Desigualdad, desencanto y corrupción abren la puerta a la ultraderecha

El viraje a la derecha en Brasil contiene preocupantes ingredientes globales de descrédito y pérdida de confianza de fuerzas sociales significativas hacia el régimen democrático, por la desigualdad, la inseguridad y la corrupción.

Este no es un fenómeno exclusivo de Brasil, aunque las manifestaciones específicas que dan vida al crecimiento de la ultraderecha en ese país tienen origen y carácter brasileño. En particular, la inestabilidad social y la corrupción en el sistema político.

Así también en ciudades de alta visibilidad, como Viena, Berlín, París o Milán crecen grupos nacionalistas o xenófobos, racistas y homófobos que salen a las calles en grupos de choque tensionando la situación política, creando inestabilidad e impulsando opciones extremas, como hicieron los nazis. 

En estos casos, un factor que indica la raíz común con el nazismo es el desprecio al régimen democrático, que contra su misión esencial de promotor de la igualdad entre los humanos pasa a ser administrador de la desigualdad, y otro aspecto, es el rebrote de un racismo duro, que se nutre de dos ingredientes en forma simultánea, el odio al que llega, al “afuerino”, expresado en un tenaz rechazo a la migración desde Oriente Medio, a los rasgos étnicos, lingüísticos y religiosos de esas comunidades junto o apoyado por un ciego y cerrado ultra nacionalismo. 

Estos componentes que se manifiestan en consignas rabiosas y lemas fanáticos de ultraderecha les facilitan agrupar a sus adherentes y entrega una ventaja, tienen capacidad de movilización frente a formas tradicionales de organización popular que están en desuso.

Así, el fanatismo de ultraderecha sale agresivo a la contienda callejera, por eso, ha sido relevante como respuesta la gran manifestación antifascista en Berlín. Por tanto, se ha instalado en la era digital, un gran dilema democrático en el centro de la agenda política internacional.

La globalización ha penetrado en la cultura de las naciones y debilitado la acción de la comunidad organizada, en particular, el sistema de partidos representativos y de los sindicatos autónomos, ahora las mega corporaciones globales pasan por encima incluso de los gobiernos y se atropellan los intereses de los trabajadores, de modo que la impotencia ante el recorte de las garantías sociales y de los Derechos laborales empujó temporalmente hacia la derecha a significativos sectores de asalariados.

Sin embargo, incluso con la demagogia neonazi, demandas básicas como pensiones dignas, empleos estables, salud, protección ambiental y acceso a viviendas decentes se perciben metas lejanas o inalcanzables, ante ello, muchos sectores ya no creen en nada, porque sienten o han comprobado en carne propia que el régimen democrático no cuenta con herramientas eficaces que permitan protegerles y, mientras más riqueza se acumuló en el mundo, mayor es la desigualdad que afecta la vida cotidiana. 

A estos desafíos civilizaciones de hoy se suma la lentitud de recursos institucionales como pasa en los Congresos al aprobarse una ley o con los engorrosos reglamentos para aplicarlas que acentúan la exasperante espera de las personas o comunidades. Esa tardanza o debilidad institucional ha ido provocando un severo cuestionamiento al sistema de democracia representativa, manipulado por el neofascismo para ampliar la base de su proyecto autoritario.

Ahora bien, en cada situación nacional hay una raíz universal, pero cada país es diverso.

Se pone de manifiesto que no hay recetas mágicas ni modelos preestablecidos, porqué hay una realidad nacional y cultural que no termina por la voluntad de algún liderazgo, sea tradicional o novedoso, que proclame que todo lo hará de un día para otro.

Por ejemplo, remover siglos de homofobias en diferentes religiones o modos de pensar será un desafío singular de un largo periodo; por algo los lideres de ultraderecha hacen de esa odiosa pandemia uno de sus nichos preferidos para hacer crecer su popularidad.

