Nacer pobre en el Chile de hoy

Rebeca tiene 23 años y desde los 20 vive sola con su hijo. En la estadística es un hogar monoparental, como miles en Chile. Trabaja por horas, cuando puede, sin contrato estable, sin una red de apoyo cercana y el jardín infantil, al que postula su hijo, no siempre tiene cupo. Todos los meses hace el mismo ejercicio: decidir qué pagar primero, el arriendo, la comida o el transporte para llegar al trabajo. Algo siempre queda fuera. Para su pequeño, la pobreza es despertarse en una casa pequeña y fría en invierno. Es comer lo justo. Es quedarse en casa algunos días y no ir al jardín, porque no hay plata para el pasaje. Es enfermarse y esperar horas en un consultorio lleno y sin especialistas. Es crecer con menos palabras, menos estímulos, menos oportunidades. Todo eso antes de que cumpla los 4 años.

La Casen 2024 confirma que los niños de 0 a 3 años son el grupo más afectado por la pobreza por ingresos en Chile: 1 de cada 4. No es casualidad.

La pobreza se concentra donde hay más dependencia y menos capacidad de generar ingresos. Un hogar monoparental, con un niño pequeño, enfrenta exactamente esa combinación: un solo adulto, alta carga de cuidados y una inserción laboral precaria o intermitente. En los primeros años de vida, un niño no puede esperar, el costo es muy alto, su desarrollo cognitivo, emocional y físico ocurre ahí, no después. La evidencia es clara: la pobreza temprana deja huellas permanentes. Menor desarrollo del lenguaje, peor salud, trayectorias educativas más frágiles. Cada niño que crece en pobreza es una oportunidad que Chile pierde. La pregunta es ¿por qué este grupo es el más golpeado?, quizás porque nuestro sistema de protección social sigue estando pensado para complementar ingresos, no para hacerse cargo de la dependencia.

El mercado laboral castiga a quienes cuidan y el acceso a salas cuna, jardines infantiles, salud o apoyo a la parentalidad, sigue siendo fragmentado y desigual. En la práctica, criar solo a un niño pequeño en Chile sigue siendo un factor de empobrecimiento. Esto confirma que el sistema de protección social no está logrando compensar la fragilidad económica de los hogares con niños pequeños, especialmente en contextos de empleo inestable y alta carga de cuidados. La política pública no puede seguir mirando este problema de lado.

Priorizar la reducción de la pobreza infantil no es solo aumentar transferencias, aunque estas sean necesarias, requiere de garantizar cuidado temprano universal y de calidad, compatibilizar trabajo y crianza, asegurar ingresos mínimos suficientes para hogares con niños pequeños y fortalecer redes de apoyo reales para madres y padres solos. Es intervenir temprano, cuando aún es posible cambiar la trayectoria de tal forma de romper la transmisión intergeneracional de la pobreza.

Cada año que pasa en la vida de Rebeca son oportunidades que su hijo no tiene, si no somos capaces de actuar con un Estado que llegue a tiempo. Esperamos que las nuevas autoridades junto con poner foco en la reducción de la pobreza, prioricen la primera infancia con un piso de protección social que permita revertir esta realidad, pues la pobreza, si no se enfrenta tempranamente, se vuelve un destino. Chile no puede seguir aceptando que nacer pobre sea una condena eterna.

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