Recién se publicó la Encuesta Nacional de Bienestar Subjetivo de Niños, Niñas y Adolescentes del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, y en ella se identifica un hallazgo importante: una de las variables más consistentes en la predicción de bienestar es el sentimiento de soledad o la ausencia de esta, por encima de cualquier otra variable. Y son los niños en cuidado residencial quienes reportan los niveles más altos de soledad con independencia de su rango etario.
El estudio explica que "la separación del entorno familiar, la menor continuidad de los vínculos afectivos y la mayor rotación de referentes pueden contribuir a una vivencia subjetiva de desconexión que se superpone a la evaluación de los vínculos disponibles".
Por su parte, la evidencia internacional reciente, referente a jóvenes que egresan del sistema de cuidado alternativo, señala que las prácticas basadas en relaciones significativas y de apoyo son un elemento central para que las intervenciones sean realmente efectivas. Cuando esos vínculos se interrumpen o nunca se consolidan, los efectos se extienden mucho más allá de la infancia.
Lo anterior nos lleva a una conclusión esperable, pero difícil de implementar: necesitamos fortalecer los vínculos. Eso significa, en lo concreto, medir y darle mayor importancia a la calidad de las interacciones diarias de los niños, avanzar hacia un cuidado respetuoso y sensible a sus experiencias de vida, a sus relaciones comunitarias y a su entorno. Estos aspectos debieran ser variables prioritarias en las políticas públicas de infancia a nivel nacional.
Solo en el modelo de cuidado alternativo, residencial y de familias de acogida, encontramos a 16.958 niños que, en este momento, están creciendo bajo la tutela del Estado. Su desarrollo, su felicidad futura, su capacidad de entablar amistades y de sentirse parte del mundo depende, en parte significativa, de los vínculos que están construyendo hoy. La soledad no es inevitable.