En los últimos meses, a propósito de las dramáticas cifras de desempleo que golpean con especial fuerza a la juventud con tasas superiores al 24% y sobre el 28% a mujeres jóvenes, una serie de titulares y columnas han instalado una narrativa tan compleja como peligrosa -"cesantía ilustrada"- para describir la dificultad que enfrentan personas con educación superior para insertarse en el mercado laboral o para obtener sueldos competitivos.
El fenómeno es real y debemos hacernos cargo. Pero, ¿para quién es el mensaje?
¿En qué momento aceptamos condicionar el valor de la educación al vaivén de un ciclo económico? El desempleo responde a coyunturas macroeconómicas e inversión, es decir, al dinamismo de la economía; la educación, en cambio, transforma la trayectoria vital de un sujeto para siempre. Reducir la ilustración a una métrica de inserción laboral (independiente de si es en el corto o mediano plazo) deja invisible el impacto transformador que tiene el progreso intelectual en una persona, la capacidad de razonar con autonomía, de desafiar su entorno, de robustecer su capital cultural y de acceder a mundos que antes en muchos casos no sabía que existían. Para un estudiante de primera generación universitaria o técnica, pisar la educación superior es un acto de profunda convicción con miras a emanciparse de su realidad de origen.
Analizar el fenómeno de esta manera, además, ignora las tendencias de fondo que están haciendo reflexionar profundamente a quienes son responsables de la oferta formativa. Cada año la educación permanente y a lo largo de la vida se consolida, especialmente en el sector técnico-profesional, donde en algunas modalidades la edad promedio de los estudiantes es superior a los 30 años y combinan madurez con experiencia laboral, los trabajadores regresan a las aulas porque comprenden que las credenciales formativas siguen siendo la vía para proyectarse. Por otro lado, circunscribir el problema al corto plazo olvida la realidad demográfica de Chile que preocupantemente lidera las tasas de natalidad más bajas del mundo y, por lo tanto, ya hay diagnósticos que indican que dado el acelerado envejecimiento de la población la sobreoferta laboral de profesionales jóvenes se convertirá, más temprano que tarde, en un severo déficit de capital humano. ¿De verdad entonces el mensaje para el país es que deberíamos tener menos personas formadas para los desafíos que como país vamos a enfrentar?
El desacople es una realidad, pero la solución no es si nuestra población debe seguir educándose. El problema debe abordarse desde la responsabilidad compartida entre la oferta y la demanda. Como bien ha señalado la autoridad de Educación Superior, el sistema formativo tiene el deber ético e institucional de agilizar sus programas, actualizar a sus docentes y vincularse con el entorno para ser pertinente. Pero el sector productivo también debe hacer lo suyo: anticipar sus necesidades de la mano de partners educativos, como lo hacen con éxito los modelos europeos, e invertir hoy entregando oportunidades al talento disponible para sus desafíos futuros.
Desvalorizar el sistema formativo por los vaivenes del mercado es un error categórico. Una persona que se educa siempre gana, por lo tanto, seamos responsables de ajustar lo que no funciona y de dinamizar la economía, pero no cometamos la irresponsabilidad de decirle a la juventud que estudiar es un camino equivocado. Devaluar la educación como motor de desarrollo humano es condenarnos como sociedad, a un empobrecimiento intelectual y social del que no habrá retorno. La respuesta a la "cesantía ilustrada" no puede ser desilustrar a Chile.