El compromiso político en Salvador Allende

La lucha del Presidente Salvador Allende y del puñado de combatientes que estuvo con él, en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, fue objeto en estos días -una vez más- de innumerables gestos de admiración y respeto en Chile y el mundo.

Ante fuerzas castrenses cuya superioridad militar era absoluta, resistieron horas el cerco y el ataque continuo de unidades de infantería apoyadas por blindados y artillería para luego soportar el bombardeo aéreo de los aviones caza de la FACh. El incendio y la destrucción de la sede de gobierno, reducida a muros humeantes, hizo imposible proseguir el épico combate del palacio presidencial el 11 de septiembre de 1973.

La resistencia de esos militantes y del Presidente Allende, en su mayoría pertenecientes al Partido Socialista, nace en su conciencia política, se origina en los principios que sostenían su decisión de luchar, defendían la institucionalidad democrática y republicana de una conjura fascista que brutalmente pretendía, como se demostró trágicamente con el terrorismo de Estado, echar abajo la gobernabilidad y demoler el tipo de convivencia social que había hecho avanzar a Chile en justicia y desarrollo, con la inclusión institucional de las fuerzas populares en tal grado de gravitación que marcaban y dirigían la orientación estratégica del Estado y la economía en el país, mediante el gobierno del Presidente Allende.

De una parte, el avance de las luchas obreras y populares y, de la otra, el atraso de la agricultura y el colapso estructural del modelo mono productor de salitre, en medio de la miseria generalizada que provocó la crisis general del capitalismo de los años 30, tuvieron como resultado la imposibilidad que la oligarquía pudiera ignorar el peso social cada día mayor de los trabajadores manuales e intelectuales y su paulatina incorporación al sistema político y a la gobernabilidad democrática. Con el Presidente Aguirre Cerda ya hubo reformas significativas.

El progreso de la sociedad chilena incluyó la legalización del voto femenino en elecciones políticas desde 1952. Esa ampliación de los derechos de la ciudadanía se fundaba en un principio democrático esencial: que el ejercicio del poder en el Estado corresponde a la mayoría con respeto de la minoría.

El golpe de Estado suprimió ese principio, a través de la instauración de un régimen castrense, de opresión y persecución política para garantizar, aumentar e incluso multiplicar ganancias, intereses y privilegios de la élite oligárquica, eterna opositora del progreso social que vio dañado su poder con las transformaciones del gobierno del Presidente Allende.

Es decir, la batalla del 11 de septiembre fue por la libertad que tanto amaban y la justicia social que les comprometía, la conciencia y el compromiso político de Allende y de quienes con él resistieron en La Moneda no era un ciego fanatismo religioso, tampoco una borrachera nacionalista o una posición iracunda fundada en el racismo o en una brutal y excluyente dominación de género. No, ninguna de aquellas viles odiosidades que suelen generar guerras devastadoras y desfiguran la humanidad convirtiéndola en campo de confrontación por deleznables propósitos. En Chile, el fascismo llegó a erradicar la democracia que se había construido en varias décadas.

Allende y los suyos lucharon por una causa de nobles razones políticas. Aunque hoy ello parezca imposible. Su legado se yergue inagotable en defensa de la libertad y la democracia que eran aplastadas por las armas por medio del golpe fascista. La vida de Allende era incompatible con la dictadura. La libertad para él era una condición de su existencia.

Tanto éxito ha tenido el intenso pero sibilino activismo comunicacional de ultraderecha en contra de la política que hoy resulta increíble que un grupo de chilenos heroicos, liderados por Allende, dieran su vida por una causa política: la defensa de la institucionalidad que aseguraba la democracia y la libertad en Chile. Así fue y ese es su valor perenne.

En cosa de semanas se ha producido la ruidosa caída de ídolos de barro. El que pretenda presentarse como un mesías debe tener las mínimas condiciones para intentarlo, si no es así que no lo haga, porque la simulación pronto quedara al desnudo, sea en la recolección ilegal de firmas para la inscripción de candidaturas, en el financiamiento ilegal de las campañas, en la invención de una enfermedad catastrófica o vendiendo el alma al diablo yendo a pedir dinero al ex yerno del antiguo dictador. El país se asombra ante la ausencia de vergüenza y de pudor y crece la crisis de confianza que vive Chile.

Algunos dicen que su codicia por el poder o el dinero es una muestra de "voluntad de poder", es una excusa que falsea los hechos. Hay que asumir las cosas como son y el engaño para escalar en la escala del poder y el personalismo desmedido de algunos son un grave daño a la causa democrática y a la lucha por la justicia social.

No se trata tampoco de andar cambiando de organización política y ponerse la camiseta partidaria que esté de moda. Allende reivindicó plenamente su condición de militante socialista, aún con las severas diferencias que sostuvo con sus directivas en diversas circunstancias. Pero en la profundidad de su compromiso político era socialista, no sectario ni panfletero, sino que en sus convicciones constitutivas, aquellas que definían su identidad política. Su militancia socialista le llevó a la conclusión que la vocación a la que jamás, nada ni nadie le haría renunciar, ese pilar esencial era la "lealtad con el pueblo".

Para luchar una vida entera, como lo hizo Allende, esa identidad es primordial, hay que contar con sólidos principios, compromiso social y participación militante que haya enseñado el duro batallar de la brega popular, ese trajín no es un entretenimiento banal y prepara para no caer en errores garrafales al primer desafío importante.

Lamentablemente, la falta de principios y de coherencia en diversos actores políticos debilita seriamente el régimen democrático. No se respeta el valor de la palabra y la frivolidad se ha extendido como si fuera una cualidad más. Un día se sostiene una cosa y al día siguiente otra. Así la crisis de confianza se torna insuperable. Los falsos ídolos no llevan a ninguna parte.

También la oligarquía chilena levantó mitos y líderes de cartón para enfrentar a Salvador Allende, por ejemplo, el llamado "cura de Catapilco", cuyo efímero y demagógico paso en la política nacional se interpuso, en 1958, en su camino hacia la Presidencia de la República. Ese y otros más, enteramente inventados o con algún vínculo con la realidad del país, pero presentándose como los enviados providenciales que llegaban a "salvar" al pueblo de Chile.

Por eso, el Presidente Allende fue categórico en señalar, muchas veces: "...no tengo pasta de apóstol ni de mesías...", reafirmando con sobria elocuencia: "cumplo la tarea que el pueblo me ha dado...". Esa labor la asumió luego de recorrer Chile infinitas veces, de ser electo diputado, senador y Presidente de la República en su cuarta postulación.

No sólo fueron sus campañas sino su labor unitaria y el haber logrado agrupar partidos políticos diversos, de muchas décadas de vida, que incluso habían sido tenaces adversarios en tiempos cercanos como lo habían sido el Partido Socialista con el Partido Radical o en los años '40 y '50, o los dos anteriores con el Partido Comunista. No se inventan revoluciones de la noche a la mañana ni surgen líderes nacionales de un sólo acontecimiento.

Efectivamente, Allende no tuvo pasta de apóstol ni de mesías, sino que la voluntad política de configurar un bloque de fuerzas tan amplio que permitía hacer la promesa de iniciar un camino inédito al socialismo, en democracia, pluralismo y libertad. Una promesa que cumplió consecuentemente, hasta morir en La Moneda, el 11 de septiembre de 1973.

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