De los arrepentidos del Apruebo…

(Y de los que votaron a favor sin convicción) Desde el fracaso del proyecto constitucional de la Convención de 2021, han ido surgiendo en el ámbito progresista diversas confesiones y voces de personas arrepentidas de haber votado por dicha propuesta. Es cierto que pesa a su favor el hecho de que diversos análisis han cristalizado una idea: los convencionales progresistas estiraron demasiado el elástico de los temas, se fragmentaron internamente y asumieron que el destino de la patria dependía exclusivamente de sus manos. Esto derivó en una polarización entre quienes defendían los valores intangibles del modelo tradicional y quienes querían arrasar con todo. Con esa convicción, se aventuraron en fórmulas que opacaron las expectativas ciudadanas, convirtiéndose en actores relevantes del fracaso político del proceso.

Sin embargo, maticemos. Entre los convencionales progresistas hubo quienes aportaron sensatez, espíritu de diálogo e ideas realizables. No obstante, ese esfuerzo perdió fuerza porque un sector amplio de la izquierda y centroizquierda actuó bajo la influencia del estallido social y la ilusión de que había llegado la hora de refundar Chile por completo (la bandera, el himno, la eliminación del Senado, etc.).

Otro dato clave, y que no se dimensionó adecuadamente, fue que la gran mayoría de los candidatos militantes de partidos tradicionales perdieron la elección, algunos de forma estruendosa tras quemar su capital político. El resultado fue la emergencia de una mayoría de convencionales disruptivos, provenientes de movimientos sociales de vanguardia y muy críticos de la partidocracia.

Ante este escenario, ¿por qué las figuras importantes de la centroizquierda no fueron electas? Algunos partidos, incluido el PPD, apostaron por una jugada ambigua: el "Aprobar para reformar". Con la supuesta buena intención de respaldar lo posible y luego corregir los excesos por vía parlamentaria, esta fórmula fue una manera -cuestionablemente inteligente- de decirles a la militancia y a la ciudadanía que el proyecto no les acomodaba del todo, que rechazaban los desbordes de los convencionales y que la participación de los 17 representantes de los Pueblos Indígenas les resultaba un incordio. En la práctica, equivalía a decir: "Aprobamos esto, pero para cambiarlo, porque así como está no nos convence".

La derecha leyó esto con astucia y lo convirtió en un arma formidable de propaganda. Invirtió grandes recursos en medios de comunicación y radios para instalar un mensaje claro: "Incluso la centroizquierda no está convencida. Rechacen a los refundadores. Nosotros somos los verdaderos defensores de la patria, la bandera y el himno".

¿Tuvo la centroizquierda la voluntad de incidir realmente en los debates? Algunas figuras hicieron todo lo posible, pero al representar a partidos políticos que ya eran rechazados por la mayoría de los convencionales independientes, no encontraron eco y quedaron perplejos frente a sus propias orgánicas, que optaron por observar el proceso desde una distancia prudente.

En contraste, la derecha no tuvo complejos: sus centros de estudio y profesionales pusieron lo mejor de sí para influir, neutralizando además al gobierno de Gabriel Boric para que no se involucrara en la Convención. Los partidos progresistas arrastraban el desgaste del estallido social y carecían de las condiciones y la autoridad política para encauzar el proceso.

Muchos advertimos que la derecha jugaba a exacerbar los sectores más radicalizados de la Convención, caricaturizándolos como "jacobinos" a través de una red mediática coordinada. Esto sembró confusión en la ciudadanía al tocar fibras sensibles como los símbolos patrios, al tiempo que cuestionaba debates de vanguardia -como la modernización del Estado, la supresión del Senado o la consagración de nuevos derechos esenciales-. El resultado fue el rechazo a un proyecto que, más allá de sus pasajes discutibles, recogía valiosas experiencias internacionales.

Mirado con distancia, el actual arrepentimiento tardío de muchos responde a haber acompañado la Convención desde la galería o a haberla saboteado soterradamente con el eufemismo del "Aprobar para reformar". Es muy probable que muchos votantes del progresismo se hayan abstenido o votado en contra en silencio, mientras que otros lo hicieron a regañadientes, guardando una culpa que hoy emerge como confesión pública. Pero el fondo es claro: al no respaldar con convicción el proceso, el resultado ya estaba predeterminado por omisión propia.

Quienes nos inscribimos en el Apruebo lo hicimos con la convicción de que cerrar el ciclo de la Constitución pinochetista era urgente. Después de aquello, jamás me he arrepentido de votar por un proyecto que fue atacado sin piedad por una derecha con recursos millonarios, mientras el progresismo observaba con tibieza cómo la Convención se quedaba sola. No votar por el Apruebo -aunque fuese con el estómago apretado- implicaba, como ocurrió, que la Constitución de la dictadura seguiría vigente por tiempo indefinido. Faltó decisión política para blindar a los convencionales y no abandonarlos a la deriva.

Las confesiones culposas de hoy resultan irritantes, pues provienen de quienes hicieron poco o nada para enriquecer el debate. La derecha no dudó en volcar todos sus recursos para asegurar el fracaso.

Podría argumentarse que, posteriormente, el proyecto del Consejo Constitucional (liderado por la derecha) también fue rechazado, como una forma de equilibrar la balanza y dejarnos, paradójicamente, con la misma Constitución de origen dictatorial y una derecha instalada en la comodidad. Es cierto que el segundo texto también naufragó, pero la diferencia radica en que los partidos progresistas actuaron con más cohesión para frenarlo.

En suma: nada de esto habría ocurrido si hubiésemos aprobado el proyecto de reforma constitucional que la presidenta Michelle Bachelet envió al Congreso en su segundo período. ¿Recuerdan las críticas mezquinas de ciertos sectores del progresismo a esa iniciativa? Miles de ciudadanos participamos en consultas democráticas para respaldarla. Si uno compara aquel proyecto con las propuestas de la Convención y del Consejo constata que era una gran iniciativa: no abría todas las puertas de golpe, pero al menos no las trancaba.

Hoy, en los pasillos de los partidos, todavía se escucha el lamento: "Deberíamos haber aprobado la reforma de la presidenta". Confesiones tardías.