Chile vive hoy con 91.000 personas con VIH, 86% más que hace una década. La tasa de nuevos diagnósticos se ha estabilizado, cierto, pero mantenerse en un nivel alto no equivale a controlar una epidemia. Y aquí está la paradoja que debemos nombrar sin eufemismos: mientras más callamos el VIH, menos lo prevenimos, y mientras menos lo prevenimos, más se acumula como un problema crónico que ya no genera urgencia ni titulares, pero sigue afectando la calidad de vida de miles de personas.
¿Por qué llegamos aquí? La historia ayuda a entenderlo. Cuando apareció el sida, el miedo era legítimo: no había tratamiento y la enfermedad mataba. Pero a ese miedo se sumó un prejuicio dañino que redujo el virus a solo una "enfermedad de homosexuales" y que instaló el estigma como respuesta social predominante. Luego llegó la triterapia, un logro sanitario notable, impulsada en nuestro país como garantía universal en parte por la legítima presión de la sociedad civil, que transformó una sentencia de muerte en una condición crónica más manejable.
Pero ese triunfo trajo consigo un efecto colateral: la falsa sensación de que el problema estaba resuelto, cuando en realidad solo había cambiado de forma. Vivir con VIH sigue siendo una carga real y no trivial para quienes lo padecen.
A esto se suma un conservadurismo persistente en materia de sexualidad que bloquea las campañas de comunicación de riesgo explícitas y la educación sexual preventiva en las escuelas. Durante años se ha buscado relegar esa formación a la familia, olvidando que los propios padres tampoco fueron educados en ello. El resultado es un ciclo que se repite: ignorancia que engendra prejuicio, y prejuicio que perpetúa ignorancia.
Las cifras técnicas son categóricas: Chile alcanza el 95% de diagnóstico y el 95% de supresión viral, pero se estanca en el 75% de acceso al tratamiento, aun existiendo disponibilidad para todos. Ese 25% de brecha no es una estadística abstracta: son personas que el silencio dejó atrás.
No necesitamos más eufemismos. Necesitamos hablar de manera directa sobre sexo, riesgo y prevención, con la misma claridad con la que hablamos de cualquier otro problema de salud. La honestidad no es una opción moral: es, literalmente, una herramienta epidemiológica. Nombrar el problema es el primer tratamiento.