El insomnio americano

Una vez más las encuestas no fueron capaces de reflejar la intención del voto estadounidense. Esto podría tener relación con que éstas carecen de independencia y trabajan para quienes procuran inclinar la voluntad electoral o podrían tener que ver con la incompetencia técnica de quienes hacen estas mediciones.

Por cierto, después de los acontecimientos siempre es más fácil formular hipótesis y argumentar sobre lo que ya ha ocurrido. En este caso, sin embargo, había tres cuestiones que podrían haber ayudado a matizar los juicios que planteaban que la elección sería estrecha, pero con un final feliz para Hilary Clinton.

El desprestigio de Hilary Clinton.

Para muchos electores estadounidenses, votar por Hilary Clinton era simplemente inaceptable. No solo los republicanos, sino que los demócratas que había apoyado a Bernie Sanders. Clinton, es una figura que para muchos perfectamente podría encarnar a algún personaje de House of Cards, por considerarla pragmática, fría, calculadora, codiciosa y, a juzgar por el incidente de los correos electrónicos, temeraria. 

Desde América Latina se le veía como una presidenciable de continuidad y cercana con la región, pero para un porcentaje no menor de los electores estadounidenses, ella distaba mucho de constituir una candidata deseable. Por ello, al anunciarse el final de la campaña de Sanders, muchos de sus seguidores aseguraron que no votarían por Clinton. Ellos forman parte de ese alto porcentaje que decidieron no salir a votar.

Es sabido que en Estados Unidos la abstención ha sido históricamente alta y, salvo la excepcional votación por Obama, este ha sido un patrón que forma parte de la ecuación de cada campaña.

En este largo proceso, que comenzó con las primarias por partido y prosiguió con la campaña presidencial, se gastaron millones de dólares y pese a ello, no se logró modificar una conducta electoral que volvió a ser la histórica, y repetida por 30 años, vale decir, votó alrededor de un 50% de los habilitados para ello.

De acuerdo al Centro de Estudios Pew, citado en el análisis de Alfonso Fernández, de Hola Noticias (noviembre 3, 2016), “desde 1980, la participación apenas ha variado un 9 por ciento desde el mínimo de 1996 del 48 % cuando Bill Clinton fue reelegido, hasta el máximo de 57 % en 2008, cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca”.

Sin embargo, el dato significativo de la abstención no era solo éste, sino que este fenómeno no se comportaba del mismo modo para todos los grupos étnicos: los votantes de raza blanca han tenido una participación históricamente alta, que se eleva por encima del 60 % desde 1980, que en 2012 fue del 66,2 %.

Si a este dato se agrega que la campaña de Donald Trump se concentró en los blancos, sobre todo en los de clase media y baja, afectados por la globalización económica, podríamos colegir que la incidencia de su campaña sería muy efectiva.

Más aún si el público objetivo de Clinton no salía a votar masivamente (población afro-descendiente) y/o si se encontraba dividida (asiáticos y latinos).

Visto así, no era obvio que Trump perdiese, aunque fuera por poco. La campaña de este empresario estuvo, en consecuencia, muy bien urdida y en tal sentido, quizá sus formas, su discurso y su contenido no fueron un desacierto, sino que la estrategia perfecta para conseguir la adhesión necesaria para ganar.

Finalmente, es imposible prescindir de un dato que hoy está en boca de todos y que los especialistas no pueden haber obviado, sobre todo por ser un académico de la American University, una institución reconocidamente demócrata de Washington DC.

El profesor Allan Lichtman, historiador, ha predicho sin error el resultado de las elecciones presidenciales desde 1984 a la fecha.

El método de Lichtman, basado en 13 preguntas a las que se responde con verdadero y falso, advirtió que el ganador sería Trump y, nuevamente acertó. ¿Por qué no se tuvo en cuenta a este académico suficientemente?, ¿por qué no fue incorporado en los análisis de las encuestadoras, a fin de enfocar sus pronósticos más acertadamente?, ¿por qué no fue entrevistado y citado profusamente antes de la elección como lo ha sido a partir de hoy?

El resultado de esta elección, que para los especialistas no debería haber sido tan inesperado, abre un nuevo capítulo en la historia de Estados Unidos y quizá del mundo. Veremos ahora, qué parte de los discursos solo tenían un propósito electoral y qué parte de ellos son la verdadera agenda de futuro para la gestión de su gobierno.

Mientras tanto, el sueño americano ha tenido un vuelco radical. Del gobierno de un afroamericano de origen común, se ha pasado al gobierno de un blanco millonario que le ha hablado casi exclusivamente a los suyos.

El resto, derrotados en las primarias y derrotados en la elección del 8 de noviembre, han cambiado el sueño por el insomnio.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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