Hacia un nuevo (des)orden… imperial

Desde hace al menos un año, esto es desde la segunda asunción de Trump como presidente de Estados Unidos en enero de 2025, el mundo está consolidando su ingreso a una nueva era, un nuevo (des)orden mundial, que tiene características significativas que lo diferencian cualitativamente de épocas anteriores.

Durante la Guerra Fría, el orden mundial se caracterizaba por su bipolaridad y la persistente amenaza del uso de armas nucleares por parte de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, a través de la disuasión atómica. La doctrina de destrucción mutua asegurada (MAD o locura por su sigla en inglés) consideraba que si ambos bandos, la OTAN y el Pacto de Varsovia, tenían la capacidad de aniquilar al otro tras un primer ataque, ninguno se atrevería a disparar primero.

Aunque desde el final de la Segunda Guerra Mundial existía una estructura internacional, sustentada en parte en el sistema de Naciones Unidas, la realidad práctica estaba dominada por un modelo realista, donde las superpotencias eran los principales actores internacionales y su interacción se definía por un equilibrio de poder de naturaleza bipolar.

El escenario de posguerra fría, tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, parecía consolidar un nuevo panorama mundial, transitando primero hacia una unipolaridad con predominio militar estadounidense, y luego hacia una multipolaridad, con la consolidación de nuevas potencias regionales, como la Unión Europea, China, India, Brasil. La conformación de la Unión Europea, a través del Tratado de Maastricht en 1993, parecía ser una señal importante hacia este nuevo orden, caracterizado por un mayor respeto de las organizaciones internacionales, del derecho internacional, del sistema de Naciones Unidas y del multilateralismo.

Al entrar al nuevo milenio, importantes acontecimientos desafían el promisorio panorama mundial de la década anterior. Uno de los más importantes refiere a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, reivindicados por el grupo islamista radical Al Qaeda. Como respuesta, Washington realizó la invasión en Afganistán ese mismo año, y dos años después, una invasión en Irak. Se configuró una nueva doctrina de guerra preventiva o Doctrina Bush, que buscaba asegurar los intereses estadounidenses frente a cualquier amenaza terrorista. Este suceso mostró la creciente importancia que tenían los actores no estatales, en este caso los movimientos islamistas, frente a los Estados.

La década siguiente es el turno de las intervenciones de Rusia, primero invadiendo y anexando la península de Crimea en 2014, y luego atacando a Ucrania en 2022. Al conflicto ruso-ucraniano se suma la Guerra de Gaza y muchos otros enfrentamientos en diferentes partes del mundo, entre ellos los de la península coreana, Taiwán, Sudán, Birmania, que son el origen de un aumento global del gasto militar, y de la reanudación de una carrera armamentística tanto convencional como nuclear.

En este contexto se produce el regreso de Trump a la Casa Blanca, consolidando un nuevo orden internacional, caracterizado por el desorden, la inestabilidad sistémica, la incertidumbre, el derecho del más fuerte, el caos. Pareciera ser que todo lo que Trump no pudo o no quiso hacer durante su primer mandato, lo ha estado realizando ahora: atacar a Irán, romper la alianza noratlántica, controlar el hemisferio occidental.

Una nueva doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos, firmada por el propio Trump en noviembre de 2025, bautizada como "Doctrina Donroe", define como uno de los intereses vitales de la seguridad estadounidense la "defensa" del hemisferio occidental. Lo que sigue podría ser una invasión de Estados Unidos a cualquier territorio, sea hemisférico, como Cuba, o extra hemisférico, como Groenlandia. Lo propio podrían hacer las otras potencias, como Rusia y China, en sus respectivas áreas de proximidad, como lo muestran la invasión de Rusia en Ucrania y las crecientes amenazas de China a Taiwán. Se trata del regreso a un nuevo orden imperial, donde las potencias tienen sus zonas de influencia e intervención claramente explicitadas.

Ahora bien, al imponerse un esquema meramente militar y estratégico, este nuevo desorden mundial es eminentemente bipolar, especialmente en el terreno nuclear, porque lo que prevalece es la amenaza del uso de la fuerza y porque Estados Unidos y Rusia en conjunto tienen más del 90% del arsenal de las armas nucleares. En consecuencia, volvemos a un mundo bipolar, pero no al bipolarismo de la Guerra Fría, donde existía un orden establecido regido por el realismo y la doctrina de disuasión, que impidió el estallido de una guerra convencional o nuclear.

Volvemos a un bipolarismo caótico, donde parecen no existir reglas claras ni conocidas, sino que lo que prevalece es la incertidumbre. Con la suspensión del tratado New START, que establece la reducción de armas nucleares estratégicas, y que expira formalmente en febrero de 2026, ya no habrá inspectores sobre el terreno que verifiquen cuántas ojivas nucleares tiene el otro bando, lo que aumentará la incertidumbre, las amenazas y la volatilidad del sistema internacional. Además, en algún momento China romperá esta bipolaridad nuclear porque sus arsenales nucleares están creciendo rápidamente.

Para terminar, el Boletín de los Científicos Atómicos, el cual incluye a numerosos Premio Nobel, ha situado el simbólico reloj del fin del mundo en 89 segundos en 2025, esto es lo más cerca que hemos estado de un posible apocalipsis nuclear que termine con el planeta. Esta es una medición que se realiza desde 1947 y el próximo 27 de enero de 2026 los científicos deberán determinar si se ajustan las manecillas del reloj, acercándonos o alejándonos de un futuro que parece más incierto que nunca.

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