Soy hija de una escuela Matte y de un liceo público. Hice la enseñanza básica en una escuela de la Sociedad de Instrucción Primaria y la enseñanza media en el Liceo 4 de Niñas. Sé lo que es una sala con 40 alumnas. Sé lo que significa crecer escuchando que el estudio era la única herencia que mis padres podían dejarme. También sé lo que es sacar siempre las mejores notas y, aun así, no quedar en el Liceo 1 (elección de mi padre) porque vivía fuera de la comuna de Santiago. Justo ese año, ese requisito resultó decisivo. Más tarde, cuando llegó el momento de entrar a la universidad, el crédito fiscal fue la única alternativa posible porque la gratuidad simplemente no existía.
Quizás por eso miro con cierta distancia los debates que hoy dominan la discusión sobre educación. Porque muchas veces parecen hablar de mecanismos, cuando en realidad el desacuerdo es mucho más profundo. Antes de preguntarnos cómo se ingresa a un colegio o qué sanciones corresponden frente a la violencia, convendría responder una pregunta previa: ¿Seguimos creyendo que la educación puede cambiar la vida de las personas?
Esta semana hubo dos ejemplos que, a primera vista, no tienen relación. Por un lado, el Gobierno ingresó su reforma al Sistema de Admisión Escolar. Por otro, el Tribunal Constitucional dejó fuera algunas de las disposiciones más emblemáticas de la ley de Escuelas Protegidas. Parecen discusiones distintas. Pero creo que ambas nacen de una misma inquietud: qué esperamos realmente de la escuela.
El gran desafío sigue siendo cómo garantizar que la calidad de la educación no dependa del barrio donde un niño nació ni del sueldo de sus padres. Pero, dicho eso, también creo que hemos simplificado en exceso el debate sobre la selección.
No me parece injusto que un establecimiento con un proyecto artístico pueda seleccionar estudiantes con aptitudes para la música, la danza o las artes visuales. Tampoco que un colegio orientado al alto rendimiento académico considere el desempeño escolar de quienes postulan, o que uno deportivo busque jóvenes con talentos específicos. Eso no es necesariamente discriminación. Lo sería si la selección terminara reproduciendo privilegios económicos o sociales, como efectivamente ha ocurrido. Pero una cosa es discriminar y otra muy distinta es construir un proyecto educativo con identidad.
La verdadera discusión no es si existe o no selección. Es qué tipo de selección estamos dispuestos a aceptar y cuáles son sus límites. Tampoco ayuda caricaturizar el sistema actual hablando simplemente de un sistema "aleatorio" o de "la tómbola". Es una expresión políticamente eficaz, pero técnicamente engañosa. El SAE puede perfeccionarse, corregirse o reformarse. Lo que no ayuda es reemplazar una discusión compleja por una etiqueta ni construir sistemas paralelos para reafirmar posiciones previas.
Algo parecido ocurre con Escuelas Protegidas. Más allá de la discusión constitucional, siempre me incomodó una de las sanciones que contemplaba el proyecto: perder la gratuidad para acceder a la educación superior.
Quien comete un delito debe responder por él, por supuesto. Lo que me pregunto es si tiene sentido cerrar una de las pocas puertas que todavía podrían cambiar su trayectoria. Si creemos que la educación transforma vidas, ¿por qué privar precisamente de educación a quien más la necesita?
La misma pregunta vuelve a aparecer ahora que comienza la discusión sobre el registro de incivilidades y actos vandálicos. La violencia debe tener castigo y la convivencia escolar exige reglas claras. Pero vale preguntarse si el objetivo de esas políticas es solamente excluir o también corregir. Educar exige creer que las personas son capaces de cambiar.
Tengo la impresión de que llevamos demasiado tiempo discutiendo sobre educación sin hablar realmente de educación. Discutimos sobre algoritmos, tómbolas, sanciones, registros, símbolos y exclusiones. Y dejamos para el final la pregunta más importante: ¿Para qué existe una escuela?
En el fondo, toda política educacional revela una convicción sobre lo que pensamos que una persona puede llegar a ser. Yo sigo creyendo que una escuela debe abrir oportunidades, descubrir talentos y ofrecer segundas oportunidades. Debe exigir. Debe poner límites. Debe premiar el esfuerzo. Pero, antes que todo eso, debe creer en las personas que tiene delante.
No olvido la frase que escuché mil veces en mi casa: "Lo único que podemos dejarte es educación". Durante años pensé que era una enseñanza sobre el esfuerzo. Hoy creo que, más bien, era una declaración de esperanza. Mis padres no sabían si yo llegaría a la universidad. No tenían garantías de que el estudio me aseguraría una buena vida. Lo único que tenían era la convicción de que aprender ampliaba el horizonte de una persona y que una buena educación podía llevar a un hijo un poco más lejos que a sus padres.
Quizás esa ha sido siempre la promesa de la educación. Nunca ofreció certezas. Ofreció algo mucho más valioso: la posibilidad de que una vida tomara un rumbo distinto. Mientras sigamos creyendo en esa posibilidad, seguirá teniendo sentido discutir cómo mejorar nuestras escuelas. El día que dejemos de creer en ella, no sé si alguna reforma será suficiente.