegan como condicionantes (y en algunos casos, como determinantes) de las posibilidades de desarrollo de los factores que permiten disminuir las distancias entre las carencias y las metas de resultados educativos que queremos obtener como sociedad.

No obstante, en Chile y otros países no son condiciones necesarias y suficientes para lograr una mejor calidad educativa.

Aquí surge, casi de inmediato en las mentes tecnocráticas, la necesidad de medir o evaluar y ello se convierte, por necesidad de tener una visión clara de los “resultados”, en un fin por sí mismo.

Nacen las formas estandarizadas de medición a nivel de los países y se llega mediante ellas a formas internacionales de comparación, confundiendo muchas veces la calidad educativa con los resultados medidos por dichas mediciones.

Sin duda, nada más lejano de la realidad pedagógica y por qué no decirlo, panacea de aquellos que hacen de la evaluación el foco de toda enseñanza. El Simce en Chile se ha convertido rápidamente en el hito orientador de nuestra educación y muchos de nuestros educadores.

Países con situaciones socio económicas y culturales afines a Chile, como es el caso de México, lo han hecho desaparecer por sus nefastas influencias pedagógicas.

Pero la evaluación no es educación ni menos desarrollo del potencial humano. No es que sea innecesaria, pero la educación y la pedagogía, no son la evaluación ni el fin de éstas.

Ambas son diferentes, y los educadores pueden diferenciarlas con claridad y precisión casi matemática.

Cuando se evalúa a un niño en su desempeño y posible desarrollo de su potencial humano, no se evalúa sólo su desarrollo cognitivo, sino que el educador/a aplica lo que se denomina “el criterio pedagógico” (muy similar, por ejemplo, al criterio judicial, al criterio arquitectónica, al criterio médico, etc.), cuestión que es solo dada por la práctica del contacto directo entre profesores/as y alumnos/as.

Este criterio pedagógico, si se contrasta con las pruebas estandarizadas internacionales y nacionales (de aplicación solo hasta el nivel en donde el ser humano y su potencial no es asumido integralmente), queda muy lejos de ser asumido por los actores políticos, ya que trabaja con seres humanos, que son todos poseedores de una eminente dignidad y configuran universos personales irrepetibles, lo cual imposibilita estandarizar pruebas o juicios.

La solo forma de validar las aseveraciones surgidas de las pruebas o juicios estándares, es que ellos estén acompañados en su base, por fuerzas ideológicas no perceptibles en una primera instancia.

Una de ellas es la idea de suponer la educación como un proceso focalizado en el desarrollo cognitivo, que privilegia todo el aprendizaje a la esfera del desarrollo intelectual.

Mucho ha costado para que en dichas pruebas se introduzcan atisbos de humanidad afectiva o sicomotriz. Chile se caracteriza por haber abandonado una mirada integral hacia las nuevas generaciones y sus nuevos entornos culturales y socio económicos.

De ahí entonces que cuando se alega sobre el porqué no hay educadores en la cima del sistema y solo economistas, es porque ellos sencillamente están invisibilizados, posiblemente sin quererlo, ideológicamente. Más aún en las áreas que no son consideradas sustanciales para los resultados que se esperan del sistema,léase la lecto escritura y el cálculo.

La “sala de clases” núcleo espacio-temporal, en nuestra época, en donde se producen los procesos de enseñanza, aprendizaje y desarrollo de nuestros niños y jóvenes, y la humana y rica relación educador-educando, en donde es posible con-vivir con el otro, para conocer sus caminos y herramientas, para acompañarlos en la ruta del desarrollo de su potencial humano, es poco considerada en los cambios educacionales que se proponen.

Desde la perspectiva política o pública y así lo entendemos, es más sustancioso preocuparse de la gratuidad de la educación, de las becas, de las estructuras, de la gestión, etc., y dejar que el “chorreo” pedagógico se produzca en una segunda etapa.

Si así lo hubiese pensado don Juan Gómez Millas, Ministro, y el propio Presidente Frei Montalva, en Chile no se habría producido la que, a mi juicio, ha sido la última reforma educacional del siglo recién pasado.

Desde una perspectiva política se entiende que los educadores no estemos presentes, pero no así desde una mirada pedagógica, pues ellos no pueden estar excluídos de las decisiones educativas que son necesarias en todo sistema escolar.

Esto se entiende, pero no se comprende, si miramos los nuevos tiempos como tiempos de renovación, cambio e innovación educativa.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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