LUMI

Hace algunos años , era impensable que Lumi Videla Moya se titulara de socióloga. Sin embargo, en abril de este año Dago, su hijo casi cincuentón recibió su diploma de socióloga de manos del rector de la Universidad de Chile.

Desde un ejercicio de memoria, podríamos imaginarla con 70 años y pelo canoso participando de una de las marchas feministas pro derechos, junto a alguna de sus nietas o nietos, siempre involucrada y presente en estas nuevas demandas del Chile de hoy.  

Ello, si Lumi no hubiese sido secuestrada en septiembre para ser torturada hasta morir un 3 de noviembre de 1974 y al día siguiente montarse ese mensaje de terror, al lanzar su cadáver a uno de los jardines de la Embajada de Italia. 

Lumi fue estudiante secundaria en el Liceo Darío Salas. Se formó en un hogar de ideas socialistas y troskistas. Vivió en un barrio de la calle Tocornal en Santiago centro. Estudió Filosofía en el Instituto Pedagógico de Macul e inmediatamente después sociología. Militó en el MIR junto a su hermano Lautaro y al que fue su compañero de vida, Sergio Pérez Molina, todavía un detenido-desaparecido.

Su madre Luz Moya al describirla dirá: “desde niña demostraba su condición de líder y tenía una gran empatía con la gente…era alegre, llena de vida. Nuestro hogar formado por los dos abuelos maternos - maestros ambos y jóvenes aún - y yo”.

Lumi, posiblemente tuvo la posibilidad de ponerse a resguardo ocurrido el golpe cívico-militar. Era una mirista conocida, pero eso no era un impedimento imposible para ponerse a salvo y salir del país, junto a su pequeño hijo. Pero, su decisión fue otra. Había que permanecer en Chile y eso significaba riesgos acrecentados, más aún en su caso actuando muy cercana a Miguel Enríquez.

Asumió tareas de enlace y de organización, lo que significaba conectar y reconectar estructuras o recepcionar grupos de militantes llegados a Santiago desde las provincias, porque no les era posible pasar desapercibidos y sortear la represión. En ese primer año, Lumi también elaboró planes de educación política para el resto del MIR clandestino.

Ella decidió no irse de Chile, por las mismas convicciones que el periodista Máximo Gedda, detenido – desaparecido, manifestara a sus hermanos, ante las presiones para que se pusiera a salvo: “Escribí artículos, hice programas, convencí a pobladores para que se organizaran y participaran en política. Ellos no se pueden ir […] me quedaré a acompañarlos”.

Lumi, Sergio y Máximo fueron parte de la Resistencia, o la R encerrada en un círculo, como se representaba en esas estampillas artesanales en papel engomado que eran pegadas en los respaldos de los asientos de las micros. Eran, actos sencillos, pero de infinita audacia en esos primeros meses. ¿Cuántas veces la historia de la humanidad ha registrado esos gestos tempranos, casi imposibles, y hasta sacrificables?

Al igual que Lumi, muchos jóvenes pusieron sus cuerpos, energías y voluntad en los años más duros, desesperanzados y siniestros. El costo de ese martirologio fue altísimo. Entre ellas, muchas mujeres que se habían hecho militantes en los desafiantes sesenta, al igual que Lumi.

En la Resistencia, no fue fácil para esas jóvenes mujeres como Lumi cambiar las trenzas o el pelo suelto, los bluyines y a veces los bototos, su onda artesa y mínimo maquillaje para enmascararse tras vestuarios "normales", peinados, vestidos o tacos.

La Resistencia clandestina implicaba decisiones cotidianas que eran asumidas como necesarias para reorganizar las redes de la organización, traspasarse documentos e información y así contener el “sálvese quien pueda”, que amenazaba con vaciar el interior de organización clandestina.

