Latinoamérica y los códigos geopolíticos contemporáneos

Coescrita con Sebastián Sánchez, historiador, doctor (c) en Estudios Americanos con Especialidad en Estudios Internacionales Usach.

"Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos". La afirmación, popularizada por la canción homónima del grupo chileno Los Prisioneros, mantiene una vigencia notable y sirve como punto de partida para reflexionar sobre las dinámicas geopolíticas contemporáneas en la región.

Desde la Geografía Política se han desarrollado conceptos que, lejos de ser meras abstracciones teóricas, se manifiestan con fuerza en la práctica política internacional. Entre ellos destacan los "códigos geopolíticos" y los "órdenes geopolíticos", de los cuales nos habla el geógrafo británico Peter Taylor. Los primeros refieren a los marcos de interpretación y acción que los Estados nacionales se autoimponen para orientar su conducta externa en el sistema internacional; constituyen, en términos generales, la base de su política exterior y suelen ser entendidos como política de Estado. Los segundos, en cambio, aluden a la proyección y profundidad de dichos códigos cuando son desplegados por potencias con alcance global, capaces de movilizar recursos económicos, militares, institucionales y culturales, generando acuerdos, instituciones internacionales y estructuras de gobernanza mundial.

En el caso venezolano, se observa con claridad la confrontación entre un código geopolítico de alcance nacional y otro de pretensión global, representado por Estados Unidos. El código geopolítico venezolano, consolidado a partir de la llegada de Hugo Chávez Frías a la presidencia y continuado por Nicolás Maduro Moros, buscó proyectar un liderazgo regional latinoamericano sustentado en la valorización estratégica del petróleo, mediante lo que se denominó popularmente como la "diplomacia de los petrodólares". Esta estrategia apuntó, además, a ampliar los márgenes de autonomía frente a Estados Unidos, contraviniendo de manera explícita el código geopolítico estadounidense para América Latina, históricamente estructurado en torno a la Doctrina Monroe y recientemente reconfigurado bajo la denominada Doctrina "Donroe", asociada a la política de seguridad anunciada en noviembre de 2025 por el presidente Donald Trump.

El comportamiento estadounidense hacia Venezuela durante el denominado período chavista ha sido consistente con esta lógica de confrontación: sanciones económicas, bloqueos, intentos de desestabilización política, reconocimiento de autoridades paralelas -como el caso de Juan Guaidó-, entre otras medidas. Estas acciones se vieron amplificadas por un escenario político interno caracterizado por tensiones, controversias y una creciente incidencia de factores externos, lo que derivó en una profunda crisis social y en una diáspora masiva de ciudadanos venezolanos hacia Sudamérica y otros países del continente. Este proceso ha sido objeto de severas observaciones por parte de organismos internacionales, particularmente a través de los informes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, durante la gestión de Michelle Bachelet Jeria. A ello se suma la fragmentación y debilidad de la oposición venezolana, incapaz de constituirse como un contrapeso político efectivo, elemento clave para comprender este complejo entramado conflictual entre ambos códigos geopolíticos, uno de escala nacional y otro de alcance global.

En este escenario, el realismo político se ha impuesto con claridad sobre cualquier pretensión idealista. El intervencionismo geopolítico estadounidense se manifiesta con especial crudeza, no solo en función del control de recursos estratégicos, sino también como mecanismo de contención frente a la creciente influencia de China en Venezuela y, por extensión, en América Latina, concebida históricamente como su "patio trasero". La retórica aislacionista y unilateralista que caracteriza ciertos discursos políticos en Estados Unidos -particularmente bajo el liderazgo de Donald Trump- se revela contradictoria frente a una práctica internacional marcada por la injerencia constante, como lo evidencian los conflictos en Medio Oriente y Europa del Este. El distanciamiento de los principios del multilateralismo y del Derecho Internacional amplía los márgenes de acción de un código geopolítico que opera, de facto, como poder coercitivo global.

La geografía, y en particular la geografía política, resulta fundamental para comprender el diseño y despliegue de los códigos geopolíticos de los Estados nacionales. Factores como la ubicación, la distribución de recursos naturales, la población, la economía y la cultura condicionan las estrategias de poder y sus proyecciones externas. En el caso del conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, este se inscribe en un entramado mayor de disputas globales que impactan de manera directa en América Latina, generando tensiones políticas, sociales y económicas, principalmente al interior de los países de la región. La persistencia de la Doctrina Donroe, sin contrapesos efectivos, augura un escenario de prolongada asimetría en las relaciones espaciales de poder.

Sin duda en un proceso de transición hegemónica como la que estamos viviendo en este primer cuarto del siglo XXI, vemos cómo Estados Unidos busca despejar incertidumbres en lo que considera históricamente su área de influencia. El antagonismo que tiene con países como Venezuela, Cuba y Nicaragua no solo tiene un cariz ideológico, sino también profundamente geoestratégico en cuanto a asegurar rutas y recursos que serán cruciales en caso de una eventual confrontación entre países. Y aunque el acento no esté puesto en la democracia, no es un factor menor que esos países señalados estén lejos de ser democracias en forma. América Latina debe perseverar en mantenerse como una región democrática y unida para intentar moderar las profundas asimetrías de poder. Democracias en forma (por lo menos) y fondo como Brasil, Colombia, Chile, Argentina y Uruguay, son mucho menos propensas a intromisiones directas que países políticamente más inestables como Perú o Bolivia o países no democráticos. Esto importa más, cuando se constata el asedio contra las democracias vigentes desde los populismos provenance deeds done provenance (hoy más estridentes las de derechas a escala global).

Frente a ello, la región dispone de una alternativa históricamente postergada pero ineludible: profundizar los procesos de cooperación, asociatividad e integración regional. Solo mediante mayores grados de articulación política, económica y estratégica América Latina podrá mejorar su posición geopolítica y reducir su vulnerabilidad frente a los códigos de poder globales que históricamente la han condicionado.

En este contexto, la evocación final de la canción "Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos" no es meramente retórica, sino una síntesis cultural y política de una realidad que, lejos de diluirse, continúa marcando el devenir geopolítico de la región.

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