Cuando pensamos en la educación técnico-profesional, una pregunta parece inevitable: ¿Qué formación requiere el desarrollo productivo del país y de sus territorios? Esta interrogante es fundamental. Una formación técnica desconectada de las oportunidades laborales pierde buena parte de su sentido. Pero existe otra interrogante que hacemos con menos frecuencia y que también debería importar: ¿Qué futuros ponemos al alcance de los jóvenes cuando decidimos qué especialidades ofrecer en un liceo?
Esta inquietud es relevante porque las decisiones educativas no se toman frente a un catálogo ilimitado de posibilidades. Los jóvenes eligen entre las alternativas que conocen, que tienen a su alcance y que perciben como posibles para ellos. Por eso, la oferta formativa de un establecimiento no solo los acerca a determinados campos laborales. También contribuye a configurar el horizonte desde el cual imaginan sus trayectorias futuras.
Esto resulta especialmente visible cuando observamos las diferencias de género. En la educación media técnico-profesional (EMTP) persisten especialidades fuertemente masculinizadas, particularmente en áreas industriales, y otras con una presencia predominantemente femenina, como aquellas vinculadas a los servicios y al cuidado. Estas diferencias suelen atribuirse a las preferencias de los propios estudiantes o a la persistencia de estereotipos de género. Ambos factores importan, pero existe otro mucho más concreto y menos considerado: los jóvenes eligen entre las especialidades que efectivamente tienen a su alcance. Pero la oferta del establecimiento puede tener efectos que van más allá de esa elección, al hacer visibles otros campos formativos y laborales que posteriormente pueden incorporarse a las alternativas que consideran para su futuro.
La evidencia longitudinal para Chile muestra que la oferta curricular durante la enseñanza media puede incidir en las trayectorias posteriores. Las mujeres que estudiaron en establecimientos con una oferta técnico-profesional más diversa, que incluía especialidades con mayor presencia masculina o una composición de género más equilibrada, tuvieron una mayor probabilidad de seguir carreras alejadas de los patrones tradicionales de género que sus pares de la educación científico-humanista. Este efecto se observa principalmente en la educación superior técnico-profesional, tanto en el acceso como en la permanencia, y se acentúa a medida que aumenta la diversidad de especialidades ofrecidas. El hallazgo refuerza una idea central. Lo que está disponible durante la enseñanza media importa, porque contribuye a definir el conjunto de trayectorias que los jóvenes llegan a conocer y considerar posibles.
Este resultado sugiere que la pertinencia de la EMTP no debiera evaluarse solo por su capacidad de responder a las necesidades productivas de los territorios. También importa considerar las aspiraciones de los jóvenes y las oportunidades que la oferta pone a su alcance. No se trata de abrir especialidades sin atender a su empleabilidad o a la capacidad de los establecimientos para ofrecerlas con calidad, sino de incorporar una pregunta adicional en estas decisiones. ¿Qué posibilidades estamos abriendo para las trayectorias futuras de distintos grupos de estudiantes?
Esta pregunta adquiere especial relevancia en territorios donde la oferta es reducida y las alternativas disponibles pueden pesar con mayor fuerza en las decisiones posteriores. Si esa oferta reproduce sistemáticamente la segmentación de género del mercado laboral, la educación puede terminar reforzando esas mismas fronteras. En cambio, una mayor diversidad de especialidades, acompañada de orientación vocacional, información sobre trayectorias y referentes diversos, puede ampliar los caminos que los jóvenes consideran para su futuro.
Esa es también una de las fortalezas de la EMTP. La especialidad elegida permite adquirir conocimientos y habilidades vinculados a un campo ocupacional, mientras que la oferta del establecimiento puede abrir una ventana hacia otros ámbitos formativos y laborales. Al hacer visibles trayectorias más allá de la especialidad que cursan, amplía las alternativas que los estudiantes llegan a considerar para su futuro. Por eso, al planificar esa oferta, junto con las necesidades productivas de cada territorio, importa preguntarse qué oportunidades estamos poniendo al alcance de los jóvenes. La pertinencia de la educación técnico-profesional no debiera medirse solo por su respuesta al mundo productivo, sino también por los futuros que ayuda a hacer posibles.