Downstream: oportunidad de Chile para liderar en la economía espacial

Cuando pensamos en economía espacial -space economy- lo primero que viene a la mente son cohetes y satélites: el segmento upstream. Pero gran parte del valor económico del sector no se genera en la fabricación ni en el lanzamiento, sino después: en lo que se hace con la información que esos satélites capturan una vez que llegan a la tierra. Ese segmento, el downstream, plantea para Chile una oportunidad concreta de innovación y desarrollo.

El downstream es la capa de recepción, procesamiento, análisis y comercialización de datos satelitales: imágenes ópticas, radar, señales de posicionamiento, mediciones climáticas y oceánicas. Convertir eso en un mapa de riesgo de incendio forestal, una estimación de rendimiento agrícola, una alerta de erosión costera o un monitoreo de infraestructura energética no requiere ingeniería aeroespacial, sino ciencia de datos, capacidad de cómputo y algoritmos, pero sobre todo comprensión de los problemas reales que enfrentan el Estado y las empresas.

Por eso el downstream es, estructuralmente, el segmento más interesante para construir una apuesta de ciencia, tecnología e innovación en un país donde la economía espacial empieza a sonar como un camino posible.

La economía espacial global alcanzó US$626.000 millones en 2025 según Novaspace, con una trayectoria hacia el billón de dólares para 2034 (~US$1,01 billones, con una tasa de crecimiento anual compuesta de ~12%). La ESA estimó el mercado downstream en €490.000 millones para 2025, con GNSS representando el 77% de esa actividad. EUSPA detalla ese componente: los ingresos de GNSS pasarán de €300.000 millones (2024) a €580.000 millones (2034), mientras que la observación de la Tierra crecerá de €3.500 millones a €7.900 millones en el mismo período.

Aunque el lanzamiento y la manufactura satelital concentran más ingresos y son, en apariencia, más atractivos dentro de la economía espacial, la capa de aplicaciones que crea valor sobre esos datos e imágenes -en agricultura, minería, silvicultura, planificación urbana, transporte, logística, gestión de infraestructura y gestión de riesgos- representa una oportunidad de crecimiento con menores barreras de entrada para emprendedores e innovadoras desde Chile y el resto de Latinoamérica y el Caribe.

Capturar esa oportunidad no es una posibilidad lejana. En julio de 2025 Chile publicó su primera Política Nacional Espacial, respaldada por la Ley 21.105 que creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. La política prioriza explícitamente observación de la Tierra, gestión de desastres, agricultura de precisión y protección de biodiversidad, institucionalizando desde el Estado una agenda downstream para el desarrollo espacial del país.

Cinco meses después se inauguró el Centro Espacial Nacional (CEN), a cargo de la Dirección Espacial de la Fuerza Aérea. Sus 5.800 metros cuadrados permiten ensamblar hasta cuatro satélites de 200 kilos a la vez, dentro de un plan que contempla poner en órbita 10 satélites nacionales. Pero el CEN también incluye un Laboratorio de Ciencia de Datos para procesar información geoespacial y un Laboratorio de Emprendimiento, Innovación y Promoción del Talento, pensado para articular universidades, empresas e instituciones públicas. Su misión no se limita a construir satélites: busca generar un flujo nuevo de datos geoespaciales, impulsar la innovación y el emprendimiento nacional asociados a la space economy, y fortalecer la soberanía tecnológica del país en esta área.

Dos años antes de estos movimientos de política pública, en 2023, la Universidad de Chile creó el Centro Regional Copernicus para América Latina y el Caribe (CopernicusLAC Chile), financiado por la Unión Europea y ejecutado por el Centro de Modelamiento Matemático de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de ChiIe. Su función es almacenar, procesar y distribuir de forma abierta y gratuita los datos del programa satelital europeo Copernicus para toda la región.

El proyecto cuenta con un centro de almacenamiento y procesamiento con capacidad de hasta 15 petabytes, pensado para que instituciones públicas y privadas de América Latina y el Caribe trabajen con datos satelitales sin depender de infraestructura extranjera para acceder a ellos. Entre sus líneas de trabajo hay un Atlas Urbano regional, monitoreo de cobertura y uso de suelo, y seguimiento de zonas costeras y oceánicas, este último apoyado en los servicios marinos de Copernicus.

Sobre esa base nace ahora OpenCopernicus, liderado por OpenBeauchef, el Centro de Innovación y Emprendimiento de la FCFM. También con alcance regional, su objetivo es incubar emprendimientos de base científica y tecnológica basados en datos de observación de la Tierra, y transformarlos en productos útiles para los sectores productivos y públicos de Latinoamérica y el Caribe.

La demanda por este tipo de servicios ya existe en algunos sectores. Minería, agricultura y gestión de riesgo de desastres son, en Chile, áreas con exposición directa a variables que la observación satelital mide bien: disponibilidad hídrica, estabilidad de tranques de relave, humedad de suelo, avance de incendios forestales, erosión costera, entre otras. El Foro Económico Mundial identifica justamente agricultura, seguros paramétricos y gestión de riesgo climático como los sectores donde la observación de la Tierra genera más valor por unidad de inversión y son sectores donde Chile tiene tanto la necesidad como el cliente potencial: bancos, aseguradoras, mineras, empresas de energía, servicios públicos.

OpenCopernicus busca identificar problemas concretos de la industria, acompañar a los equipos en el proceso de validar sus soluciones, fortalecer las capacidades de posibles clientes para que comprendan el valor de estas tecnologías, conectar la demanda pública y privada con el ecosistema de innovación, dar acceso a inversión especializada y construir un ecosistema regional de apoyo a startups de observación de la Tierra.

Ese rol de hub regional es, probablemente, el activo más valioso del proyecto a largo plazo: convertirse en el lugar donde se forma el talento, se prueban los modelos de negocio y se conecta a emprendedores de la región con mentores, empresas, gobiernos locales y municipios, e inversionistas, tanto de Latinoamérica y el Caribe como de Europa.

Chile no solo ha demostrado que tiene capacidades, recursos, talento de sobra y un ecosistema de I+D+i+e maduro, sino que ha comenzado a construir la infraestructura institucional para liderar regionalmente la economía espacial y ser el punto de referencia downstream de América Latina y el Caribe.