Progresión laboral, nueva forma de medir el impacto de la educación superior

Durante años, la empleabilidad ha sido uno de los principales indicadores para evaluar el aporte de la educación superior. Saber si quienes egresan logran incorporarse al mercado laboral constituye información valiosa para estudiantes, familias, autoridades e instituciones. Sin embargo, la reconfiguración de la educación superior chilena nos obliga a una pregunta: ¿Sigue siendo suficiente medir la empleabilidad para comprender el verdadero impacto de la educación en la vida de las personas? La respuesta parece cada vez más evidente: no.

Nuestro sistema fue diseñado pensando en un estudiante que terminaba la Enseñanza Media, ingresaba a una carrera y luego buscaba su primer empleo profesional. Bajo esa lógica, la pregunta era simple: ¿Consiguió trabajo después de titularse?

Pero ese estudiante ya no representa la diversidad de trayectorias actuales. Han crecido los estudiantes adultos: personas que trabajan, tienen experiencia y responsabilidades familiares, y vuelven a estudiar para actualizarse, especializarse, reconvertirse o acceder a nuevas oportunidades.

Un dato dimensiona esta transformación: en los últimos 10 años, los titulados mayores de 30 años en la formación técnico-profesional aumentaron 103%, prácticamente duplicándose, según datos del SIES.

La expansión de la educación a distancia y de modalidades flexibles ha acelerado este proceso. Miles de trabajadores estudian para mejorar su posición, adquirir competencias o progresar. No buscan necesariamente ingresar al mercado laboral: ya forman parte de él.

Y ahí aparece una limitación de nuestros indicadores tradicionales. Si una persona estaba empleada antes de estudiar y continúa empleada después de titularse, la métrica de empleabilidad registra escaso o ningún cambio. Sin embargo, pudo aumentar sus ingresos, ser promovida, acceder a una ocupación de mayor complejidad o asumir nuevas responsabilidades.

En términos estadísticos, su empleabilidad no cambió. En términos reales, su trayectoria profesional sí.

Ese fenómeno debemos observarlo con mayor atención: la progresión laboral. No se trata de reemplazar la empleabilidad, sino de complementarla. Mientras la primera responde a "¿consiguió trabajo?", la segunda plantea una interrogante distinta: "¿Cuánto logró avanzar gracias a sus estudios?".

La diferencia es fundamental. Para un joven que ingresa por primera vez al mercado laboral, conseguir empleo después de titularse es un resultado clave. Para quien lleva cinco o 10 años trabajando, el impacto de volver a estudiar puede expresarse en mejores ingresos, una promoción, nuevas responsabilidades, mayor estabilidad o un cambio de trayectoria. Ambas experiencias son positivas, pero requieren instrumentos capaces de reconocerlas.

Este debate cobra especial relevancia porque Chile avanza hacia una sociedad donde el aprendizaje a lo largo de la vida será una necesidad. La transformación tecnológica, la inteligencia artificial, los cambios productivos y la reconfiguración demográfica están reduciendo la vigencia de la idea de estudiar una vez para ejercer una profesión durante toda la vida.

En este escenario, la pregunta que debemos hacerle a la educación superior también cambia: ya no será solamente si permitió obtener un primer empleo, sino si ayudó a las personas a mantenerse vigentes, desarrollar nuevas capacidades y continuar avanzando profesionalmente.

Esto tiene, además, una dimensión económica. Chile enfrentará una fuerza laboral que crecerá menos, mientras la tecnología transformará aceleradamente las ocupaciones y competencias requeridas. Mejorar la productividad dependerá de desarrollar las capacidades de quienes ya forman parte del mercado laboral. Por eso, facilitar que una persona de 30, 40 o 50 años vuelva a estudiar no es solo una oportunidad individual. Es también una inversión en capital humano, productividad y capacidad de adaptación del país. Cuando la educación permite mejorar ingresos, responsabilidades, estabilidad y oportunidades, sus efectos pueden extenderse a las familias y siguientes generaciones.

Avanzar requiere mejores indicadores e información longitudinal que permita observar a las personas antes, durante y después de sus estudios: variación de ingresos, movilidad ocupacional, promociones, nuevas responsabilidades y estabilidad laboral.

Chile cuenta con capacidades institucionales y fuentes de información para avanzar. No se trata de reemplazar los instrumentos existentes, sino de ampliarlos para comprender mejor una realidad educativa y laboral que cambió.

Durante décadas preguntamos si la educación superior permitía encontrar trabajo. En los próximos años tendremos que agregar una segunda pregunta: ¿Cuánto permitió avanzar? Porque en una sociedad donde estudiaremos varias veces durante nuestra vida, el verdadero impacto de la educación no estará solamente en abrir la puerta de entrada al mercado laboral, sino también en permitir que las personas continúen progresando dentro de él. Medir esa trayectoria será también una manera de comprender cuánto está contribuyendo nuestra educación al progreso social del país.