El precio de la paz europea

En París, el 14 de julio siempre ha tenido algo de teatro republicano. Los uniformes, los aviones sobre el cielo, los Campos Elíseos convertidos en escenario y una nación que recuerda, con solemnidad y orgullo, que alguna vez la historia cambió empujada por una multitud. Este año, sin embargo, el desfile pareció decir otra cosa.

No fue solo una ceremonia nacional. Tampoco fue una demostración nostálgica de poder francés. Fue una imagen incómoda de Europa mirándose al espejo después de muchos años de haber confundido la paz con una condición natural del paisaje.

Durante décadas, Europa pudo hablar de bienestar, integración, derechos y mercado común bajo una arquitectura de seguridad que descansaba, en buena medida, sobre Estados Unidos. La guerra era memoria, museo, libro escolar, conmemoración. Una advertencia moral más que una posibilidad política. El continente que había conocido la destrucción se prometió a sí mismo que no volvería a repetirla y construyó, sobre esa promesa, una de las experiencias más notables de prosperidad democrática de la historia moderna.

Pero las promesas, incluso las más nobles, necesitan capacidades para sobrevivir. La guerra en Ucrania, las dudas sobre la continuidad del paraguas estadounidense, la presión de Washington para que Europa asuma una mayor responsabilidad por su propia defensa y el regreso de la industria estratégica al centro de la discusión han obligado al continente a pronunciar una palabra que durante años incomodó a buena parte de sus sociedades. Rearme.

La palabra pesa. Suena mal en un continente que aprendió a desconfiar de los uniformes. Despierta fantasmas, nacionalismos, recuerdos de fronteras incendiadas y discursos que alguna vez condujeron al desastre. Por eso conviene tratarla con cuidado. No hay virtud en celebrar el gasto militar como si fuera una fiesta. Tampoco hay lucidez en creer que basta con desear la paz para conservarla.

Ahí está la dificultad europea. La paz dejó de ser solo una aspiración moral y volvió a ser una tarea material. Requiere presupuesto, fábricas, tecnología, energía, logística, coordinación política y sociedades dispuestas a sostener decisiones que no siempre producen entusiasmo. Requiere algo todavía más escaso que el dinero, continuidad.

Pero incluso gastar más puede no ser suficiente. Europa arrastra un problema menos épico que una guerra y más decisivo que un discurso. Compra fragmentada, decide fragmentada y muchas veces protege fragmentada. Cada país defiende su industria, sus proveedores, sus prioridades y sus calendarios. El resultado es conocido en otras áreas del Estado. Se invierte mucho, pero se coordina poco. Se anuncian capacidades, pero se duplican esfuerzos. Se habla de autonomía europea, pero se actúa como si cada capital pudiera resolver sola un problema continental.

Una alianza no se vuelve fuerte solo porque aumente sus presupuestos. Se vuelve fuerte cuando logra que el dinero produzca capacidades comunes. Si cada país compra por separado, entrena por separado, mantiene por separado y planifica por separado, la suma puede parecer grande y aun así ser menos eficaz de lo que promete. Europa puede gastar más y seguir siendo débil si continúa comprando como veintisiete países ansiosos por proteger su propia fábrica.

Ese es el punto que vuelve tan difícil esta nueva etapa. El rearme europeo no es solo una discusión militar. Es una discusión sobre Estado, eficiencia y confianza pública. Los mismos gobiernos que deben invertir más en seguridad enfrentan envejecimiento, presión fiscal, demandas sociales, transición energética, migración y desconfianza política. Cada euro destinado a defensa compite, al menos simbólicamente, con hospitales, pensiones, vivienda o educación.

La pregunta no es menor. Cómo se rearma una democracia sin parecerse a aquello que teme. Cómo protege su libertad sin empobrecer el pacto social que la sostiene. Cómo prepara a sus ciudadanos para un mundo más duro sin convertir la política en una administración permanente del miedo.

Porque el miedo nunca llega solo. Lo acompañan quienes ofrecen respuestas simples, fronteras más altas, instituciones más dóciles y menos controles democráticos. En varias democracias europeas, la ansiedad por la guerra convive con la fatiga social, el enojo contra las élites, el cansancio frente a la migración y la sospecha de que los sacrificios siempre recaen sobre los mismos. Un presupuesto de defensa puede ser necesario. Pero si no se explica bien, si no se distribuye con justicia y si no se conecta con una idea compartida de futuro, puede alimentar exactamente aquello que pretende contener.

El desfile francés mostró esa tensión. Por un lado, la necesidad de una Europa menos ingenua, capaz de apoyar a Ucrania, defender su territorio y reducir dependencias que antes parecían cómodas. Por otro, el riesgo de creer que el músculo estratégico puede reemplazar la conversación democrática sobre prioridades, límites y sacrificios.

Francia entiende bien esa ambigüedad. Su historia republicana nació de una revolución, pero también de un Estado fuerte. Su identidad europea convive con una antigua vocación de autonomía. Su defensa nacional siempre ha sido, al mismo tiempo, una política militar y una idea de soberanía. Por eso no sorprende que París haya querido convertir su fiesta nacional en una señal continental.

Lo importante, sin embargo, no es Francia sola. Lo importante es que Europa empieza a aceptar que su influencia en el mundo no puede descansar únicamente en normas, comercio y prestigio cultural. Durante mucho tiempo, el continente quiso ser una potencia regulatoria, una potencia civil, una potencia de estándares. Eso sigue siendo valioso. Pero en un mundo donde otros actores combinan energía, tecnología, presión territorial, desinformación, migración y fuerza, la regulación no basta.

La geopolítica no destruye los valores europeos. Los pone a prueba.

Para Chile y América Latina, esta discusión puede parecer lejana. No lo es tanto. Nuestros países también han creído demasiadas veces que ciertas conquistas se sostienen por inercia. La democracia, la seguridad, la conectividad, la infraestructura, la convivencia pública y la confianza institucional requieren mantención. Cuando no se invierte en ellas, no desaparecen de inmediato. Primero se deterioran en silencio. Luego, cuando la crisis llega, todos preguntan por qué nadie lo vio antes.

Europa está teniendo esa conversación en voz alta. Durante décadas miró la guerra como memoria. Ahora empieza a tratar la paz como presupuesto. Esa transición no la vuelve menos democrática ni necesariamente más militarista. La vuelve más consciente de que incluso las promesas más civilizadas necesitan una base material para resistir.

El desafío será no olvidar aquello que hizo valiosa a Europa mientras intenta defenderlo. Porque la paz no se protege solo con recursos, pero tampoco sobrevive sin ellos. Tal vez esa fue la verdadera imagen del 14 de julio. No un continente renunciando a su ideal de paz, sino uno descubriendo, tarde y con incomodidad, que la paz también debe ser organizada.