El desplome de la ex Unión Soviética

Hace 25 años, llegó a su fin una sucesión de hechos y procesos políticos, sociales, económicos y culturales, en el entonces país más extenso del mundo, situado en vastos territorios de Asia y Europa, que alteraron y convulsionaron de tal modo su convivencia y estabilidad, que precipitaron el termino de su organización estatal, la Unión Soviética, en aquel periodo una de los superpotencias que detentaba la supremacía global, junto a los Estados Unidos de América.

Este acontecimiento es determinante en la historia de la civilización desde 1945, una vez que concluyó la Segunda Guerra Mundial, ya que en conjunto con la caída del muro de Berlín en 1989, marcaron el fin del llamado "siglo corto" iniciado con la revolución rusa en 1917.

Su impacto inmediato fue el colapso de la teoría y del modelo de sociedad estatalmente organizado, que distinguía al movimiento comunista internacional, así como selló el término de la guerra fría y la instauración del neoliberalismo como fuerza hegemónica, tanto en la política como en el pensamiento de los núcleos centrales del nuevo escenario global, el que emergiera desde tal cambio crucial, instalando a los Estados Unidos como potencia rectora, sin contrapeso hasta la crisis del 2009, de un orden mundial unipolar en que los proyectos de sociedad alternativos tuvieron que soportar grandes dificultades e intensos cuestionamientos.

Aunque eran opciones alternativas al sistema totalitario generado por el estalinismo, también los partidos socialistas y social demócratas, movimientos de liberación nacional y otros sectores de raíz popular, cuyo pensamiento democrático se fundaba en el humanismo socialista o social cristiano, quedaron cercados por el auge neoliberal propiciado por la caída de la concepción comunista en los temas esenciales de la cultura, la economía y el Estado.

Estas fuerzas eran las que desde los años 30, ante las calamidades de la Gran Depresión de 1929, levantaron en sus países la idea de un Estado Social que luego se llamo Estado del Bienestar Social, marcando con esa alternativa la política europea, tanto en los países nórdicos como en las potencias centrales: Alemania, Gran Bretaña y Francia, y luego en España y Portugal a la caída de sus respectivas dictaduras.

Fue una brega de varias décadas, con el apoyo del movimiento obrero y sólidas mayorías nacionales, el socialismo humanista en diversos países capitalistas logró avanzar en democracia e igualdad social, que muchas veces se desconoce, pero ese esfuerzo no impidió que se vieran rodeadas por el dogma neoliberal que incluyó América Latina, Asia y África, despreciando la justicia social y el valor de la solidaridad y la equidad en las políticas de Estado.

Al derrumbarse el ultra centralizado Estado soviético e imponerse grupos mafiosos formados en la antigua burocracia política como núcleo rector, reemplazando de hecho el Partido único como conductor del sistema, la idea de un orden mercantilista, sin regulaciones, basado sólo en la iniciativa privada pareció confirmarse de forma definitiva como la nueva verdad incuestionable. La sociedad debía resignarse a vivir bajo la ley del más fuerte, en que se salva aquel que puede hacerlo, en base a sus propios y exclusivos impulsos individuales.

El ex jerarca comunista, Boris Yeltsin, dueño del poder una vez sofocado el llamado Golpe de agosto, permitió que la nueva Rusia fuera desgarrada y repartida por una nueva Corte de mega millonarios, surgidos de la noche a la mañana, tan o más insaciables que sus congéneres de Occidente. Esta irrupción dejó claro que sin una democracia sólida, institucionalmente robusta y estable, el orden social de una nación en cualquier momento puede ser asaltado por un puñado de individuos sin escrúpulos que pasan a ser los grandes señores, los nuevos jerarcas incontestables del poder.

El autoritarismo ideológico de jerarcas dogmáticos cedió su lugar a una corrupción galopante. El frío e indolente burócrata fue trocado por el magnate poseedor de una codicia sin límites. La idea de tantos pensadores, perseguidos o excluidos, de actuar inspirados en los principios libertarios del humanismo socialista, fue ahogada sistemáticamente por el concepto estalinista de imponer el criterio "científico", que provenía y proveía el partido "guía", el único y "auténtico" depositario de la verdad.

Paradojalmente, el fracaso de estos últimos sacó a escena otro dogma que estaba recluido por su ferocidad social: la concepción neoliberal y su añeja propuesta de darwinismo social. Era la hora del más fuerte, astuto o inescrupuloso. El despilfarro, el robo de las riquezas y el patrimonio de Rusia fueron incalculables. El que fuera gran crítico del sistema soviético, Aleksandro Solzhenitsyn, así lo describió en páginas imborrables antes de morir.