Ciertamente, no se dimensiono la eficiencia de las diversas modalidades de torturas para obtener información. El heroísmo y la disciplina no pudieron contener la barbarie. Tampoco, estaba prevista la capacidad de la tortura para doblegar voluntades y construir la colaboración activa en perjuicio de la frágil organización.

Lumi, fue como tantos hombres y mujeres víctima del terror del Estado encarnado en los agentes uniformados y civiles. Su condición de víctima ha dominado su memoria y los relatos, dada la barbarie y negación de derechos en su secuestro, los extensos tiempos de torturas, su forma de muerte y la pretensión de ese montaje.

Pero a la vez, la victimización oculta a la Lumi militante, a la persona que optó por asumir esos inmensos riesgos en un acto consciente, muy lejano al desapego de la vida.

Dago, hijo de Lumi y Sergio en un poemario expresa, “…me quedé pensando en una tumba de colores/ un arcoíris de todos los rojos y negros/ como les hubiera gustado/ y en un ataúd con puerta/ para poder acurrucarme entre sus huesos/ si encontrara los de mi viejo”.

Para la DINA y sus agentes el doblegar mujeres militantes como Lumi tenía también una carga adicional que los agentes y mandos remarcaban: había que extremar el castigo hacia esas mujeres jóvenes e insolentes. En la percepción conservadora y castrense era inimaginable que mujeres corriesen esos riesgos en clandestinidad.

Por ello, en muchos casos el abuso y tormento sexual fue un adicional en la agresión de esos agentes para con las mujeres secuestradas. Hasta el momento, la violencia sexual en la tortura, aún permanece pendiente de investigar, procesar y condenar.

En la madrugada de un 4 de noviembre de hace 44 años el cadáver de Lumi torturado y con su rostro maquillado quiso involucrar a la Embajada de Italia, que atestada de refugiados, resultaba incorregible ante el régimen. En esa operación hubo asesinos y también cómplices y encubridores que como los diarios El Mercurio y La Segunda hicieron el resto, mofarse y transformar en viñeta de humor el crimen de la joven revolucionaria.

Hoy, otras muchas mujeres se llaman Lumi. Pero, ninguna es esa Lumi de lentes ópticos de mosca y activismo constante. A la que decían negra, que alguna vez fue de trenzas y que pudo vivir sólo hasta sus 26.

Sus asesinos, casi todos eran “valientes” oficiales formados en la Escuela Militar: Krassnoff, Willike, Ferrer, Moren, Contreras aún están o estuvieron en el penal especial de Punta de Peuco. Sin que hasta el momento ninguno haya sido degradado.

Hoy, ellos y una visible y también invisible cofradía ensaya de qué forma pueden crear las condiciones para su excarcelación. En ello todo vale. Aprovechan los vacíos legislativos respecto a los beneficios carcelarios, las interpretaciones de las diversas salas judiciales o enrostran olvido a sus camaradas en servicio activo.

Consideran que merecen reconocimientos de quienes han disfrutado las mieles de sus batallas en la tortura y las ejecuciones sumarias. Pero, si alzamos la vista, la maniobra en curso apunta más lejos que la mera libertad de los violadores de DD.HH. El objetivo mayor es la reivindicación de la dictadura y su actualización en un Kast o algún otro. O sea, la pesadilla de Bolsonaro realizado y por las urnas.

Existen muy diversas memorias y experiencias tras ellas. Y porqué no decirlo, intereses. Hace pocas semanas asistíamos a la disputa pública, sin recato ni vergüenzas, por quién era más protagonista de la opción NO en el plebiscito.

Travestida la épica, reveladas las impunidades y descubiertas los chanchullos, aún hay quienes creen que al desempolvar sus añosas fotos, podrán borrar sus nombres de las planillas de SOQUIMICH o de las grandes pesqueras.

Cuándo lo impúdico se hace casi costumbre, es didáctico recrear las decencias.

Por eso hoy, nuevamente reivindicamos la vida de Lumi más allá de su martirologio y desde la significación de sus opciones.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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