Chiloé, cielos cubiertos

Chiloé está demostrando que el diálogo para resolver un conflicto puede sufrir fuertes desvíos en el camino. Llega un punto intermedio en que la mantención de las negociaciones se hace imposible, puesto que una de las partes simplemente está imposibilitada de llegar a acuerdos. Por lo mismo hay que suspender el ejercicio fallido del diálogo para partir de nuevo sobre bases más sólidas.

Los signos de una negociación empezada en malos términos es que los dirigentes de un movimiento no están cumpliendo con el rol que se supone desempeñan. En efecto, en el caso de Chiloé las asambleas son los que dirigen a los dirigentes y no al revés. Por esta vía siempre se llega a un punto muerto.

Por lo mismo, basta con preguntarse cuál es la composición de las asambleas para saber si se llegará o no a algún tipo de entendimiento. En este caso, el diagnostico es negativo. Si los directamente afectados llegan a ser una minoría en el grupo reunido, ninguna oferta será aceptada, porque la gran mayoría constatará –como no puede ser de otra forma- que no está incluida en las propuestas recibidas.

En efecto, si una movilización empieza por la difícil situación a las que han llegado los pescadores artesanales afectados por la marea roja, lo lógico de esperar es que sea este el centro de atención de las movilizaciones, pero a estas alturas ello no ocurre de esta manera.

Las movilizaciones suman mucho apoyo heterogéneo cuando una comunidad ve la oportunidad de visibilizar, ante el país, el conjunto de sus preocupaciones más sentidas. En decir, junto a los temas de la emergencia, se suma un conjunto diverso de actores que ponen el acento en los problemas estructurales de la región. Todo ello es legítimo pero hace que el diálogo tenga que diferenciar entre situaciones que tienen involucrados, preocupaciones y tiempos de tratamiento muy diferentes entre sí.

Además, en ambiente de asambleas abiertas, una de las cosas que tiende a pasar es que se crea una solidaridad amplia entre cuantos participan. En medio del entusiasmo y el espíritu comunitario que se recupera con fervor, es usual que se llegue a la conclusión de que los problemas que afectan a todos los participantes han de ser entendidos y, si falta alguno de ellos, el resto no llega a acuerdos hasta que cada cual sea acogido. Con esto las dificultades para avanzar en soluciones concordadas se dificultad en extremo.

No se puede desconocer, además, que para muchos la aparición de una emergencia es una oportunidad de hacerse parte de los beneficios que parece que están a punto de llegar a la región. Esto se expresa en la identificación imprecisa de los afectados por la emergencia. En este caso, las diferencias de opinión al respecto son evidentes. Los pescadores artesanales que viven de las especies afectadas por la marea roja no alcanzan las seis mil personas. Pero esta cantidad se puede multiplicar muchas veces por todos los que, de algún modo, se sienten afectados “indirectamente” por el fenómeno. Esta tendencia puede llegar a listados increíbles y sobreabundantes de peticionarios.

Por lo mismo, llega un punto en que los afectados directos llegan a ser minorías en asambleas en que los beneficiarios “de rebote” suman más que los primeros. Si allí se toman las decisiones, lo que pasa es que cualquier propuesta gubernamental será estimada como mezquina por una asamblea compuesta por personas a las que consideran que no les está llegando ningún beneficio. Así el conflicto tiende a perpetuarse con daño para muchos y beneficios para nadie.

Lo que no puede olvidarse en ningún momento, es que las conversaciones se pueden trabar y alargar, pero la necesidad primigenia de atender a personas que están viendo afectado su sustento diario no ha dejado de existir. Por lo mismo la emergencia y la entrega de ayuda no puede esperar a que se resuelva el completo de petitorios de decenas de puntos de muy diferente consideración.

Por eso parece del todo permitente la reacción de Ejecutivo que, ante el entrabamiento de las conversaciones (no porque no se dialogara, sino porque nada productivo se decidía) haya considerado pertinente pasar a la entrega unilateral de ayuda directa a los más damnificados y más necesitados de ayuda inmediata.

Por supuesto esto no destraba un conflicto que se ha vuelto multifacético y ampliamente respaldado por ciudadanos de todas las condiciones. Sin embargo, se cambia la inacción por el inicio de las acciones conducentes a superar lo peor de la crisis. También y dicho en positivo, hay que decir que la puesta en la primera línea de un conjunto de preocupaciones reales es una oportunidad para tomar medidas efectivas, coordinar de mejor manera los esfuerzos públicos y acelerar el paso en programas públicos que son atingentes.

Del mismo modo, es indispensable considerar que el problema de la contaminación ambiental es algo a diagnosticar con rigor y exactitud, a plena satisfacción de la comunidad regional. No se trata solo de respaldar técnicamente las afirmaciones que se hacen desde la comunidad científica, sino de recuperar confianza ciudadana de que se está operando en beneficio de la región y no de intereses específicos. Esto es indispensable, pero requiere de tiempos más prolongados de los que es necesario emplear en el tratamiento de la emergencia.

Definitivamente, y tal cual lo ha señalado la Presidenta Bachelet desde su gira en Europa, el diálogo y las negociones han de ser retomadas. Reiniciar las conversaciones es recuperar las condiciones que permiten llegar a acuerdos. Un país con severas restricciones presupuestarias no se puede permitir cualquier cosa. Una nación que se ve enfrentada cotidianamente a nuevas emergencias, ha de considerar que debe atender cada dificultad que la naturaleza le presente, y es casi seguro que ellas se seguirán presentando con la regularidad a la que ya estamos acostumbrándonos. La misma extensión de la marea roja a la Región de Los Ríos es una muestra de lo que decimos.

De manera que todo puede ser atendido excepto la de aquellos que quieran sacar un beneficio solo porque la ayuda está llegando y se ha participado de una movilización. En Chile no ha existido ni va a existir un “bono por manifestarse”. No hay nación tan rica que pueda darse ese lujo.

Tarde o temprano (ojalá muy pronto) hemos de volver a centrarnos en lo principal para llegar a acuerdos. Partir de la emergencia, pero no quedarse en ella. Decidir en las mesas de trabajo sobre bases realistas pero sensibles al dolor humano.

Se ha de entender que un problema no se soluciona agregando cinco problemas más, sino encontrando cinco soluciones viables al primero. Esta ha sido siempre la actitud responsable de los dirigentes sociales y de la autoridad política.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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