La imagen es falsa, el daño es real

Una fotografía cotidiana de una niña o un niño puede convertirse, mediante inteligencia artificial, en material de abuso sexual. Que esa imagen sea fabricada no impide que su circulación la exponga y re victimice. Esa es una de las dimensiones más preocupantes de la noticia publicada en medios durante las últimas semanas, que recoge datos de la Internet Watch Foundation.

Durante el primer semestre de 2026, la organización detectó 6.310 imágenes de abuso sexual infantil generadas con IA, 40% más que en todo 2025. Entre aquellas en las que pudo establecerse edad y sexo, el 98% representaba a niñas.

Aunque estos registros son internacionales, el desafío que plantean también nos interpela en Chile. La capacidad de producir nuevas imágenes obliga a fortalecer la detección y el retiro de contenidos, pero también a preguntarnos qué estamos enseñando sobre el respeto por la intimidad. La concentración en niñas exige abordar las normas de género que sostienen estas violencias y educar en consentimiento antes de que el daño ocurra.

Los propios estudiantes están pidiendo esas conversaciones. Un estudio cualitativo de World Vision y la Universidad Católica Silva Henríquez, realizado mediante 35 entrevistas y dos grupos focales en dos liceos de la Región Metropolitana, recogió su interés por hablar de consentimiento, límites corporales, redes sociales y violencia. Al mismo tiempo, identificó vergüenza y temor a exponerse al abordar la sexualidad. La investigación no estudió deepfakes ni permite generalizar sus resultados al país, pero muestra una tensión relevante: hay temas que necesitan conversar y barreras que dificultan hacerlo.

Responder a esa necesidad requiere una Educación en Sexualidad, Afectividad y Género que conecte con sus experiencias y les permita reconocer vulneraciones y buscar apoyo. Esa formación pierde fuerza si, al pedir ayuda, encuentran adultos que no saben cómo actuar. Por eso debe acompañarse de equipos preparados para escuchar, resguardar la confidencialidad y activar protocolos que contemplen expresamente las imágenes íntimas falsas. Quien plantea una inquietud necesita, además, saber qué respuesta recibió; de lo contrario, se debilita la confianza para volver a hablar.

Esta tarea compromete a escuelas y familias, junto con plataformas, desarrolladores y Estado. La educación complementa la regulación y la persecución de quienes producen y distribuyen material de abuso, un fenómeno que también involucra a agresores adultos. La protección será incompleta mientras nos ocupemos del archivo y dejemos pendiente la respuesta a la persona afectada. Frente a imágenes que pueden fabricarse en segundos, necesitamos comunidades preparadas para prevenir el daño y acompañar a quienes lo sufren.