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Con empanadas y vino tinto

Este domingo en Chile, se zapatea bien zapateado, un nuevo "18" de septiembre, día del inicio del proceso independentista nacional, aquel que nos convoca a chilenos y chilenas, sin excepción, a brindar por la patria, la tierra y la cultura de la que formamos parte y define en la diversidad que somos, nuestra identidad como país.

Conocer a fondo la realidad de lo que somos como nación, y transformar ese conocimiento en proyecto político, fue la gran inspiración del Presidente Salvador Allende al sostener que la revolución chilena era posible, únicamente "con sabor a empanadas y vino tinto", esa visión singular que era un potente llamado a la izquierda a superar cualquier ideologización y palpar muy profundamente nuestra realidad, lo llevó a echar las bases de la "vía chilena", ambiciosa opción de su tiempo, que proponía avanzar al socialismo:"...en democracia, pluralismo y libertad", lo que concitó un interés y una simpatía universal.

En su proyecto político para Chile, Allende situaba en un lugar esencial el ejercicio del pluralismo como signo distintivo de una revolución libertaria, en que el derecho a pensar y opinar fuese el pilar principal de un sistema institucional en que nadie podría ser perseguido por sus ideas. La obsecuencia o incondicionalidad estaba fuera de su forma de pensar. Ser capaces de comprender a Chile era lo esencial.

En consecuencia, lo nacional puede y debe ser parte constitutiva esencial, de una estrategia de justicia social en democracia para Chile. Los anhelos de una sociedad mejor, con más espacios de libertad y mayor grado de igualdad se realizan en el ámbito de la nación y desde ella adquieren valor universal.

Dos décadas después, al terminar la dictadura, en un contexto muy distinto, al subrayar que "Chile es uno sólo", quedó como legado del Presidente Aylwin la convicción de unir el país en un momento difícil, pero promisorio de nuestra historia reciente. Inspirado por la necesidad de reconstituir la convivencia social, lanzó ese reto en el Estadio Nacional, al asumir la Presidencia de la República, ante la multitud que bullía y se reencontraba, convocada por la tarea de reponer la democracia y la unidad social, política e institucional de Chile.

No cabe duda que la nación es diversa, que pretender una forzada homogeneidad es un grave error; hoy las sociedades que avanzan son aquellas capaces de reconocer la diversidad que las caracteriza. La vieja idea de una "raza chilena", sin fisuras ni singularidades, es una idea insostenible. No obstante, querer desconocer el valor que tiene la nación, como Estado, comunidad y territorio tampoco resulta posible.

De manera que el valor de lo nacional continúa vigente, no está diluido por la globalización y late en el ánimo de las multitudes, de modo especial, ha ocurrido en Chile ante el llamado de la "generación dorada" en el fútbol, que ha provocado una oleada de fervor patrio, que estoy seguro no fue considerada en las proyecciones de los más eruditos investigadores sociales, pero que existe como uno de los más singulares fenómenos masivos de las últimas décadas.

Ahora bien, ese sentimiento colectivo también se ha producido en el ámbito social, aún cuando haya para un mismo tema diversas visiones, es el caso de la demanda por una educación justa y de calidad que luego evolucionó hacia la gratuidad, así como la reciente manifestación por la reforma del sistema de pensiones, bajo la consigna de NO+AFP. Son requerimientos multitudinarios que conllevan y admiten heterogeneidad en la composición de sus participantes, pero que adquieren una clara dimensión nacional en su alcance.

Ahí comprobamos que lo popular forma parte de lo nacional y que la izquierda debiese proseguir en su esfuerzo para que ambos factores no se disocien sino que se conjuguen y complementen, de forma que el interés nacional sea capaz de integrar y asumir el interés popular para que éste sea adecuadamente expresado por el primero. Divorciar el uno del otro sería un craso error.

En todo caso, aceptar y reconocer lo nacional no significa adoptar un nacionalismo ramplón, estrecho, como el que asumen los grupos nacionalistas enceguecidos por una visión que idolatra al país propio, que se nubla por el odio al vecino o a otras naciones y que se acompaña de xenofobia y racismo.En las crueles violaciones a los Derechos Humanos en Chile, era común que los asesinos se cubrieran con una capa retórica de ultra nacionalismo para justificar sus crímenes. Así sucedió también en otras experiencias históricas.

Ahora bien, cuando ese fanatismo se junta con los extremistas "talibanes", con el sectarismo ultra religioso, se desatan fuerzas mortíferas como el "estado islámico", cuya pretensión es ser amo y señor, dueño y rector de la vida, la dignidad y la libertad de los pueblos en que imponga su tiranía.

Amar a la patria, no tiene que generar desprecio o menoscabo a ninguna otra. Rebaja su país el sector o grupo que abomine las naciones vecinas, razas o pueblos diferentes. La defensa de lo nacional es el cariño y el aprecio a lo propio que no conlleva odio a los demás y que sabe valorar todos los aportes al gran cauce del desarrollo humano a escala universal. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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