Soy (in) tolerante

Cosmovisión y Educación.

La pareja viaja en un vagón del tren metropolitano que no llega a estar atestado. Tienen entre 17 y 20 años de edad. Apoyados uno sobre otro,  dan rienda suelta a  su pasión erótica  haciendo caso omiso de las miradas reprobatorias de los pasajeros. Los besos y abrazos denotan urgencia pasional y el espacio íntimo entre ambos se hace virtual.  Son dos chicos varones.

Los observo y me pregunto si su audacia amatoria se esfumaría al ver que al vagón sube un grupo de  adolescentes skinheads. Si ello ocurre, sólo me queda rogar que sean skinheads anarquistas y no  neonazis… Mal que mal, mi preocupación tiene que ver con la supervivencia de esos dos enamorados, potenciales víctimas de la violencia homofóbica.

Desvío mi mirada intentando no hacerme parte de la creciente irritabilidad que va surgiendo entre los pasajeros a la par que los encendidos besos y caricias de los chicos, para encontrarme con la portada de una revista que hojea distraídamente una pasajera y en la cual  aparece una mujer musulmana luciendo un hijab o velo musulmán. Mi mente se traslada a  uno de las creencias más extendidas  respecto al hijab, la burka o el niqab:  la violencia simbólica hacia la mujer ejercida por el varón musulmán.

Finalmente he llegado a destino. Salgo a la calle y cae literalmente sobre mí  la propaganda de WOM , empresa de telecomunicaciones fundada en Chile que  estaba al bode de la quiebra en el 2014, repuntando  a mediados del 2015 cuando es comprada por el fondo de inversión británico Novator Partners, quien cambia el nombre de Telmex a WOM : Word of Mouth,  e inicia una agresiva y controvertida  estrategia de posicionamiento.

Se trata de una gigantografía  mostrando a una mujer casi desnuda con sus pechos al aire y el rostro contraído por un orgasmo.  Pienso en el hijab y mi mente entra en conflicto ¿Prefiero el recato sometido de la mujer musulmana al destape liberado de esa modelo que cree ser  eróticamente atractiva para los varones?   Planteo mi confusión a una colega, quien me responde “¡debes modernizarte!  WOM es una empresa de telefonía móvil  que dirige su estrategia de merchandising al segmento de los jóvenes, quienes se han liberado de prejuicios y son adalides de la plena libertad de pensamiento”. A esa  altura aparece en mi  mente Mafalda y su ruego existencial “paren el mundo que me quiero bajar”.  

¿Dónde termina la libertad de dos jóvenes gay besándose en un espacio público en tiempos de tolerancia?

¿Dónde comienza la ética de un grupo de skinheads probablemente homofóbicos?

¿Cuál es la semiótica tras el hijab musulmán? ¿Es la juventud un segmento proclive a aceptar gozosamente toda transgresión ética al punto de correr a “portarse” de una compañía como Movistar  a otra que asume que ese joven es un cretino por  estar en “Vomistar” y que ensalza el voyerismo sexual  como expresión de libertad?

Descubro mis debilidades en el terreno de la sociología y la antropología y no puedo bajarme del planeta. Sólo puedo defenderme desde  las neurociencias del desarrollo, mi área de experticia.

Desde  allí  concluyo que la libre expresión de lo privado en espacios públicos, la  improbable ética de la tolerancia en los jóvenes skinhead, la semiótica del hijab o de la burka y  la legitimidad de un modelo de negocios dispuesto a emplear la imagen de la mujer para llegar a los jóvenes como consumidores - tan potentes  como para determinar la suerte de una estrategia de comunicación de marca -  radica en  la fuerza de  las cosmovisiones, ese concepto general de mundo que poseemos y a partir del cual interpretamos la realidad.

En esa dimensión mental no consciente viven nuestros particulares conceptos de gay, skinhead, erotismo, velo islámico, comunista, nacionalsocialista, mujer, sexo, deseo,  ideología,  pobreza, consumo, migrantes.

