Las dos, tres, cinco y más 'almas' del PPD

Reconozcamos una verdad que emerge a gritos. En el Partido Por la Democracia hay más de un alma ahora dando vuelta. El Vicepresidente de Hidroaysén es Daniel Fernández, militante del PPD. Uno de los movilizadores ciudadanos en contra de Hidroaysén es Patricio Rodrigo, militante del PPD. Ex ministros de Estado que defienden Hidroysén son militantes del PPD (Tockman, Bitar, Bitrán, Blanlot)…Fueron subsecretarios PPD del Interior los que aplicaron la ley antiterrorista en contra de indígenas. Somos dirigentes indígenas del PPD los que clamamos por la derogación de esa Ley y terminar con la represión a los mapuches. Recientemente, y a propósito de la aprobación del Convenio UPOV-91 (en realidad, expropiación del conocimiento tradicional de nuestros campesinos y comunidades indígenas), votó a favor Tuma (Senador ppd) y votó en contra Quintana (Senador PPD), ambos de la región de la Araucanía…Y así…Varias almas.

El PPD nació desde la sociedad civil en las postrimerías de la dictadura en 1987. Ahí teníamos una postura homogénea respecto de la defensa irrestricta de los Derechos Humanos. Nos constituimos en un solo colectivo, coherente y comprometido con el advenimiento de la democracia. Teníamos como referente a nuestras víctimas y con nosotros los dolores y esperanzas de Chile.

No pensábamos en cargos o prebendas del Estado. Lo nuestro era luchar contra la violencia represiva y las injusticas sociales y lo hicimos en las calles y barrios de nuestra patria. Bueno, no todos. Porque algunos se preparaban para asumir el (entonces eventual) Poder que sería conquistado con el empuje de los que estábamos en las calles. Luego, cuando ganamos el poder (ergo: diputados, senadores, gobierno), los de las calles fuimos distanciados y el poder comenzó a ser administrado por “pragmáticos”.

Me consta que en los pasillos del naciente poder y en el propio PPD, en los meses de instalación del primer gobierno concertacionista era común escuchar que ahora correspondía gobernar y que todo eso de las movilizaciones sociales y los derechos humanos había que ponerlo en otro escenario, pues había que asegurar la estabilidad política y económica. Esa era la nueva doctrina.

Se dijo, por ejemplo, que no sería bien visto que cargos importantes del Gobierno fuesen ocupados por dirigentes de Derechos Humanos. “No serían suficientemente objetivos”… “Ellos ya hicieron su pega. Ahora corresponde a otros actores hacerse cargo del Gobierno”…Y efectivamente, muchos protagonistas del movimiento ciudadano que encabezaron las protestas nacionales fueron delicada pero decididamente ignorados, apartados o ubicados en lugares sin mucha relevancia.

Se dijo que esa enorme red de ONG que pusieron todo su capital social y financiero para respaldar a la oposición, ahora tenían que volver a lo suyo y que se las arreglaran como pudieran. De 800 ONG nacionales que habían sido señeras en la lucha contra la dictadura, sólo sobrevivieron un poco menos de 200 al final del Gobierno de Aylwin. Pregúntese ahora cuántas quedan.

Y en materia de comunicaciones, fue notable constatar que los Gobiernos de la Concertación hicieron poco para brindar respaldo a la enorme red de editoriales, diarios, revistas y periódicos que con enorme sacrificio nacieron y se desarrollaron durante la dictadura y fueron la punta de lanza de los mismos políticos que ahora decían, en el poder, que la mejor política de comunicaciones era no tener comunicaciones. Fue un PPD el que acuñó el concepto, Eugenio Tironi.

Bajo este concepto desaparecieron las Revistas Apsi, Análisis, Hoy, el mítico Fortín Mapocho, el diario La Epoca y diversos otros medios. Ahora siempre se esgrimirán razones, como que el Estado no podía dejar de ser objetivo y parcial en su quehacer y que sería el mercado quien regularía los medios de comunicación. Aywin diría a poco andar que “el mercado es cruel”. ¡Y cuánta razón tenía!

