El lenguaje de la impunidad o la impunidad del lenguaje

El debate sobre el Acuerdo de Vida en Común o la posibilidad-remota y a esas alturas improbable- del matrimonio gay en Chile, ha desatado las más diversas y explícitas formas de violencia de género y homofobia en nuestro país.

Lo más preocupante es la cantidad de difusión y falta de sanción con que circulan en los medios, epítetos y agresiones verbales, que en cualquier otra parte del mundo enrojecerían de pudor al más temerario de los homofóbicos.

La última violencia mediática es el comentario del Diputado Enrique Estay en facebook, quien se refirió a los homosexuales como “maricones”. Lo más patético de toda esta situación, es que ni la cobertura que ha tenido este incidente, ni los reclamos del MOVILH, han logrado que el señor Estay pueda entender la naturaleza de la agresión que ha inferido.

Las minorías de todo tipo, siempre han dejado en evidencia las injusticias y las limitaciones de las democracias modernas. Hasta fines de la década de los sesentas, por ejemplo, en los Estados Unidos, la población afroamericana tenía limitados sus derechos civiles, y la violencia ejercida en su contra se evidenciaba no solo en normativas que los segregaban de los ciudadanos blancos, sino que además en el lenguaje y forma de referirse a ellos.

Entonces, términos como “negro”, “color” y “niger” eran violenta y despectivamente usados para nombrarlos y referenciarlos ya sea en público o en privado. Sin embargo, a medida que la población afro descendiente accedió a derechos civiles y a un trato al menos legalmente igualitario, estos conceptos dejaron de ser apropiados para referirse a ellos. Hoy por hoy, nadie, al menos en público, trataría de “niger” a un afroamericano sin ser socialmente sancionado y rotulado como racista.

Una cosa es no compartir los principios que están detrás del proyecto de Acuerdo de Vida en Común, el matrimonio gay, y el aún más extremo debate en torno a la paternidad homoparental; otra muy distinta es usar un lenguaje despectivo, descalificador y violento para referirse a aquellos cuya condición sexual y opciones de vida, solo marcan una diferencia de las prácticas de la mayoría de las personas. Solo quien se siente parte de una mayoría y cree que esa situación lo habilita para ejercer violencia sobre otros, puede expresarse con tal falta de sofisticación y respeto respecto de los homosexuales.

Violencia no es solo agresión física, violencia también es construir estereotipos vejatorios y expresiones denigrantes sobre aquellos que por ser minoría cuentan con limitados espacios para defenderse, y por cierto, con menos impunidad para insultar o descalificar a sus detractores.

Como sociedad y como ciudadanos, que creemos y ansiamos preservar nuestra democracia, debemos cuidar los derechos de todas las minorías, creando una ética pública que impida este tipo de violencias.

La violencia de género no es solo aquella que se ejerce física y culturalmente contra las mujeres, sino también en contra de formas de masculinidad que por ser minoritarias, no solo en términos demográficos, sino en los niveles en que son degradadas, “minorizadas” y agredidas por las supuestas mayorías de la sociedad, se ven violentadas en las formas de impunidad que asume el lenguaje.

Es cierto, “maricón” aparece en los diccionarios, pero es un insulto, también los es huevón, y si bien es parte de nuestro lenguaje cotidiano, nadie con educación lo usaría en público para referirse a un Diputado de la República.

También es cierto que facebook es un espacio semi-público o semi-privado, en donde las licencias del lenguaje son permitidas, pero reafirmar en los medios que el uso del término está bien, y que un insulto habría sido decir: ”maricones de mierda” (La Nación, 07/06/2011), no es sino aumentar aún más la alevosía de la violencia ejercida.

Tal vez, como los reclamos del MOVILH esta columna sea considerada una exageración; sin embargo, creo que a estas alturas a nuestra sociedad le haría falta un poco de corrección política, para filtrar y medir los conceptos y términos que usamos para referirnos a otros.

La homofobia es una forma de violencia, y no es una virtud, no se pueden defender preceptos morales o políticos desde una forma de segregación y alienación de otros seres humanos.

La violencia física es selectiva se ejerce directamente sobre los cuerpos singularizados de las víctimas, la violencia del lenguaje alcanza niveles masivos, se transmite a través de generaciones y generaliza sobre identidades y cuerpos posteriormente violentados, la frontera entre una forma de violencia y otra, es muy tenue.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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