El mérito que Chile no termina por reconocer

Dos personas reciben el mismo título técnico el mismo día. Una tiene 21 años y durante tres años su única responsabilidad fue estudiar. La otra tiene 41, trabajó jornada completa toda la carrera, es la primera de su familia en llegar a la educación superior y estudió de noche. El diploma dice lo mismo. El esfuerzo que hay detrás no se parece en nada.

Chile cierra esta semana el mes de la educación técnico-profesional: 84 años desde que, en agosto de 1942, se creó la Dirección General de Enseñanza Profesional y el Estado asumió la formación técnica como una tarea propia, en pleno esfuerzo de industrialización del país. Vale la pena usar la fecha para preguntarse cómo describimos hoy a quienes la sostienen.

A esa segunda persona el sistema la describe, con frecuencia, con una sola palabra: vulnerable. La intención suele ser correcta -identificar desigualdades, focalizar recursos-, pero la palabra hace algo más que describir. Invierte la lectura. Convierte en carencia lo que, mirado con atención, es exactamente lo contrario.

El segundo perfil dejó hace rato de ser la excepción. Según el informe de matrícula que el Servicio de Información de Educación Superior publicó en julio, los centros de formación técnica e institutos profesionales concentran el 44,7% de la matrícula de pregrado. La educación a distancia llegó al 15,1% y superó por primera vez a la jornada vespertina; la mitad de esa matrícula tiene 35 años o más. El estudio de Vertebral sobre la modalidad virtual completa el retrato: 39,7 años de edad promedio, 89,6% trabaja mientras estudia, 58,3% tiene personas a su cargo y 75,2% es primera generación en educación superior.

Porque sostener una carrera técnica trabajando jornada completa, con hijos o padres a cargo y sin nadie en la familia que haya recorrido antes ese camino, no es una versión disminuida de estudiar: es una versión bastante más exigente. Quien llega al título en esas condiciones no lo hace a pesar de su trayectoria, sino con ella. Y demuestra, antes de titularse, algo que ningún proceso de admisión mide: que sostiene un compromiso de años bajo presión real.

Esa trayectoria, además, entra a la sala de clases. Quien lleva 15 años trabajando sabe lo que significa un turno que no se abandona y un problema que debe resolverse hoy, con los recursos que hay. Reconocer aprendizajes previos, en ese contexto, no es una facilidad que se concede: es rigor. Es medir lo que la persona efectivamente sabe hacer, en lugar de pedir que lo demuestre desde cero.

Conviene mirarlo en perspectiva de país. El Censo de 2024 mostró que la escolaridad promedio de la población adulta recién ahora alcanzó los 12,1 años; en 1992 era de 8,7. Buena parte de la generación que hoy mantiene funcionando hospitales, faenas, redes y servicios se formó en condiciones de menos oportunidades que las actuales. La vía de progreso para muchos fue la educación técnico-profesional: el 57% de los titulados que fueron primera generación en su familia lo consiguió en un instituto profesional o un centro de formación técnica.

Hay un dato adicional que debería ordenar la discusión. La Encuesta Nacional de Demanda Laboral de la Subsecretaría del Trabajo estima que el país requiere del orden de 240 mil técnicos al año, una demanda que el sistema formativo no alcanza a cubrir. Un país que necesita doscientos cuarenta mil técnicos cada año no puede seguir tratando como categoría asistencial a quienes están cubriendo esa brecha.

Lo que corresponde, por tanto, no es proteger a nadie. Es proveer condiciones. Docentes que dominen su disciplina y sepan enseñarla. Currículos que se actualicen al ritmo al que cambia el trabajo. Reconocimiento formal de los aprendizajes previos. Horarios, trámites y plataformas diseñados para quien trabaja y no para quien dispone de la mañana. Financiamiento que no deje fuera a la modalidad online ni al estudiante adulto. Trayectorias que permitan entrar, salir y volver a lo largo de la vida laboral. La responsabilidad de que esas condiciones existan es del sistema, no del estudiante.

La vulnerabilidad existe, y sería ingenuo negarla. Pero no debilita a quien la atraviesa: la distingue. Esa capacidad de sostener el esfuerzo cuando nada está garantizado es probablemente el rasgo más constante de la historia de este país, y hoy está sobrerrepresentada en las aulas técnico-profesionales.

Ochenta y cuatro años después de que Chile decidiera formar a sus técnicos, reconocer ese esfuerzo no es un gesto de generosidad hacia quienes estudian. Es un acto de honestidad con lo que el país efectivamente es y con quiénes lo sostienen.