Los militantes PPD que accedieron a enormes cargos de poder en el Estado, particularmente a partir del Gobierno de Eduardo Frei tienen muchas responsabilidades históricas en el modo cómo se condujeron las políticas públicas.

En Derechos Humanos el llamado “oficialismo” fue intenso en procurar límites a las demandas de Verdad y Justicia. Esto fue resistido, finalmente, gracias a las movilizaciones sociales y al empuje sostenido de las agrupaciones de familiares de víctimas y porque en el caso del PPD, voto tras voto político, peleando muchas veces en contra de la corriente, la militancia mantuvo en pié los compromisos fundamentales.

En relación con políticas sociales y culturales, de género e indígenas lo mismo. Y qué decir de las enormes diferencias de opinión entre la dirigencia social del PPD y los Ministros del área económica (Hacienda, Economía, Minería, Agricultura…) en diversos Gobiernos.

Normalmente, cuando me preguntan cómo es posible que Daniel Fernández, Vicepresidente de Hidroaysén, sea militante del PPD, yo he venido respondiendo con cierto pudor que en realidad él representa el alma conservadora del partido.

Cuando el Diputado Accorsi anunció que solicitaría al Tribunal Supremo estudiar su caso particular, para determinar si es compatible su continuidad en el partido siendo cabeza visible, vocero y líder del proyecto Hidroaysén, cayó sobre el Diputado toda la fuerza de peticiones que lo conminaron a no cumplir su cometido.

Parte de los argumentos es que no se puede confundir el pensamiento político con una actividad profesional privada y que si se abre la senda de juzgar las incongruencias entre ser militante de un partido que está en contra del proyecto Hidroaysén (ahora acuerdo ¡unánime! del reciente XXXIII Consejo Nacional del PPD) y su derecho a ejercer libremente su profesión, diversos otros militantes tendrían que ser pasados al Tribunal Supremo. ¿Quiénes? Los que trabajan en todas las instituciones privadas o incluso públicas cuyas políticas son amplia, clara y decididamente contrarias a los acuerdos políticos y sociales del PPD. Con ese argumento y la necesaria “firmeza” para que Accorsi retirase su peregrina idea de “pasar” a Fernández al Tribunal Supremo, quedó relativamente confirmada en el partido (progresista) la idea de que liberales y conservadores; progresistas e izquierdistas; social-demócratas y capitalistas; proletarios y burgueses, autocomplacientes y auto flagelantes, etc. puedan convivir aquí sin mayor problema.

Entonces descubro que mi propia argumentación tiene una debilidad sustancial: no hay dos almas en el PPD. Hay muchas almas.

Pero si trata de un contexto multicultural de ideas, de ideologías, de filosofías y doctrinas diversas, siempre hay una cultura que es dominante. Y en este caso es evidente que nos domina una cultura muy singular: la de que al final de todo…todo cuenta….

¿Qué importa que Fernández sea Vicepresidente del proyecto Hidroaysén y que el PPD haya aprobado nada menos en su Consejo Nacional su total y absoluto rechazo al proyecto? El no representa al PPD. Incluso se alejó del PPD desde hace varios años, cuando se acercó y administró muy de cerca importantes poderes (Metro de Santiago; Televisión nacional y ahora Hidroaysén).

Qué importa. El no fija la política del PPD. Ni siquiera influye en la política del PPD. Pero como no ha renunciado al PPD para hacer libremente lo que desee, sigue representando al PPD, del mismo modo como Rodrigo, Hernán Sandoval y muchos también representan al PPD en su lucha por un desarrollo energético sustentable. Todo vale y nada es contradictorio.