Este epílogo no era fatal. La perestroika planteada en 1986, por Mijail Gorbachov se propuso salvar el sistema del llamado "socialismo real" haciendo frente a la ineficiencia económica, a los privilegios de la burocracia e impulsando la glasnost, es decir, la transparencia en la gestión y la información, pero no tuvo respuesta en una cuestión esencial, generada por ese mismo proceso: el reto de la democracia.

Al plantearse el dilema inevitable de asumir el pluralismo político, basado en una gobernabilidad democrática que aceptara el multipartidismo y la alternancia en el poder, a pesar de su reformismo la cúpula soviética quedó paralizada, sometida al esquema del partido único, dogma que ya era incapaz de enfrentar la situación.

El precario liderazgo que sobrevivía, en agosto de 1991 fue depuesto con un Golpe de Estado que naufragó en medio de conflictos y fuerzas incontrolables. Con ello no hicieron más que bajar el telón, que concluyó en el colapso de un sistema que sin democracia ya no tenía ninguna capacidad de sostenerse a sí mismo.

Un sistema estatal que parecía inamovible se hundió, sin que sus más enconados enemigos pudieran predecirlo, ante la ausencia de fuerzas sociales que lo sostuvieran, es decir, que compartieran e hiciesen suyos sus objetivos y los sacrificios que se le solicitaban a la población para mantener un gasto militar fuera de control.

El conservadurismo más rancio y el neoliberalismo más agresivo cantaron victoria y proclamaron "el fin de la historia", es decir, que ya no había nada que hacer y la humanidad debía rendirse ante sus nuevos amos: la codicia y el despilfarro de un puñado de individuos todopoderosos.

Pero no ocurrió así, el capitalismo salvaje genero nuevos y más potentes conflictos y lo más importante, generó un nuevo tipo de gestores o administradores, verdaderos "lobos del hombre", individuos en los que se perdió el sentido humanista y civilizacional que debe dar contenido a la tarea de gobernar y a la acción de los Partidos o fuerzas políticas.

Como con las comunicaciones y los medios informativos de hoy se hizo evidente esa pérdida de legitimidad en diversos gobernantes y se "nota" la injustificada arrogancia de castas tecnocráticas en muchas naciones, nutridas de una codicia desbocada, se ha instalado el desencanto y el descrédito de la política que pretende ser capturada por grupos anarcos o ultrones para acentuar la confusión, atomizar aún más la sociedad civil y socavar la democracia.

De manera que el mismo Francis Fukuyama hubo de reconocer que sus predicciones resultaron erradas. La historia no acabó sino que siguió su marcha. Por lo mismo al cambiar su mortal adversario el sistema global se ve más confuso y desorientado que antes. El llamado "fenómeno" Trump no es más que la irrupción de los típicos aventureros en política, que creen que a fuerza de matonaje y prepotencia resolverán desafíos que sólo la sucesiva ampliación y fortalecimiento de la gobernabilidad democrática puede encarar y resolver en el largo plazo.

En rigor no ha sido el comunismo el peligro mortal del capitalismo, sino que sus insalvables y agudas contradicciones, la corrupción que es acicateada por la propia lógica del sistema y la desigualdad que fractura los países; esos son los factores que han provocado un descrédito sin precedentes del sistema político.

Aunque "no se come", para conducir una nación, hay que tener la ética para hacerlo. Ni el comunismo como lo moldeó Stalin ni el neoliberalismo con la brutal desigualdad que instaura donde se impone, poseen ese atributo para sustentar un proyecto de sociedad creíble y durable, que adquiera la legitimidad que exige hoy la civilización humana.

Por ello, la tarea de la izquierda y del socialismo, aquella fuerza cultural y social alternativa en la izquierda a las deformaciones del estalinismo, es la de impulsar un periodo político de reagrupamiento de las fuerzas de avanzada social, con vistas a humanizar el ciclo evolutivo de las fuerzas económicas y reponer la dignidad del ser humano, la libertad y la justicia como el auténtico horizonte de su trabajo cotidiano.

A la postre, el arsenal nuclear fue útil únicamente para alimentar un visceral anticomunismo que justificó de modo especial en América Latina, a dictaduras que hicieron de la violación de los Derechos Humanos, un arma privilegiada para aplastar a sus opositores y quedarse indefinidamente en el poder. El socialismo podrá alcanzar viabilidad como realización integral de la democracia y no como su negación.

Para que saliera adelante el proyecto de sociedad socialista que aún latía bajo esas estructuras burocratizadas por los remanentes ideológicos, nunca superados del stalinismo, era mucho más necesaria la democracia política, el pluralismo cultural y el ejercicio de la ciudadanía, de modo de elegir y ser elegido, ese ejercicio era el requerido para evitar que la Unión Soviética desapareciera de la escena histórica, como nadie pensó nunca que ocurriría, con un golpe de pacotilla, de una jerarquía carente del más mínimo sentido de la realidad y las proporciones. En suma, no era posible el socialismo sin democracia. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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