¿Y ahora qué? Europa el día después

“Unidad en la diversidad” reza el lema de la Unión Europea (UE). Luego de conocerse el resultado de las elecciones, el hemiciclo del Viejo Continente es más diverso y no sabemos qué tan unido.

Pese a que el Partido Popular Europeo -familia de los conservadores- logró ganar las elecciones del fin de semana pasado, sufrió un castigo del electorado al bajar 60 escaños, estrechándose así la diferencia con la Social Democracia Europea, quien se mantuvo casi igual a 2009.

Las otras fuerzas políticas, en términos generales, se movieron en rango esperables.Pero sin duda el aumento de los parlamentarios de partidos llamados “euroescépticos” (que desconfían o se sienten desencantados de la UE) y “eurófobos” (que desean acabar con la UE, destruirla), ha venido a alterar la relativa estabilidad que la había caracterizado desde su creación. Nuevas fuerzas radicales, tanto a derecha como izquierda, han fragmentado uno de los Parlamentos más grandes del mundo.

“Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto, se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Con estas palabras Robert Schuman llamaba en 1950 a europeos a dejar las guerras en el pasado y avanzar en la integración. La construcción europea, paso a paso, fue forjando lo que hoy se conoce como UE.

El camino no ha sido fácil y no ha estado exento de obstáculos. Numerosas crisis han marcado más de 60 años de integración. En cada una de ellas, las tensiones y diferencias dieron paso a períodos de ampliación y profundización. Sin embargo hoy, el mayor proyecto de integración democrática de la Historia vive su crisis más profunda.

Los resultados, en general, no fueron una novedad. Se sabía que la participación sería baja y que un voto de castigo –manifestado de diversas formas según los países y sus contextos- se haría presente. No obstante lo anunciado, igualmente ha sido un balde de agua fría en Europa (más fría en algunos países que en otros) y los líderes de los 28 Estados miembros han salido rápidamente a hacer frente al impacto.

Lo que comenzó hace años como un sentimiento de desencanto con el proyecto común, paulatinamente se fue transformando en malestar, descontento. Con la grave crisis, en algunos este sentimiento devino en rabia, rechazo e impotencia. Signos se habían advertido hace tiempo.

Los rechazos en 2005 al tratado constitucional en Francia y Holanda (dos Estados fundadores de la UE) fue solo una señal. A nivel interno, los resultados favorables en elecciones nacionales de partidos euroescépticos o eurófobos, han constituido otros llamados de atención. El cruzamiento entre problemáticas internas con europeas, hicieron el resto.

Esta mayor desafección se manifestó en primer lugar en el alto porcentaje de abstención. Si bien se rompió la tendencia a la baja desde los primeros comicios democráticos en 1979, un feble 43,1 % votó este año. En algunos países la participación aumentó (como en Alemania, Francia o España) pero en otros el porcentaje es claramente un desastre como es el caso de Eslovaquia en que un 87% no concurrió a las urnas.

Hubo una mayor movilización de fuerzas contrarias o desencantadas con la UE. Esto explica, por ejemplo, el resultado del Front National (FN) en Francia. Los sectores de izquierda y de centroderecha se quedaron mayoritariamente en sus casas, permitiendo que la ultraderecha obtuviera un histórico 25%.

Lo anterior se dio en un escenario interno muy complejo, con un Presidente de la República débil, con una oposición enfrascada en disputas, escándalos y acusaciones de corrupción (UMP de Sarkozy) y cifras de desempleo y falta de crecimiento dramáticas para el país galo.

Si bien las encuestas llegaban a presagiar un 30% de los partidos populistas y anti-UE, éstos –sumando a todas las heterogéneas fuerzas políticas- llegaron a un quinto del Parlamento Europeo. Sin duda el mayor impacto se dio en Francia, Reino Unido y Dinamarca, donde el FN, el UKIP y el Partido Popular danés tuvieron una votación histórica, transformándose en la fuerza más votada en sus respectivos países.

Sin embargo, entre ellos existen diferencias que impedirá que formen un grupo en la Eurocámara.

En otros países, aunque no llegaron en primer lugar, partidos de extrema derecha tuvieron buenos resultados como en Hungría, Austria, Suecia y Grecia. Pero también hubo decepciones electorales como es el caso del partido del socio de Marine Le Pen, el ultraderechista Geert Wilders en Holanda, que llegó en un cuarto lugar; o los Auténticos Finlandeses que llegaron en tercer puesto, a pesar que sondeos los daban como favoritos; o en Eslovaquia en que el Partido Nacional no eligió ningún europarlamentario.

En la mitad de los países de la UE los radicales no tuvieron buenos resultados y en algunos no tienen representantes.

En el Sur (donde la crisis ha golpeado con más fuerza), salvo en el caso griego e italiano, en España y Portugal no se dio el fenómeno del surgimiento de representantes de extrema derecha.

En el caso de Portugal ganó el Partido Socialista (partido de oposición) y en España, el descontento e indignación se expresó en un rechazo al bipartidismo del PP-PSOE. En este último caso, los grandes partidos perdieron nada menos que 5 millones de votos en relación a 2009. Nuevas formaciones de izquierda ganaron espacios en el escenario de la Península, atestando un duro golpe al bipartidismo existente desde la época de la transición.

El partido “Podemos”, de solo 4 meses de formación, obtuvo un resultado espectacular y su líder, Pablo Iglesias, hoy es la vedette de los análisis pos elecciones.

En Grecia, el partido de izquierda anti-austeridad Syriza de Alexis Tsipras, fue el gran triunfador. Su victoria, junto a la de Matteo Renzi en Italia, ha hecho que el referente de izquierda hoy en Europa se desplace de Francia a estos dos países.

Un hecho muy preocupantes ha sido la elección de representantes provenientes de partidos neonazis. En Grecia el partido “Amanecer Dorado” obtuvo un 9% de los votos y en Alemania, la elección de un representante neo nazi, a 100 años del inicio de la I Guerra Mundial, no deja de ser golpe simbólico fuerte.

Pese al avance de las fuerzas populistas, euroescépticas o eurófobas, 4/5 del Parlamento Europeo lo constituyen aun los partidos pro-UE. El impacto final de las fuerzas anti-sistema al interior del Parlamento tendrá un efecto más bien político, en especial porque utilizarán la plataforma de Estrasburgo-Bruselas para tener mayor influencia en sus respectivos países y en Europa.

El mensaje de los ciudadanos –con la abstención y con su apoyo mayor esta vez a fuerzas políticas no tradicionales- está claro. Los líderes ahora deberán buscar la forma de hacer frente a el. El desempleo, la falta de crecimiento, el aumento de la competitividad sumado a los desafíos energéticos, del cambio climático y de inmigración, son las prioridades.

La UE ha ido perdiendo, con el paso de los años, su propio “relato”, su “leitmotiv”.Éste no ha sido lo suficientemente comunicado a los ciudadanos. Ya no basta la paz como elemento catalizador del proyecto común.

Como escuché a líderes europeos en un debate en Bruselas el año pasado, Europa necesita más de arquitectos que de bomberos o reparadores. Aun están a tiempo.La conmemoración de los 100 años de la Gran Guerra debiera hacer recordar los peligros reales que los extremismos implican y que justamente el proyecto de integración europea quiso eliminar.

El bienestar social, la paz y el desarrollo del continente aun siguen ligados a la idea de unidad del continente. El mensaje está ahí y los ciudadanos lo hicieron saber.

La mayoría quiere Europa, pero no la Europa que hoy perciben y que quieren cambiar.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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