Cartografía de un malestar, la generación sacrificada

Estas últimas horas en Chile han sido muy complejas para toda la ciudadanía, pero en particular para los niños y niñas que vimos amputada nuestra infancia, adolescencia, juventud y parte de la adultez al vivir nuestros procesos de desarrollo cognitivo en dictadura mientras nos construíamos como sujetos.

Tener hoy militares en la calle, toque de queda, Estado de emergencia nos retrotrae a esos tiempos en que las ideologías fascistas, los discursos e incluso las percepciones se imponían.

Cursábamos 4º año básico. No teníamos la abstracción suficiente para desnaturalizar un sistema económico que se instalaba como autónomo sin la voluntad de las personas porque oponerse era la muerte, y por tanto, quedaba resistir la precariedad frente a la crisis de los ochenta y el ensayo y error de los economistas de la época para el ajuste del modelo económico implantado.

Así crecimos como máquinas con los sueños bloqueados y silenciados esperando el arcoíris hasta que logramos en las urnas cambiar nuestras condiciones. Lo hicimos y fuimos felices por ello, respirando la democracia y la libertad por primera vez luego de diecisiete años de dictadura.

No obstante ello, las lógicas utilizadas para consolidar la nueva estructura social no fueron modificadas, cambiar la constitución no era posible y de serlo, debíamos esperar “ en la medida de lo posible”.

Las sombras de la dictadura eran permanentes, con dos intentos de golpe de estado mientras el modelo económico se iba evidenciando como perpetuo.

Así la vida en democracia de los años 90 se fue haciendo automática tomando decisiones muchas veces a ciegas.

Los gobiernos democráticos mantuvieron el sistema económico, vendieron la luz , el agua, las carreteras entre miles de ventas y reformas tributarias, poco a poco nos fueron dejando fuera del pacto social.

Así, el Pem y el Pojh de la dictadura se convirtieron en bonos asistenciales. Hubo gobiernos democráticos con mayor o menor gasto social y otros que simplemente lo consideraron ineficiente y lo redujeron, iniciando la marginalidad de los despojados del sistema.

Poco a poco parte de nuestro sueldo fue a un sistema de pensiones cuya ley nunca estuvo a la disposición de leerla y menos cuestionarla.

Cuando ello se pudo, nos dimos cuenta de su significado y sentido y poco se pudo hacer, había que trabajar porque la vejez estaba lejos y los hijos e hijas pequeños; por tanto seguimos trabajando en el silencio aprendido, pagando tanto por salud pública como privada, viendo la misoginia de las AFPs y los sistemas de salud.

La adultez nos encontró endeudados con crédito fiscal y con pocas posibilidades de acceder al pago de un dividendo. Los matrimonios efectivamente se convirtieron en un negocio para acceder al crédito. Cuando pudimos tener hijos en democracia nos volvimos a endeudar para pagar su educación porque un arancel universitario es mayor a un sueldo mínimo.

Todavía no pagamos los gigantescos intereses de los dividendos que nos colocan las entidades bancarias y a diferencia de lo que señaló el ministro Monckeberg, no logramos comprar una “casa y tener dos departamentos en arriendo”.

Para muchos el matrimonio se destruyó ,porque el trabajo, su horario y las distancias consumen el tiempo o porque pasado los 50 años nadie te da trabajo, entonces tienes que vender lo poco que habías logrado juntar, tampoco te puedes pensionar anticipadamente para emprender con algo que te permita vivir hasta los 110 años que nos pronostica las aseguradoras de las AFP cuando vamos sus oficinas y nos dicen que somos la generación más vieja de Chile y la más extensa y que nuestros depósitos tienen lagunas.

Pienso que es en ese instante cuando cambiamos el miedo por la rabia, sí por la rabia.

Porque somos la generación que asumimos el desempleo y todas las crisis económicas del mundo desde fines de los 70 hasta nuestros días, somos los que nos “ apretamos el cinturón” cuando la dictadura desmanteló el Estado empresario, lo privatizó y luego frente a la pérdida vendió capitalismos populares para ocultar la debacle del sistema financiero. Somos la generación a las que las AFPs le pagarán las pensiones de miseria porque hemos trabajado por sueldos de miseria.

Con todo, volvemos a reprimirnos con el espinazo parchado de tanto trabajar, callando nuestra racionalidad y suprimiendo el conflicto, nos reprimimos nuevamente porque “hay que parar la olla”,” porque nadie nos ha regalado nada”, “porque robarnos el pan nos quita la dignidad frente a nuestros hijes”.

Poco a poco transformamos nuestro miedo de la infancia por rabia - malestar, porque el miedo nunca se ha ido, está pegado a nuestra piel, solo que esta vez el sentimiento de ”ya no importa más” se va generalizando por medio de las redes sociales que amplifican nuestro ser y allí vamos sufriendo la otra miseria, la que muestran nuestros jóvenes, la otra esclavitud, esa entregada por la cultura neoliberal que les ha inyectado la competencia junto a estímulos informacionales que los llenan de pánico, depresión, tristeza, desmotivación, sin reflexionar que ello se les vende como un estimulante del consumo y un antídoto a la soledad; que las felicidades hipermediales y clientelistas son diseños de estrategias que los convierten en sujetos ejecutores de decisiones sin reflexión, serviles a un mercado semiótico, con signos que la mayoría de los chilenos y chilenas no entiende pero que atraviesan nuestra mente colectiva.

Ese mercado que sustituye obreros , ese mercado que nos quiere cognitivamente listos 24/7 y que nos hará trabajar en conexión total aunque nuestra jornada sea de menos de 40 horas, también hace emerger formas nuevas de pánico y depresión que nos contagia de un comportamiento colectivo, nos hace parte y nos expone.

Por tanto aquí estamos, protestando, tocando cacerolas, y al mismo tiempo apelando a la cordura y pensando en si queremos ser la generación sacrificada por los costos del tiempo-país o estamos lúcidos para pararnos y solucionar esta crisis desde la pos modernidad crítica.

Partiría consciente que debemos cuidar la democracia. Todavía no reparamos lo costos humanos del pueblo que se la jugó por preservarla, por elles es necesario protegerla y educar la memoria histórica.

Nos debemos una constitución nueva dialogada y participativa, construida desde la diferencia.

Nos debemos un modelo compartido de desarrollo humano para la niñez ,las juventudes, la adultez y la vejez, sin ello sacrificamos generaciones.

Tenemos que definir una base de medidas económicas subsidiarias para todes, que nos permitan mantenerlas como Estado, que cada gobierno de turno deba respetarlas. Ello nos permitirá ordenar nuestras vidas y repararnos como país.

Tenemos que terminar con los 43 años del impuesto al libro, ello como un signo de abrazo al conocimiento, la educación y la diversidad de pensamiento.

Cualquier cosa distinta a esta partida es gasto de tiempo social. Necesitamos dialogar estos elementos básicos ahora, no podemos esperar al 2021. Yo estoy disponible.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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