“Hola ¿cómo están ustedes?”

La futilidad lingüística se ha enseñoreado de los estudios televisivos: Los periodistas-locutores lanzan al vacío unos saludos que no esperan respuesta alguna, “Hola ¿cómo están ustedes?”

“Hola, fulanita ¿cómo está?” saluda sin atender respuesta alguna a su pregunta desde la calle el reportero que corta “las huinchas” para dar cuenta del incendio que cobró una vida humana.

Y el rol “in-formador” del Canal se va a las “pailas” cuando el trágico acontecimiento cae en el relato de un vecino. La edición y la responsabilidad periodística desaparecen y comenzamos a asistir a una patética repetición de datos desordenados, al borde de la incoherencia, con una pesada carga de morbosidad. El “rating” sonríe.

La cosa se ha puesto más grave desde que los programas considerados como los más serios son los que han relajado los contenidos y las formas. ¡Qué paradoja!

Mientras en el primer mundo, el de la OCDE, los noticieros de Televisión duran sólo media hora y dan cuenta de las principales noticias nacionales y mundiales de real interés de los ciudadanos, en Chile se prolongan por más de 90 minutos y, por su lucha denodada por el “people meter”, mercantilizan la pauta, el montaje y el contenido de cada información.

Una noticia seria tiene que ser muy trágica, como lo demuestra el juicio por el tsunami del 27F, para sobreponerse al “diktat” del pauteo de todos los días: la “mocha” de la Kel y la Vale, el periplo mundial de la “Leona” Barrientos”, el desconcierto de Johnny Herrera con la mala racha que empieza, el “córtate las venas” del blanquinegro Paredes, el oportunismo del cruzado Estévez, la sobreactuada Intendenta futbolera y el baile de los tres “Concesionarios”, únicos clubes existentes para los “locutines” del balompié chileno, todo a gran volumen para que no se “escuche” la última encuesta Adimark.

Por su parte, el lenguaje en los medios audiovisuales está definitivamente en reflujo. Ni la forma ni el significado importan.

Se perdió definitivamente la optimización comunicativa que nos enseñaba el maestro Ernesto Merino: “En la comunicación audiovisual, quien nos escucha y quien nos ve es una persona, no un auditorio.”

El manejo cortés y afectuoso de la voz de quienes recordamos a Pepe Abad, Raúl Matas, Sergio Silva, César Antonio Santis y Marcelo Zuñiga despareció a manos o, mejor dicho, en el grito de Rafael Araneda o en la vulgaridad de Roberto Artiagoitía, el “Rumpy”, sólo por mencionar dos botones de muestra.

Un momento de respiro lo constituyó la ceremonia de los premios Altazor, en particular la premiación de la teleserie “Los Archivos del Cardenal”, excepcional ocasión de coincidencia de la estética con la ética en las comunicaciones chilenas de hoy.

Mientras tanto ahí vamos, cuesta abajo en la rodada de la vulgarización de las comunicaciones, emparejada con la mercantilización de la Televisión, la Radio, la prensa escrita y la preeminencia de la publicidad, desregulada y muchas veces desvergonzada, que asoma como la punta de lanza que arrastra al resto de las especialidades comunicativas hacia el consumismo y la superficialidad.

La calidad de la democracia chilena sigue a la baja, fuertemente impulsada pero hacia abajo, por la mala calidad de nuestras comunicaciones.

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