Hace poco se publicó en Chile un estudio según el cual la igualdad salarial de hombres y mujeres se alcanzaría recién a fines de siglo, alargándose sin fin una de las más odiosas discriminaciones de género. Tales proyecciones significan un golpe y una burla para un movimiento tan potente como el que se levantó en Chile y muchos países contra la opresión de la mujer. Así es muy posible que personas de ese amplísimo movimiento social piensen que la política no sirve para nada y se desencanten.

Asimismo, la caída vertical de la legitimidad de instituciones como las Iglesias por los reiterados escándalos por graves delitos, o encubrimiento de ellos, en el ámbito sexual, forman parte también del descrédito de los centros tradicionales de poder.

También debe incorporarse en el análisis la pérdida del respeto social a estamentos públicos devaluados, como las fuerzas castrenses por el terrorismo de Estado y las violaciones a los Derechos Humanos que han conmovido las conciencias, individual y colectivamente: la gente sabe que el poder puede llegar a las peores perversidades.

La comunidad necesita más seguridad, pero la militarización de las ciudades genera más violencia urbana, la policía en muchos países se ve sobrepasada y no pocas veces sacudida por la corrupción o la ejecución de abusos inaceptables.

A las exigencias del diario vivir se suman las oleadas migratorias detonadas por la inoperancia de los Estados y el aumento de la pobreza, en particular, las exigencias de empleos y servicios sociales crean nuevas incertidumbres en sectores más vulnerables y de menor estabilidad socioeconómica. La ultraderecha usa ese miedo para manipular en su favor la afectividad del mundo popular.

Por su parte, en otro mundo, pleno de auto complacencia o encapsulado por las cifras, los gobernantes se muestran sonrientes pero insensibles, hablan de crecimiento y enumeran planes fantásticos mientras las realidades sociales son deprimentes. Entre los anuncios y los hechos hay una brecha insalvable, que remueve los cimientos del régimen democrático en la globalización y que como plaga de termitas socava los fundamentos de su estabilidad.

Aún así, muchos demagogos y populistas siguen su ruta al abismo haciendo malabares de infecunda retórica. También surgen mesiánicos que se sitúan como aquellos cuya llegada salvará a los pecadores de este mundo. Como un tren sin control crece la estéril proliferación de promesas que no se cumplirán. Ese es un cáncer sin solución en la democracia de nuestros días.

En Brasil, este fenómeno se agrava ante la sospecha ciudadana de que muchas de esas caras sonrientes que prometen tanto, se explican por las abultadas cuentas bancarias mal habidas que forman el patrimonio de quienes debiesen ser los guardianes del bien común.

Cuando todos se arreglan los bigotes y no hay en quien creer, el pícaro, el demagogo pasa a ser oído, de ese modo, las malas prácticas y la corrupción abren la puerta a la ultraderecha. Esa es la base del descrédito y el desencanto.

Ante este giro histórico, en la tarea de cerrar el paso al populismo autoritario, se deben reforzar los valores y principios universales que conforman la raíz humanista del bloque por el cambio a configurar como mayoría y la responsabilidad esencial de volver a poner en pie y reinstalar la democracia, como base institucional que promueve y realice acciones acordes con las demandas mayoritarias de cada país.

Ahora bien, el proyecto democrático a proponer desde la izquierda debe ser constructivo en su esencia, una propuesta que invita a un esfuerzo del conjunto de la nación. La izquierda representa a los que les ha ido mal en la vida, pero su opción no puede ser una exposición de resentimientos o un desahogo, por esa vía se achica y no logrará ser el proyecto de mayorías que la situación reclama.

Asimismo, al constituirse en un auténtico proyecto nacional, un bloque social y político del centro y la izquierda debe asumir y promover las legítimas demandas de minorías discriminadas o segregadas, pero el desafío crucial es proyectar y configurar una propuesta integradora, no excluyente, una visión nacional y no una suma de partes,  importantes pero inconexas, se requiere integrar y no separar la comunidad nacional. 

Esa es la clave, para vencer a la ultraderecha hay que ser diferente en su esencia a como es ella, que lanza grupos enceguecidos de fanáticos a agitar una parte de la sociedad contra el conjunto. Lo que se requiere es convertir las justas demandas parciales en una propuesta transformadora que exprese el país integrador que soñamos. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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