El cónclave de la ultraderecha en Chile

Abundantes risas de mutua complacencia distinguieron la cita de gobernantes, con hegemonía de ultraderecha, convocados por Sebastián Piñera, para agruparse en una entidad, denominada Prosur. 

Por cierto, el total de los asistentes no son racistas, homofóbicos o misóginos como sí son las declaraciones de Jaír Bolsonaro, su presencia junto a Iván Duque de Colombia, por la envergadura de esos países y su hegemonía política en ese grupo de mandatarios, marcan el sentido, sin contrapeso, a la conducción de esa cita.

No dejaron de presentarse con gestos de autosatisfacción, vinieron a nuestro país con el evidente propósito de ensalzar sus conflictivas gestiones, evadir las crisis económicas de sus naciones, el desempleo interno y el endeudamiento externo, los niveles de desigualdad y el descontrol de la violencia tanto política como delincuencial.

Piñera les brindó un espacio de exposición de una realidad virtual, totalmente yuxtapuesta al acontecer cotidiano de sus respectivas naciones. Se sintieron a sus anchas, pero fueron los monarcas de un mundo que no existe.

En la ciudad de Cúcuta, Colombia, el gobernante chileno se sumergió en ese espejismo tan subjetivo de la exaltación individual y se convenció que era un líder continental, a su vez, los ultraderechistas con astucia y escasos escrúpulos han manipulado esa ilusión, esa ambición que impide tener y actuar con la cabeza fría.

Así ensalzando ese hipotético liderazgo, lograron por un rato instalar en Santiago un santuario del extremismo más conservador, constituido por gobernantes a los que no les tiembla la mano, incluso arriesgando la paz en sus países, como el caso de Duque de Colombia, cuyos pactos con Piñera este no se atreve a publicar, porque no deben ser buenos para Chile, como traer militares desertores de Venezuela a nuestro país.

Esa fuerza castrense “irregular” incomoda a Colombia porque sus repercusiones pueden ser incontrolables y quiere deshacerse de ese presente griego trasladándoselo a Chile, a través de Piñera, que vuelve a improvisar sin meditar las consecuencias para el país. 

No hay que pasar por alto que el objetivo principal de Duque es interno, derrumbar el acuerdo de paz que puso término a la guerra con las FARC para propinar una dura derrota política al ex Presidente Santos y volver a militarizar la situación, regresando a la violenta confrontación que asoló durante medio siglo su propio país.

Sobre la situación en esa nación hay preocupación, existen denuncias responsables del asesinato de más de un centenar de líderes sociales en territorios considerados influidos por la antigua guerrilla, donde se implementa una organización paramilitar de ultraderecha para realizar una limpieza étnica, política e ideológica, con el fin de instaurar la paz de los cementerios, la misma que ejecutó Pinochet en Chile, en los años setenta.

Pero Piñera estuvo feliz, era imposible que no lo estuviera sí se considera a si mismo como un adalid del libremercadismo, la circulación de capitales y la bonanza de los negocios, los propios y los ajenos, nadie le iba a recordar las tropelías del “Comando Jungla”, entre otras razones, porque la turbia provocación contra el proceso de paz que mueve el gobierno de Duque en Colombia, multiplica por centenares de veces la criminalidad de “jungla”.

Los halagos entre jerarcas son una droga letal, les hacen olvidar que en Brasil se aplasta a los negros, se quita las tierras a los indígenas y se mata y oprime a las mujeres; que en Colombia se socava el proceso de paz y se arrasa con la representación de la sociedad civil; que en Argentina a la corrupción ahora se suma una fuerte inflación que agrava la pobreza y que un colapso económico puede agobiar aún más a su población por la desigualdad y el desequilibrio económico reinante.

Piñera tuvo su cumbre, hubo mucha tele, se dio el gusto y recibió los elogios que deseaba, pero mirando más allá de los aplausos no es bueno para Chile liderar a la ultraderecha del continente, a la postre, este gustito puede ser demasiado caro.

Estoy seguro que los Presidentes Frei Montalva, Allende y Aylwin no lo hubieran convocado.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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