¿Puede sobrevivir un partido político (progresista) con tamaña contradicción? Puede sobrevivir. Y por varios años más. Y por una razón muy dramáticamente simple: mientras un partido político siga ostentando cuotas de poder, siempre podrá sobrevivir hasta que se desgaste. El PPD tiene 18 Diputados y 4 Senadores. Cuenta con 36 Alcaldes (+ 7 “independientes cercanos”) y 202 Concejales.

Ese es el poder que le queda después de 20 años de Gobierno. Es harto poder cupular. Pero también es variable y limitado porque la mayoría de quienes ostentan estos poderes llevan casi dos décadas en el mismo sitio (el que tiene mantiene).

¿Le quedan al PPD esperanzas de re-editarse, renovarse, transformarse, adecuarse eficazmente a los desafiantes nuevos tiempos, retomar el contacto ciudadano de verdad, salir de nuevo a las calles como lo hizo con tanta fuerza y emoción cuando no tenía más aspiración que conquistar la democracia?...Si. Queda todavía un margen de esperanza. El PPD puede cambiar. Pero no va a cambiar solo. Necesita que sus militantes, su gente sencilla, la que le dio vida y vitalidad, se irrite de verdad. Necesita que sus militantes sociales levanten carpa en los patios (esto es como figurado) del Partido. Necesita que su juventud sea profundamente irreverente. Que actúe sin el más mínimo respeto por los poderes fácticos y los lotes tendenciales. Necesita que las mujeres y los indígenas y los dirigentes de base que militan en el PPD vuelquen los reglamentos, la inercia y los acomodos.

Abrir una tercera vía entre grupos de poder interno. Necesita que los profesionales que viven de sus salarios y que los pobladores nunca tomados de verdad en cuenta, se rebelen. Se requiere, en suma, mucha irritación para zafarse de la modorra de los que tienen-mantienen y abrir las propias anchas alamedas.

Y que los que no siguen los acuerdos colectivos, e incluso piensen radicalmente distinto, y aún crean que en el ppd es posible pasar piola, tomen ya sus propias decisiones. Si yo estuviese en su lugar no me demoraría en renunciar al PPD si además este partido ya no se acomodase a mis ideas y/o a mis políticas.

¿De qué sirve estar inscrito en un partido cuyo Consejo Nacional (su máximo órgano de deliberaciones políticas) rechazó de manera tajante el Proyecto de Hidroaysén? Es pura comedia decir que uno está inscrito en ese partido cuando en realidad, en la práctica, se hace todo lo contrario a lo que ese partido resuelve. Accorsi tiene razón: alguien tiene que resolver esa contradicción. Si las instancias de dirección (tan “realistas” siempre) no quieren resolver el problema, una Comisión de Ética y un Tribunal Supremo podrían iluminar a los militantes y a la sociedad. Y tal vez confirmar, ahora con más precisión, que existiendo tanta variedad de almas y doctrinas las responsabilidades o deberes profesionales de sus militantes no son incompatibles con los pronunciamientos partidarios; o pueden resolver que se requiere un mínimo de coherencia política, ética y doctrinaria, y que las fronteras del PPD no pueden correrse como cuando los terratenientes corrían las cercas de los campos indígenas para justificar la usurpación de su patrimonio.

Hay muchas almas hoy en el PPD. Esa es la verdad. Y nuestra identidad legítima, aquella que nació de la lucha, del dolor y de la esperanza fue maquillada y con el paso de estos años son varias capas. Y para una sana convivencia partidaria se requiere definir con cuál de ellas, realmente, queremos desarrollarnos. Si la idea es sólo sobrevivir como partido, alimentando principalmente la esperanza de mejores porcentajes electorales, la convivencia será conflictiva.Si la idea es recrearnos como partido de centro-izquierda, es relativamente claro que liberalismo y conservadurismo no es lo mismo para todos/as. Entonces, el PPD tiene que estar en manos de quienes construyen coherencia, pero no puede estar en las manos de todos los que piensan y actúan de manera tan radicalmente diferente, pues el resultado corre el riesgo de ser interpretable como promiscuo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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