La cosmovisión comienza a ser construida muy tempranamente por su familia y profesores en  la mente del niño, a través de actitudes ( conjunto de ideas, creencias, sentimientos y conductas ), opiniones, comentarios que  se colocan como una semilla en la mente infantil; el niño se apropia de esas creencias, las que inicialmente son conscientes pero que con el tiempo se instalan en la preconciencia  transformándose en filtros  que permiten ver el mundo  sin el conflicto que genera la incertidumbre.

Parte importante de  nuestra cosmovisión está conformada por sistemas de creencias que sólo podremos poner en tela de juicio una vez que los llevemos a la conciencia y los analicemos críticamente y que conviven con otras dimensiones, como los valores.

Retorno mentalmente al vagón del metro y evoco la pasión erótica de dos adolescentes gay; imagino  ese hipotético final en manos de un grupo de skinheads homofóbicos; evoco esos ojos femeninos que parecen más grandes y sugerentes desde la fantasmagoría de un rostro oculto y  los comparo con esos dos enormes pechos de mujer que se ciernen sobre el espectador en un clímax orgásmico obligándolo a un voyerismo no buscado.

Y  pienso que  toda semiótica-  representada por el destape erótico gay, la idéntica sumisión de la mujer musulmana y de la mujer occidental al brutal androcentrismo-  no puede ser  leída  sin  conocer  las  cosmovisiones y los valores de una pareja gay, de una mujer tras el hijab, de quienes diseñan un modelo de negocios para atraer a los jóvenes.

Esas cosmovisiones y valores  son un bagaje invisible pero que  permite intuir  la clase de adultos que estuvieron tras esos actores de la vida cuando todavía eran niños.

En otras palabras,  no es  la  expresión libre de la pasión erótica en un espacio público un mensaje de liberación sexual que llama a la aceptación y a la tolerancia, sino el concepto de amor, intimidad y respeto que  aprendieron esos chicos en su niñez, una ética transmitida  por  adultos que creían en el respeto  como base de toda tolerancia.  Que la mujer tras el hijab no es necesariamente una mujer sometida al brutal dominio del varón musulmán, sino que, posiblemente, es  una mujer que valora la castidad y la modestia y que huye de las miradas lascivas del hombre occidental, habituado a  autopsiar la dignidad femenina dividiendo su anatomía en partes “deseables” versus partes “eróticamente neutras”. Es una mujer que busca en el velo el respeto que no consigue la vestimenta occidental, hecha de hot pants, escotes de vértigo, colaless y transparencias.

Y que  quienes sostienen que el consumo es una dialéctica entre el potencial comprador y el que quiere vender recurriendo a las emociones más inconscientes y que ve a la juventud como una cultura que busca la ruptura con el mundo de los adultos, defiende un modelo equivocado de captura del cliente. Porque la mayoría de los jóvenes representa efectivamente una contracultura, pero que busca activamente destruir desde las ideas y las acciones los abusos de la sociedad actual; que valora  la naturalización de la vida cotidiana contra el loco consumo, que busca crear nuevos modelos de vida respetuosa del entorno y asume que sí es posible un nuevo orden social.

Esos jóvenes, que creen en el poder  transformativo y generativo del respeto, entendido como consideración irrestricta por la dignidad del otro, son quienes están cambiando desde sus bases un modelo de vida que las generaciones anteriores aceptamos  con pueril ingenuidad.

Un modelo brutal que ha logrado instalar en la sociedad  la cultura de la violencia: la violencia de género; la violencia que implica trasladar el espacio privado al espacio público con  irrespetuoso desparpajo y la violencia que significa actuar desde creencias que se asumen como verdades irrefutables, como lo fue el asesinato del joven Zamudio.

¡Bien por los jóvenes, debemos creer en ellos! Y la mejor estrategia de fe en el joven es acompañarlo desde el amor que educa cuando todavía es un niño. Los adultos de hoy podemos cambiar el mundo a través de la educación humanitaria de nuestros niños, orientada a desarrollar cosmovisiones amplias  y valores universales que no se transan, centrados en el amor y en el respeto.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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